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Con los carboneros, a cenar con ellos

El 24 de diciembre de 1959 se inscribió en la vida de muchos cenagueros, cuando Fidel compartió la Nochebuena con estos humildes trabajadores. En el mismo sitio de entonces se levanta hoy un Memorial que permite redescubrir aquel singular suceso

Autor:

Hugo García

SOPLILLAR, Ciénaga de Zapata, Matanzas.— Los bohíos desvencijados eran una mueca triste en medio del monte, dentro de la espesa maleza verdosa. Con techo de pencas y paredes de tablas de palma, en las madrugadas el frío que se colaba por las hendijas pelaba la piel, al filtrarse por debajo de los camastros, que se hacían con unos maderos y un saco de yute abierto como «colchón».

En los días finales de diciembre, la vida en el pantano se paralizaba. Si se podía, la gente se daba unos tragos y coqueteaba con una Nochebuena, que poco tenía de buena.

Era el 24 de diciembre de 1959. El pequeño Jesús Antonio Méndez Amengual jugueteaba con sus amigos, eufóricos porque había alguna golosina y olor a lechón asado…

Jesús Antonio encuentra, 55 años después, en su memoria, la luz del helicóptero que aterrizó en un llanito cerca de su bohío. «Ese día nunca se me ha olvidado, aunque yo tenía solo cuatro años de edad».

«Esa tarde las dos familias que vivíamos allí, apartadas del batey, preparábamos todo para celebrar la Navidad. Teníamos un lechón, habíamos comprado algunos turrones, todo de manera modesta», rememora este guajiro cenaguero que a ratos vuelve a ser aquel muchacho inquieto de hace más de cinco décadas.

El doctor Antonio Núñez Jiménez llegó primero al lugar y preguntó si Fidel podía cenar con ellos. Extrañados, todos asintieron, no entendían qué haría allí un hombre de tamaña estatura. Núñez se fue y, al cabo de un tiempo prudencial, regresó con algunas provisiones para apoyar la celebración.

El líder revolucionario llegó sobre las ocho de la noche. Venía de la Laguna del Tesoro, donde lo sorprendió el atardecer y ante la pregunta de adónde ir a pasar aquella noche, su respuesta fue precisa: «Con los carboneros, a cenar con ellos».

Dicen que se sentía libre en medio del monte, sin presión alguna de los protocolos, disfrutaba la conversación y la compañía de aquellos cenagueros. Se interesó por todo, si iban a la escuela, si estaba habilitada con lápices y libretas, quiso saber todo lo relacionado con la vida en esos inhóspitos parajes.

Fidel habló con Carlos, el papá de Jesús Antonio, sobre cómo se vivía, cómo podía criar tantos hijos, y cuál era la situación de los trabajos.

«Mi viejo le explicó al Comandante que yo había nacido enfermo, lleno de parásitos, y que hubo que hacer colectas entre mucha gente para pagar la sangre de varias transfusiones».

El inesperado visitante puso mucho asunto. Oyó aquellas historias y otras bastante tristes de la vida en la Ciénaga. «Entonces quiso conocerme, me buscaron y él me sentó en sus piernas. Estaba muy contento, hablaba mucho, conversó toda la noche sobre lo que se haría en la Ciénaga.

«Los muchachos comimos temprano. Al principio nadie sabía que venía Fidel, eso fue una gran sorpresa. Aquí todo el mundo vivía en bohíos, con piso de tierra, en condiciones infrahumanas, sin zapatos ni juguetes, con puertas y ventanas de sacos de yute».

Aquella noche Fidel les enseñó a los cenagueros el manejo de las armas e hizo varios disparos a las 12 de la noche. Casi a las dos de la madrugada partió.

«En mi vida tengo dos hechos relevantes que guardo con cariño: ese encuentro con Fidel, que me llena de orgullo estar en varias fotografías junto a él, y haber cumplido misión internacionalista en Angola».

Lo que solo haría Fidel

José Manuel García Montano, el hijo de Rogelio García, y Pilar Montano, la otra familia que junto a la de Jesús Antonio tuvieron aquella singular vivencia, recuerda que aquello no era vida. «La pobreza era inmensa, mi papá se dedicaba al carbón y le pagaban una bobería. Aquí no había ni luz eléctrica. Me acuerdo que a cada rato se rompía uno de los camastros donde dormíamos y había que correr a arreglarlo.

«El gesto de Fidel fue muy hermoso, el más lindo de la vida, porque el hecho de que compartiera con unas familias tan pobres de la Ciénaga de Zapata, eso solo lo haría él. Al cabo de los años volví a ver a Fidel en la inauguración de una Secundaria Básica en Jagüey Grande. Al enterarse de que había cenagueros, nos mandó a buscar para saludarnos.

