Le poncharon el carnaval al tirano

¡Cómo va a haber fiesta después del golpe de Batista!, se dijeron estudiantes de la FEU en 1953, y se pusieron a pensar en cómo paralizar aquella inoportuna cumbancha. El hilo de esos hechos es develado por dos de sus protagonistas

Autor:

Luis Hernández Serrano

«Un carnaval sin carrozas no es un carnaval». Así, con esas palabras que parecen ser susurradas a uno por la voz que lleva dentro, evocó Rafael Figueredo González la ocasión en que, con solo 25 años y siendo estudiante de Medicina, concibió hacer más efectivo el sabotaje que la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) iba a ejecutar al carnaval de La Habana en febrero de 1953.

«“¡Cómo va a haber fiesta después del golpe de Batista!”, fue el sentir de la FEU. Enseguida pensamos cómo llevar a cabo un sabotaje. Se planeaba que distintos compañeros, a pie, tiraran en las calles alcayatas para ponchar los vehículos participantes, y así paralizar aquella inoportuna cumbancha.

«Sería un buen contragolpe de los jóvenes de mi barrio y de mis compañeros de la Universidad contra el gobierno usurpador que intentaba limpiar su imagen nefasta y acallar el repudio popular. Aunque posteriormente nos pusimos a pensar cómo mejorar nuestra acción, ¡desde el primer minuto pensé que el espectáculo concebido por aquellos golpistas estaba realmente “condenado” al fracaso!».

La noche de las Alcayatas

Los entonces estudiantes de Medicina y de Ingeniería Eléctrica, Rafael Figueredo González y Luis Blanca Fernández —ahora con 85 y 80 años saludables y lúcidos, respectivamente— están frente a nosotros, en la casa de este último, en el reparto Aldabó, en el municipio habanero de Boyeros, rememorando aquel sabotaje en el que participaron otros compañeros de reconocida trayectoria revolucionaria.

Sobre el carnaval y el hecho que protagonizaron, pudimos conversar con ambos.

Recuerda Figueredo que el presidente de la FEU en 1953 era Joaquín Peláez, «Quino». «El estudiante de Medicina René Crucet, ya fallecido, y yo fuimos a verlo a su casa, en 25 y H, en el Vedado. Le propusimos alquilar un camión para regar mejor las alcayatas, y que el carnaval terminara en un gran fracaso público. A las alcayatas había que doblarles una punta para que se clavaran en las gomas de los carros y se poncharan. Le pedimos además algún dinero. Nos dio 32 pesos: 25 para el alquiler del camión que empleamos, y con el resto adornamos el vehículo como una carroza más».

Luis Blanca no fue uno de los organizadores del sabotaje, pero se sumó posteriormente a lo que se preparaba: «Yo era uno de los estudiantes que después del 10 de marzo repudiaba el golpe de Batista. Doblé cientos de alcayatas durante varias horas en víspera del domingo carnavalesco aquel, en el local de la FEU. Allí estaban Figueredo, René Crucet y otros compañeros. Comenzábamos la lucha contra la tiranía. Tanto Figueredo como yo participamos junto a otros estudiantes en la Jura simbólica de la Constitución. A mí, con 18 años, me tocó estar en Camagüey».

Añadió Figueredo que hablaron «con Miguelito Martínez, hijo del dueño de un camión de mudanzas, y lo alquilamos. Él mismo lo manejó».

Contó el veterano combatiente que los compañeros enrolados en la acción salieron «en el camión desde Jovellar y San Francisco. Parqueamos a un costado de la Universidad. Montaron algunos jóvenes de mi barrio. Uno de ellos era ostionero y otro billetero, pero la inmensa mayoría éramos estudiantes de la FEU, como Juan Pedro Carbó Serviá y José Machado, “Machadito”, ambos asaltantes al Palacio Presidencial en 1957 y después mártires de Humboldt 7.

