Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Más allá del nombre

¿Sabías que el uso de nombretes puede ocasionar daños graves a la autoestima? Sobre ello, indagó el sitio web Soy Cuba, plataforma de JR

Autor:

En mi preuniversitario casi todos respondíamos a dos nombres: el que eligieron nuestros padres y el que luego nos impusimos mutuamente. Así, teníamos que «Vaca», la gordita del grupo, era la mejor amiga de «Pollito», la más delgada. La siempre risueña era «Quinqui» o «Quincalla», debido a su pasión por pulsos y collares, mientras que «Guasasa» se destacaba como la más inteligente, a pesar de su baja estatura. A la cabezona de piernas delgadas la bautizamos como «Chupi», por los caramelos con palito conocidos como chupa-chupa. Y al «Gordo» lo seguíamos llamando así por pura costumbre, aunque hacía más de cinco años que había dejado de serlo.

No faltaban los clásicos: «Cuatro ojos», la «China», el «Bestia»… Pero estaban también el «Cucarachón», «Mufasa», la «Palma», «Shazán», el «Rojo», entre muchos más, en un despliegue de creatividad que a nuestra edad parecía no conocer límites. Tampoco escaparon a tal suerte algunos profesores, entre ellos la «Jicotea» y el «Loviru», quienes nos impartían Biología, aunque nunca supimos si alguna vez se enteraron de semejantes apelativos.

Mis amigos del pre no hacían nada de extraordinario o fuera de lo común. Desde tiempos inmemoriales las personas se han estado llamando mediante apodos, ya sea para describir una cualidad física o del carácter, como diminutivo de un nombre común e, incluso, por tradición familiar.

Monitoreo de Soy Cuba

Hace unos meses el sitio web Soy Cuba realizó un sondeo para conocer qué pensaban los jóvenes sobre este tema. De los 201 participantes, el 41 por ciento señaló que entre los cubanos son muestra de cariño o broma, mientras que el 14 por ciento reconoció su uso entre familiares y amigos.

Un tres por ciento los marcó como insultantes, el 15 por ciento los detesta y el 18 por ciento afirmó que los soportaba siempre y cuando no fueran racistas o sexuales. Si bien estos resultados representan solo el criterio de una muestra —las personas que consultaron y votaron en nuestro sitio—, sí resultan evidencia de la opinión de varios jóvenes sobre el tema.

¿Sin daños a terceros?

Válido es destacar que existen dos tipos de apodos: los que ofenden y molestan, y los que no. Con estos últimos puede una persona convivir. Sin embargo, los primeros devienen pesada carga para sus destinatarios. En aras de profundizar más sobre el fenómeno de los apodos ofensivos en Cuba y sus posibles consecuencias, dialogamos con la máster en Psicología educativa Annia Almeyda Vázquez, profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana.

«Se trata de un fenómeno que suele ocurrir a cualquier edad. Podemos encontrar a quienes se les adjudica un apodo en la niñez y lo llevan a lo largo de su vida, y otros que lo reciben en un momento determinado. Pero la infancia, adolescencia y juventud, esta última en menor medida, son las etapas o períodos en los que resulta más común debido a las características propias de estos grupos etáreos, en los que la relación entre individuos posee un carácter más informal.

«Debemos tener en cuenta que, aunque estamos hablando sobre los también llamados nombretes estos generalmente van asociados a otras conductas, actitudes y comportamientos que pueden no solo trascender el mero hecho de llamarte de una manera particular, sino que también implican rechazo, burla y chistes que pasan luego al plano físico a través de las travesuras o maldades».

La profesora Almeyda Vázquez explica que en estas edades tempranas, especialmente en la adolescencia, el grupo de amigos constituye una fuente primaria que nutre el desarrollo del individuo cuando su personalidad está en pleno proceso de formación «en tanto actúa como una suerte de espejo que nos devuelve la imagen que tienen los demás sobre nosotros mismos. Y esto al joven le preocupa más que lo que piensen o digan sus padres o familiares.

«En las dinámicas de un grupo se desarrollan muchos roles, que son asignados y asumidos». De tal modo, a una persona que posea características físicas socialmente asociadas a lo feo, o que no cumpla con el canon de belleza más aceptado, se le etiqueta de manera negativa y resulta, por ello, muy maltratada psicológicamente.

