El nacimiento llameante de Dos Ríos

Nadie podrá desmontarlo de su caballo, ni evitar su presencia más allá de las palmas, los rosales y los versos

Autor:

Osviel Castro Medel

DOS RÍOS, Granma.— Entramos y hacemos silencio. Vemos el río —que ya no ruge como antes—, el obelisco y las rosas, por fin blancas.

Y pensamos en la desesperación de aquellos hombres que, comandados por el Viejo General, observaron en la lejanía cómo los españoles se llevaban en marcha redoblada el cuerpo sangrante del Apóstol, después de los tres balazos mortales que lo derribaron de su caballo Baconao.

«Esta pérdida sensible del amigo y del patriota, la flojera y el poco brío de la gente, todo eso abrumó mi espíritu a tal término que dejando algunos tiradores sobre un enemigo que ya de seguro no podía derrotar, me retiré con el alma entristecida», escribió Gómez en su Diario de Campaña.

No es domingo de 1895, tampoco una hora cercana a las dos de la tarde, ni hay un régimen de lluvias copiosas como antaño. Pero los relatos de los pobladores, algunos con aire de fábula, nos transportan a aquellas circunstancias.

«Martí cruzó el río, se mojó mucho. Gómez le dijo que se quedara, pero desobedeció. Invitó a Ángel de la Guardia a que lo acompañara a una carga», nos relatan.

¿Cómo habrá caído aquella noticia catastrófica en la tropa cubana que tanto se había enardecido con la llegada de Bartolomé Masó y los suyos, y con el discurso previo del «Presidente», como habían bautizado al Maestro en esos días?, nos preguntamos.

«Presidente me han llamado, desde mi entrada al campo, las fuerzas todas, a pesar de mi pública repulsa, y a cada campo que llego, el respeto renace», había plasmado él en su Diario para reflejar con modestia la admiración que despertaba.

Claro que la mala nueva de ese 19 de mayo no solo repercutió en la manigua o en Cuba toda. Patria, el periódico fundado por el Delegado en el exilio, publicaba días después: «ÚLTIMA HORA. Al entrar en prensa el presente número recibimos la cruel certidumbre de que ya no existe el Apóstol ejemplar, el Maestro querido, el abnegado José Martí. Ha caído como un soldado».

Miramos ahora a la izquierda y antes del punto exacto donde fue abatido el Héroe, releemos en un pequeño muro su frase: «Cuando me toque caer todas las penas de la vida me parecerán sol y miel».

¡Cuántas referencias a la muerte, no como símbolo de final, sino de continuidad y luz!, nos decimos.

Bien se conoce que el día antes de la tragedia, desde los ranchos de Rafael Pacheco, le había escrito a su amigo Manuel Mercado sobre la posibilidad real del deceso y sobre el móvil de su lucha: impedir con la independencia de Cuba que Goliat se extendiera con fuerza por las tierras de América.

Por cierto, esos ranchos de Pacheco, que debieron reconstruirse, no están; y es una pena, porque así la ruta martiana luce incompleta.

El obelisco, al que acuden con frecuencia muchos ñiños y jóvenes, fue inaugurado 18 años después de la caída de Martí.Foto: Roberto Ruiz

A piedra viva

Permanecemos contemplando el obelisco. Tiene 16 metros cuadrados en su base y diez de alto. Fue inaugurado 18 años después de la caída del Mayor General José Julián Martí Pérez, gracias, en buena medida, a los esfuerzos de José Estrada, concejal del municipio de Palma Soriano, perteneciente hoy a la provincia de Santiago de Cuba.

Cuando Estrada pasó por aquí, a principios del siglo pasado, y solo vio un pequeño promontorio de piedras y una cruz de madera, sintió congoja y se propuso, con el concurso de otros ayuntamientos, recolectar fondos.

A la sazón, se logró comprar una gran pieza de mármol italiano, pero no pudo traerse ni por el río ni por los caminos reales, todos en estado calamitoso; así el monumento previsto tuvo que levantarse en Palma Soriano, mientras que en Dos Ríos se construyó el obelisco, inaugurado el 20 de mayo de 1913.

Pensamos, entonces, en el tremendo simbolismo de aquella cruz y también en el del monumento inicial, que fue hecho «a mano» por Máximo Gómez y sus hombres 14 meses después de la muerte gloriosa de Martí.

