La muerte que no termina de doler - Cuba

La muerte que no termina de doler

Toda el pueblo recordó este lunes a las víctimas del terrorismo de Estado contra Cuba

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Tiene la edad de mi hijo. Debería pensar en estudios y amores, en proyectos y diversión. ¿Por qué esta adolescente habla de crímenes y codicia humana? ¿Por qué saluda la Bandera este lunes en el Cementerio de Colón, en lugar de hacerlo desde el patio de su preuniversitario?

Cuando René González la besa en la mejilla, del rostro de Ana Laura Calle Pérez emanan ternura y admiración. Sus manos se aferran al brazo del Héroe que presenta su respeto a las familias de los mártires, como si en ese gesto pudiera asir las manos de su abuelo, el piloto Wilfredo Pérez, y sacarlo del mar, librarlo del estupor macabro que dominó aquel vuelo, que prometía ser de broma y regocijo.

Creí que iba a una corta peregrinación para honrar a las víctimas del crimen de Barbados, pero Ana Laura me ha hecho viajar 38 años en el recuerdo. Vuelvo a ser niña abrumada por el llanto de las vecinas y los rezos de la abuela, a temer la ira encendida en el rostro de papá mientras se escucha la noticia en la radio, una y otra vez.

Tras días de dolor, la despedida. Nunca hubo tanto silencio en mi escuela. Nos apretujamos en el área de formación con las manos tomadas para darnos ánimo, porque las lágrimas de la adusta directora asustaban muchísimo. De fondo, un Fidel que gritaba injusticia, cobardía, terrorismo. ¡Qué palabras aquellas para una infante acostumbrada a oírlo hablar de triunfos, esfuerzos, generosidad!

Mi pensamiento vuelve a 2014 cuando Ana Laura describe cómo los autores de aquella barbarie disfrutan su vejez en plan de buenos vecinos en un país cuyas élites de poder están cargadas de resentimientos contra esta pequeña Isla. ¿A quién le importan los besos que truncaron, la espera familiar en vano, la muerte que no termina de doler?

Contemplo las flores que simbólicamente depositan en el panteón de las FAR decenas de estudiantes, trabajadores del Aeronáutica Civil y la Industria Alimentaria, deportistas consagrados y en ciernes… Veo a la Heroína y Generala Teté Puebla y al General de División Antonio Enrique Lussón conversar con familiares de los Cinco.

Y entonces, por primera vez, se me ocurre que la tripulación murió sin saber qué pasaba en realidad con su aeronave. A la angustia general debe haberse sumado su frustración por no resolver lo que tal vez creyeron un desperfecto técnico, la vergüenza de no cumplir una tarea rutinaria. Esa es otra injusticia, otra falacia que no podemos perdonar.

«¡Cierra la puerta!», grita Wilfredo en la grabación rescatada de la caja negra, y eso es todo lo que esta niña ha escuchado en la voz de su abuelo. Pero nadie les cierra las puertas a sus asesinos. El Gobierno norteamericano, sordo al clamor de justicia por casi cuatro décadas, ¿podrá al menos abrir las rejas de Antonio, Gerardo y Ramón? ¿Les concederá el regreso seguro a su tierra, dicha robada a 73 personas en aquel fatídico octubre?

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