«La entrada al carnaval era por el Parque Maceo. Allí los tripulantes de una perseguidora registraban los carros. Crucet y yo nos bajamos, cada uno con careta y antifaz, y fingimos ser afeminados. Saludamos a los policías —sin frescura, pero con insinuaciones— y nos dijeron que siguiéramos antes de que nos dieran cuatro trastazos. Así libramos, pues si llegan a ver las cajas de alcayatas que llevábamos, nos hubieran entrado a leña y mandado para los calabozos.

«Olvidaba que las alcayatas las tirábamos por un hueco en la “cama” del camión», prosigue Figueredo. «Al poco rato empezaron a poncharse carrozas y hasta varias perseguidoras y motos de la policía. ¡Y todo eso a la vista de la flor y nata de la dictadura en los palcos de la Presidencia! Aquel carnaval se volvió un ridículo increíble».

Relata que posteriormente, tras haberse cumplido el objetivo de la incursión, «salimos con mucha dificultad y estábamos parados frente a la Manzana de Gómez, esperando que abrieran paso. Un guardia rural había sentido un momento antes el ruido metálico de las alcayatas cuando las tirábamos al pavimento, y nos siguió corriendo e intentó apresarnos. Yo salté del camión, y a la voz de “¡ataja!”, logré mezclarme con la gente y me fui a sentar en una de las gradas del carnaval. Vi cómo apresaron a Miguelito, el chofer, y el modo en que lo llevaban para la Estación. Intenté acompañarlo y hasta pensé correr su misma suerte, pero llegaron los jefes de la Policía y temí que me mataran. Crucet y Luis Blanca se refugiaron en una tienda de efectos de piel de cocodrilo, cerca del Hotel Inglaterra. La dueña los escondió, pero enseguida llamó a la policía y los entregó».

Duro golpetazo a la tiranía

Luis Blanca cuenta que la acción de la FEU «fue un duro golpetazo a la tiranía, pues al rato de regar nosotros las alcayatas, el único vehículo que caminaba allí era el nuestro. Dimos dos vueltas completas al perímetro del desfile de las carrozas y ¡de puro milagro no nos ponchamos con nuestra propia trampa! Pero al iniciar la tercera vuelta caímos presos».

A pesar de este último contratiempo, considera el combatiente que «el impacto provocado fue tremendo. Repercutió en diarios habaneros, como El Crisol, que el lunes siguiente publicaron la noticia. Así se enteró mi padre en Guáimaro, Camagüey, pues salimos René Crucet y yo retratados en la primera plana, ya presos, con las alcayatas en las manos. Nos llevaron para la Tercera Estación de Policía, próxima a la Terminal de Trenes y al antiguo Teatro Martí. Estuvimos allí y después en el Castillo del Príncipe. ¡Dos semanas en la cárcel!».

Muchos años después de aquellos hechos, Blanca valora que «fue una acción a conciencia, con un verdadero espíritu de lucha. Había que acabar con esos carnavales. Tuvo hasta repercusión internacional. En la Asamblea General de las Naciones Unidas un representante de Checoslovaquia o de Polonia, no recuerdo bien, dijo que en Cuba los estudiantes universitarios eran golpeados y encarcelados por tratar de impedir fiestas en la capital, en medio de una dictadura antipopular y cruel».

La acción contra los carnavales del tirano entrañaba desafiar ciertos riesgos, pero lo más importante, como añade Blanca, era que «el objetivo estaba cumplido. No nos habíamos imaginado realmente la importancia de lo que hicimos. Y aclaro que estar preso en una Estación de la Policía era muy peligroso, tanto que nosotros siempre decimos que el Castillo del Príncipe era un hotel comparado con una estación en la que por lo general era Esteban Ventura Novo el dirigente máximo de los verdugos.

«Un sobrino del esbirro Rafael Salas Cañizares llegó a la Estación donde yo estaba preso y, parado a mis espaldas, me dio un trompón por detrás de la oreja, diciendo que le habíamos ponchado su flamante moto Harley-Davidson. ¡Sin embargo, en realidad lo que ponchamos aquel día, a nombre de la FEU, fue ¡un carnaval completo!».

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