La verdad, por difícil que sea

El Doctor Humberto Blanco, director del Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de La Habana, reflexiona sobre la importancia de las ciencias económicas para la toma de decisiones y las políticas

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Cuando recientemente la Universidad de La Habana entregó al Centro de Estudios de la Economía Cubana (CEEC) el premio de colectivo distinguido en la investigación, se hacía justicia a una institución que ha defendido siempre el criterio de la verdad científica por polémica que sea, cuando se sostiene honestamente.

Ni lineal ni siempre armonioso ha sido en nuestra sociedad el entendimiento de los complejos diagnósticos de las ciencias sociales en busca de la evidencia científica. Pero en ese toma y daca, a partir de la discusión democrática de los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, se abrió una nueva etapa para la asimilación de los resultados investigativos en las decisiones estratégicas y tácticas del país.

Por eso, y porque el CEEC acumula 25 años de fecunda labor investigativa en las complejidades de la economía cubana, JR entrevistó al Doctor Humberto Blanco, director de esa institución, quien considera que «hoy se aprecia un papel creciente de los aportes de la academia en la dinámica de transformaciones económicas que vivimos; y, por otra parte, la dirección del país asume la importancia que tiene el fundamento científico para  la definición de las políticas».

Ello se reflejó primeramente, precisa, en el activo protagonismo de los centros de investigación económica en el proceso de discusión de los Lineamientos, con entera libertad propositiva. Y hoy se muestra en su participación fecunda en el Consejo de Ciencia y Tecnología adscrito a la Comisión de Implementación y Desarrollo de los Lineamientos.

—¿Cómo se expresa el carácter revolucionario de un investigador de las ciencias económicas, en la fundamentación de las  políticas adoptadas, o en la constante búsqueda de la verdad?

—En la búsqueda de la verdad, por compleja que sea, para contribuir a la adopción de políticas desde el compromiso. Y siempre asumiendo el precepto marxista de no solo interpretar la realidad, sino transformarla… Para ello, se requiere la honestidad intelectual de argumentar y defender los puntos de vista.

«Pero uno no puede creerse el ombligo de la academia. Ahora estamos en la conformación de un Programa Nacional de Investigaciones sobre Economía junto a otras instituciones científicas. Y tratamos cada vez más de colaborar con otros colegas e instituciones en función de la multidisciplinariedad. Sería un error reducir solo el diagnóstico al problema económico, sin sopesar lo social y político, lo medioambiental».

—Hay quienes, en materia de ciencias sociales, muestran un prejuicio enfermizo hacia el principio de la duda propio de la actividad científica…

—En cuestión de diagnósticos, a las cosas, siempre que estén argumentadas y fundamentadas, hay que entrarles de frente y con decisión. Y por polémicos que puedan ser los planteamientos, hay que asumirlos con honestidad y transparencia. Lo que sí constituye un peligro es no considerar en el diseño y aplicación de las políticas públicas las evidencias, propuestas y argumentos científicos que puedan tornar más efectivas esas políticas.

—¿En el actual proceso de implementación de los Lineamientos, hasta qué punto la investigación científica debe ser un observatorio que alerte y contribuya a enfrentar los nuevos problemas que dialécticamente resulten de las nuevas soluciones? ¿Hasta dónde las ciencias sociales deben abordar las desviaciones que se puedan registrar en la aplicación de las medidas?

—Ese es un enfoque que debe estar muy claro, para no extraviarnos. La implementación de los Lineamientos no puede verse como un proceso cerrado y acabado. De hecho, el propio nombre de la Comisión, de Implementación y Desarrollo, lo expresa. Como todo proceso de transformaciones, requiere de un análisis crítico, para corregir las desviaciones que puedan generarse. Pero tampoco este proceso de transformaciones puede reducirse al campo económico y merece ser abordado desde múltiples perspectivas, con miradas multidisciplinarias.

—¿Cuáles son, a su entender, los problemas claves que entorpecen el urgido crecimiento de la economía cubana?

—En una economía tan abierta como la cubana, los problemas del crecimiento no pueden valorarse sin tener en cuenta los estrangulamientos y oportunidades externos, pero tampoco sin considerar los nudos endógenos que atan las fuerzas productivas. Hay que seguir desatando esos nudos, tanto en el sistema de la empresa estatal como en las formas de gestión no estatal (cooperativas y trabajadores por cuenta propia), y lograr una interacción más efectiva entre todos esos actores económicos.

«Esta es también una transformación de la cultura organizacional y de la mentalidad de los diversos actores. Y una de las cosas más difíciles es la puesta en práctica de los cambios. Sería ingenuo desconocer las resistencias a lo interno. Por eso es tan decisivo que, cada vez más, se dirija la economía con el instrumental de la ciencia, pero sin el puro reduccionismo tecnocrático».

—Al lado de los experimentados académicos del CEEC comienza a aparecer una nueva generación de jóvenes investigadores. ¿Qué opinión le merecen? ¿Cree que podrán hacer avanzar el empeño científico con más ventajas del entorno que las que condicionaron a sus antecesores?

—Los que llevamos años en el CEEC y en la Universidad, y los más recientes, todos somos profesores. Llevamos el aula en el corazón. Y el verdadero educador tiene que entender que, dialécticamente, el alumno pueda superar al maestro. Uno nace para semilla. Y creo, como Julio Antonio Mella, que todo tiempo futuro tiene que ser mejor.

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