«Una vez asignado este rol, le resulta al individuo muy difícil escapar de él, pues se convierte en blanco de todas las burlas y pretexto de diversión para un grupo que no es totalmente consciente de cuán dañina puede ser esta violencia psicológica para el desarrollo y la salud mental del abusado.

La persona que de manera continuada está siendo ultrajada, dañada frente a otras, y que su imagen está siendo desvalorizada, recibe daños, fundamentalmente en su autoestima, que no es más que el proceso que le permite valorarse, quererse y sentirse a gusto consigo misma. Este amor propio no nace con uno, sino que se va formando en la relación con los otros. Y si estos, constantemente, están devolviéndole una imagen negativa, obviamente esto puede incidir», agrega la psicóloga.

¿Burla o acoso?

El uso de motes ofensivos se cataloga también como bullying o acoso escolar. De ahí la importancia de que los adultos identifiquen este tipo de comportamiento a tiempo y traten de evitarlos.

«En ocasiones el maestro no se percata —aunque es muy raro, porque llega a resultar muy evidente— o no le da la importancia que reviste. Entonces los niños lo asumen como algo natural, como un juego, y piensan que existe una impunidad, en especial cuando se trata de una actitud grupal».

Las consecuencias para el afectado pueden ser múltiples, desde el rechazo escolar y bajo rendimiento académico, hasta dificultades en las relaciones interpersonales en su adultez.

Acota Almeyda Vázquez que «cuando la persona se siente menos atractiva que las demás, esto le genera una inseguridad a veces asociada a los celos. De modo que a pesar de tener un vínculo amoroso, no es capaz de disfrutarlo con tranquilidad sin sentirse amenazada por terceras personas. Incluso se afectan los ámbitos laborales, porque la autoestima no solo se reduce a lo físico, sino que tiene que ver con su valía como ser humano en sentido general».

Durante la adultez somos capaces de valorar y medir mejor las consecuencias de nuestros actos. Por eso lo pensamos dos veces antes de endilgarle un apodo a alguien, más aun si se trata de uno ofensivo, pues la noción del respeto y de los límites de lo permisible entre dos personas es mucho mayor que el existente en la infancia y juventud.

De todos modos, el impacto de recibir sobrenombres ofensivos resulta diferente, pues poseemos «una personalidad ya consolidada, que permite establecer diferencias entre la imagen que el otro me devuelve y la que tengo de mí mismo, a diferencia de lo que ocurre en la adolescencia, cuando existe una especie de fusión entre ambas», concluyó la especialista.

Los jóvenes dicen

Conversando con algunos jóvenes a través de la red social Facebook, les pedimos que nos comentaran acerca de los nombretes que han recibido a lo largo de su vida. Estas son algunas de sus respuestas:

Arianne Alfonso: «Me decían “Casquito de guayaba”, por el pelado que usaba cuando tenía unos diez años».

Juan Luis Fonseca: «Me han dicho de todo lo que hay en lo referido a las orejas “Chevy con las puertas abiertas”, “Orejón”… en fin».

Daymette Montenegro: «En mi caso los apodos de cariño son “Mona” (mi hermana), “Pitrín” (mi papá), “Day” (los amigos)... lo más ofensivo, por el contexto en que me lo dijeron, fue “Enciclopedia ambulante” y “Concientona”».

Yirmara Torres: «Mis padres me decían “Gordi” en la primera infancia. También me llaman “Yirmy”, que acorta mi horrible nombre».

Arianni Rodríguez: «De niña, debido a mi delgadez extrema, tuve muchos apodos, el más reconocido fue “Huesito”, que ciertamente lo detesté. Durante la adolescencia no fueron muchos, nada significativo. El problema llegó en la Universidad: me llamaban “Candela”. ¡Cuántas malas interpretaciones de los que escuchaban mi apodo por primera vez! Y la realidad es que fue solo por cierto parecido físico que alguien encontró entre un custodio de la entrada que se llamaba Candelario y yo.

«A estas alturas quizá sientan curiosidad, pues no les dije cuál solía ser mi apodo en el pre. Pero si ya develé los de mis compañeros, no sería justo callar en lo personal. Acá les va mi confesión: me decían “Tibu”, un recorte cariñoso de “Tiburona”. Supongo que pagué con creces mi pasión por la comida, así como el hecho de no guardar bien el secreto sobre aquellos aparatos de ortodoncia que usé durante la Secundaria».

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.