Lorianne no cree en candelas

Una de las mejores instructoras de arte del país, una muchacha salida de un barriecito desconocido, hace algunas confesiones a JR

 

Autor:

Osviel Castro Medel

JIGUANÍ, Granma.— Con apenas 28 años ha logrado «tragarse el mundo». Y no lo ha conseguido encaramada en un globo para que se fijen en ella, sino desde los pedestales de la humildad y el deber.

«Sigo siendo la misma guajirita de siempre, la de El Bolo»,  dice sonriendo Lorianne Rodríguez Batista para referirse al barrio rural donde creció y se le pegó la idea de convertirse un «día loco» en instructora de arte.

Con esa misma sencillez estuvo al lado de Fidel, en octubre de 2005, cuando en la Ciudad Deportiva, en la capital cubana, leyó el compromiso de honor de los 3 000 graduados de la Brigada José Martí de Instructores de Arte.

«Esa jornada junto al Comandante en Jefe fue uno de los momentos más grandes de mi vida», confiesa mientras levanta las cejas, sorprendida porque ya han transcurrido nueve años de esa graduación con Título de Oro, y diez desde que recibió la medalla Abel Santamaría, otorgada por el Consejo de Estado a propuesta de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC).

También, al sacar cuentas en el almanaque, se admira porque no le parecían tan distantes sus participaciones en el VIII Congreso de la UJC (2004) y en la III Cumbre de los Pueblos (2005), celebrada en Mar del Plata, Argentina.

Desde esas fechas —y desde antes— le han llovido los reconocimientos y responsabilidades hasta llegar a ser hoy subdirectora de Trabajo Educativo en el Instituto Preuniversitario Vocacional en Ciencias Exactas (Ipvce) Silberto Álvarez Aroche, de Granma; una tarea que califica de gigantesca. «Una “candela”, pero yo no creo en eso», comenta, y vuelve a sonreír con picardía.

Lorianne la compara con las responsabilidades que asumió durante dos años (abril 2012-marzo 2014) en la República Bolivariana de Venezuela en los estados de Táchira, Zulia y Portuguesa, lugares en donde estuvo vinculada a la Misión Cultura Corazón Adentro.

«Son experiencias que no se olvidan, porque hay que desarrollarlas lejos de los seres amados, en condiciones difíciles, que algunos no imaginan, y con una intensidad muy grande, pero te preparan para asumir después un puesto como el que me tocó ahora».

Por cierto, muchos alumnos del Ipvce se sorprendieron cuando, en la arrancada del curso, la vieron cantando con el alma y el pecho. Pero para ella se trató de una costumbre, pues desde que empezó a trabajar, a los 19 años, en la escuela Camilo Cienfuegos (en la misma donde cursó la Primaria) no ha dejado de actuar en galas, actos, homenajes...

«Antes de realizar las pruebas de aptitud para ser instructora de arte, nunca había tocado guitarra. Tampoco canté, ni siquiera en el baño. Sin embargo, parece que llevaba el bichito del artista dentro de mí. Ahora no puedo vivir sin cantar», admite para recordar enseguida que su mamá anhelaba que ella estudiara Derecho o Psicología.

«Al final, no me arrepiento ni un milímetro por lo que me ha tocado. Tuve el privilegio, al retornar a El Bolo, de darle clases a mi propia hermanita, de ser compañera de mis primeros maestros… Fue algo muy hermoso. Después, en el centro Conrado Benítez, de Jiguaní, tuve que ingeniármelas para motivar a varios niños que tenían problemas escolares y familiares. Y luego, cuando me trasladé a la escuela provincial de instructores de arte Cacique Hatuey, volví a ver a mis profesores y a revivir muchos recuerdos gratos».

Retomando sus responsabilidades del presente, Lorianne expone que cuando le propusieron el cargo de subdirectora en el Ipvce gramense, lo aceptó gustosa porque sabe que muchas escuelas, como en la que está, necesitan jóvenes en puestos de dirección, que sean osados, creadores, activos, comprometidos con el precepto de «cambiar todo lo que deba ser cambiado».

«Las nuevas generaciones hacen mucha falta, sobre todo en cargos de dirección. Hay que tratar de motivarlas al máximo por diversas vías, porque un grupo jóvenes no quiere asumir responsabilidades», sentencia.

Premiada este año con la Distinción por la Educación Cubana, reconoce que todavía debe aprender un mundo de los más experimentados, escuchar, analizar y «jamás  creerse cosas».

«Cada reconocimiento me lleva a pensar en el ejemplo que debo darle a mi hijo, Raciel Humberto, que pronto va a cumplir siete años. También pienso en Martí, en todo lo que sacrificó por Cuba y en el nombre glorioso de nuestra brigada. Como él, siempre digo que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz».

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