«Era triste la vida en aquella otra época, burreando la leña, metidos en los pantanos, sacando postes de madera con el fango a la cintura, soportando picadas de insectos, necesidades de todo tipo. Fíjate, que mi primera escuela fue en Cayo Ramona, en un internado, ya cuando había triunfado la Revolución».

Su hermano, Humberto García Montano, tenía nueve años en aquel diciembre de 1959. Recuerda con dolor el panorama cenaguero de entonces: los hornos de carbón, los bohíos cayéndose, los muchachos monteando vacas, en short y llenos de arañazos de la zarza, descalzos, con los pies más duros que el cemento.

«Yo estaba a la derecha de Fidel en la mesa, me puso la mano en la cabeza y me preguntó si iba a la escuela», suspira mientras revive aquella noche tan especial.

Para no olvidar

Justo en el sitio donde se viviera el histórico encuentro de los cenagueros con el líder de la Revolución Cubana, se erige hoy la institución cultural Memorial Biblioteca 50 Aniversario de la Cena Carbonera con Fidel.

«Esto de crear el memorial fue una excelente idea. Cuando Kcho se acercó a nosotros, corregimos algunas cosas para que se aproximara lo más posible a las verdaderas condiciones en que se vivía en aquella época. Nos sentimos orgullosos de haberlo construido con trabajo voluntario», explica emocionado Humberto García.

Es impactante para los visitantes apreciar cómo en un lugar tan apartado un alto dirigente, por entonces el Primer Ministro del país, pasó la primera Nochebuena de la Revolución con gente tan humilde, dice Pedro Amaury Santos Llambía, director del Memorial.

«El hecho tiene gran repercusión histórica porque Fidel demostró que la Revolución era de los humildes y para los humildes. Vino a tocar el fondo del pueblo cubano, que estaba en la miseria, y a compartir con los pobres de Soplillar.

«Hoy el sitio permite mostrar cómo era la situación de la Ciénaga antes de la Revolución. Los bohíos que conforman el conjunto museográfico marcan a las personas, porque son la muestra de la miseria imperante en la época, cuando vivían numerosas familias sin condiciones y sin posibilidades económicas para mejorar», subraya Pedro Amaury.

María Grisel Duque Castro, veladora del Memorial, comenta: «Las personas llegan de manera espontánea o en visitas dirigidas, sobre todo del Minint, ya que esta institución no está registrada en las guías de turismo ni en ninguna parte, y aun así es un lugar de gran relevancia.

«Todos los que vienen aquí insisten en que este Memorial se debe conservar muy bien, porque es un pedacito de la Ciénaga, que cuenta la historia de uno de los lugares más olvidados de Cuba antes de 1959».

Biblioteca de lujo

Una biblioteca ilumina el Memorial, en contraposición con el olvido y el analfabetismo imperante en la República.

Mabel Duque Castro, técnica en Bibliotecología, afirma que la institución cuenta con 1 386 ejemplares, entre ellos la bibliografía histórica donada por Fidel, traída por Kcho el 24 de diciembre de 2009, cuando se inauguró el Memorial. Otras personalidades han donado libros, al igual que la Sociedad Cultural José Martí.

«Muchos estudiantes de Secundaria Básica vienen a consultar los textos, y hasta un médico de la comunidad. Hacemos un trabajo de préstamos en la localidad, tras un diagnóstico de las personas que leen, a quienes les enseñamos el listado de títulos y les llevamos el libro que quieren.

«En la Escuela Primaria Wilfredo Díaz, de Soplillar, con nueve niños de matrícula, trabajamos la vida y obra de José Martí, y creamos un taller de valores. Contamos con el proyecto Sembrando amor, de conjunto con el Minint, que incluye la recepción de trabajos de artesanía de los niños de la comunidad y de artesanos, que se le regalan a niños afectados con cáncer y a otros con dificultades auditivas y sonoras. Cada obra tiene el teléfono del creador, y esos niños o sus familiares se comunican para agradecer.

«Queremos llevar esta historia a las prisiones, exponer las fotografías de la cena y del actual Memorial», resume Mabel.

Al llegar al lugar, uno experimenta la sensación de que el tiempo se ha detenido. Pero ese sobresalto es solo la impresión ante una imagen conservada de nuestro pasado. Por suerte, la Ciénaga no es la misma de aquel entonces. Y ahora sus pobladores, cada año, por esta fecha, hacen de aquella histórica cena una tradición colectiva.

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