Madrugada de Patria o Muerte

El aniversario 54 del bombardeo al aeropuerto Antonio Maceo y a los de Ciudad Libertad y San Antonio de los Baños se recordó este miércoles en Santiago de Cuba, con el compromiso de los trabajadores de la terminal aérea oriental de trabajar por un servicio de calidad

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

SANTIAGO DE CUBA.— «No he podido ver nada en Baracoa, pues la noche está muy oscura. Prepárenme el Catalina para salir nuevamente».

Como un cuchillo, hiriendo la somnolencia de la madrugada, se escuchó el mensaje. Mientras se desperezaba, el teniente Canciano reconoció la voz del capitán Orestes Acosta.

Eran casi las tres de la mañana, y tal vez Canciano admiró el valor del amigo, ajeno a que era la última vez que escucharía su voz. Tan solo el arrojo y los deseos de servir a la Patria debieron sostener al humilde joven, capitán del Ejército Rebelde, al partir, una hora antes, en vuelo de reconocimiento hacia la zona de Baracoa, pese a que las condiciones del tiempo y el estado técnico del avión recomendaban no realizar el viaje.

Ahora, de regreso, buscaba alternativas para cumplir su misión. Tal vez pensaba en sus hijas, de siete y nueve años, que «orgullosas del padre» dormían en casa; quizá recordaba las tantas veces que había dicho a su esposa Arsenia, que «moriría defendiendo la Patria».

Quién sabe si en eso andaba la mente del joven, cuando, después de aquel mensaje, el motor del caza se incendió y calló violentamente al mar, frente al Morro, a varias millas de la costa santiaguera, convirtiéndose en el primer mártir de aquella madrugada de humo y metralla.

Casi al amanecer, el recuerdo emocionado de sus compañeros pilotos, reunidos en el aeropuerto Antonio Maceo, sería interrumpido. Verían nacer el día entre bombas enemigas y el fuego de las ametralladoras rebeldes.

A 65 años de su caída fue otra vez herido el General Antonio Maceo. La bala no procedía de un rifle español, sino de la metralla de aviones B-26 yanquis que usando insignias cubanas, bombardeaban el aeródromo que lleva su nombre en Santiago de Cuba y repetían, simultáneamente, la historia en Ciudad Libertad y San Antonio de los Baños.

Un nombre con sangre

«Serían las 5:45 de la mañana», relatarían después los bravos artilleros: macheteros, casi niños, que harían al enemigo fallar en sus cálculos.

«De repente, haciendo un semicírculo en el aire, los aviones comenzaron a dejar caer su mortífera carga sobre el edificio del aeropuerto y sobre los aviones y avionetas que allí se encontraban. Rápidamente, nos dimos cuenta de la situación y montamos la antiaérea…», relataría Mario Pérez, un recio campesino de unos 20 años.

A partir de entonces la madrugada sería de humo y metralla. Vil era el propósito de los atacantes: destruir en tierra la maltrecha fuerza aérea rebelde, inutilizar pistas e instalaciones, con la falsa historia de que los pilotos atacantes eran desertores de la Fuerza Aérea Cubana.

En el occidente del país, el joven artillero e instructor Eduardo García Delgado, herido de muerte en las acciones de rechazo a los bombardeos, en vibrante simbolismo, escribía con su sangre el nombre de Fidel en una puerta.

En comunicado emitido el día 15 de abril, el Comandante en Jefe Fidel Castro orientaba al pueblo: «Si este ataque aéreo fuere el preludio de una invasión, el país en pie de lucha resistirá y destruirá con mano de hierro cualquier fuerza que intente desembarcar en nuestra tierra.

«Cada cubano debe ocupar el puesto que le corresponde en las unidades militares y centros de trabajo, sin interrumpir la producción ni la Campaña de Alfabetización ni una sola obra revolucionaria».

Escasas 72 horas después, con la primera derrota al imperialismo yanqui en América Latina, un pueblo entero daba viril respuesta a aquella herida al Titán de Bronce y sembraba en la historia el heroísmo de jóvenes como Orestes Acosta.

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