La cruz, de caguairán, fue colocada en octubre de 1895 por el general insurrecto Enrique Loynaz, quien, por encomienda del entonces presidente de la República en Armas, Salvador Cisneros Betancourt, llegó hasta la casa del capitán José Rosalío Pacheco, «fanático adorador de Martí», para localizar el sitio exacto de la caída del Maestro. «Él me llevó al sitio fatal (…). Allí se levantó la cruz», escribió Loynaz en sus Memorias de la Guerra. Y luego sentenció, cuando Pacheco le mostró las huellas, a unos 150 metros de su casa: «No había posibilidad de duda, en todo el campo de combate no había otro charco de sangre, ni podía haberlo porque fue solo Martí el único muerto; ningún herido dejó ni podía dejar, ningún rastro de sangre».

Mientras, el «mausoleo a piedra viva», como llamó Gómez en su Diario de Campaña al primer monumento al Maestro, nació en julio de 1896, en una incursión por esta zona del General en Jefe y sus hombres, entre los que se encontraban en ese momento Calixto García y Fermín Valdés Domínguez.

Este último, entrañable amigo de Martí, escribió que el insigne dominicano fue el primero en bajarse de su caballo y colocar varias piedras del río Contramaestre alrededor de aquella cruz. «Todos lo imitaron —escribió Valdés Domínguez— y conmovidos cargaron las suyas. (...) Las piedras  que se habían depositado al ir desfilando (...) las acercamos y algunos números las colocaron formando un cuadrilongo de Oriente a Occidente, quedando el frente (...) de cara al sol...».

¡Qué momento aquel!, meditamos. El propio Gómez sentenció que ese acto de poner las piedras fue «solemnísimo».

Ahora, mientras miramos el monumento actual, llegan unos visitantes. Son egresados de hace muchos años de la Universidad de Oriente que quisieron celebrar parte del aniversario de graduación en Dos Ríos. Los acompaña el profesor de historia Antonio Espinosa Martínez, quien trabaja en el centro mixto José Martí (de la localidad) y hace de guía esta vez.

Tony, como lo llaman, les explica que aquellas piedras situadas por Gómez y sus subordinados en 1896 quedaron hermosamente fundidas en el actual monumento. Y hace una descripción prolija de los acontecimientos hasta que se le eriza la piel cuando narra: «Cayó aquí, de cara al sol, entre un fustete y un dagame».

Ambos árboles, derribados, y que luego no habían aparecido y por tanto no se sembraron en 1975 —cuando se instalaron los jardines alrededor del monumento—, fueron plantados hace poco, para el bien de la historia.

Nombres que deben elevarse

Miramos ahora el pequeño poblado de Dos Ríos, su inmensa plazoleta, donde se han celebrado tantos actos grandiosos. No hay bullicios, pero por momentos la quietud se rompe con las voces del centro mixto José Martí, antes secundaria básica.

Algo curioso: los nombres de las escuelas primarias, por suerte, están vinculados a Dos Ríos: José Rosalío Pacheco (también aparece Rosalía en la literatura), Rafael Pacheco, Ángel de la Guardia y Francisco Blanco (Bellito).

Este último fue el único libertador que murió en los intentos de rescatar el cuerpo exánime de Martí, cinco días después del holocausto en Dos Ríos.

Hugo Armas, historiador de Jiguaní hace 21 años, siempre insiste en que estos nombres deben elevarse mucho más, no solo en la región. Bellito, por ejemplo, un bayamés que hizo vida en Jiguaní, es descrito así por el Héroe Nacional, en el primer encuentro, el 10 de mayo: «Viene Bellito, el coronel Bellito de Jiguaní, que por enfermo había quedado acá. Lo adivino leal, de ojo claro de asalto, valiente en hacer y en decir. Gusta de hablar su lengua confusa, en que en las palabras inventadas, se le ha de sorprender el pensamiento».

Ángel de la Guardia dio su vida en la toma de Las Tunas, en agosto de 1897, con solo 22 años y los grados de coronel. Y los hermanos Pacheco murieron en la década del 20 del siglo pasado, después de numerosos servicios a Cuba. José llegó a comentarle a Martí en aquellos días de campamento por los alrededores de Dos Ríos: «Por usted doy mi vida».

Nacimiento de un sol

Ya casi es mediodía. Nos despedimos de Dos Ríos. Ponemos la mente en ese hombre caído casi en inmolación para convertirse, sin pretenderlo, en Sol supremo de una nación.

Meditamos en la frase de Gómez, con fama de jefe severo: «Yo no he conocido otro igual en más de treinta años que me encuentro al lado de los cubanos en su lucha por la independencia de la Patria».

Nos vamos convencidos de que jamás nadie podrá desmontar a Martí de su caballo, aunque lo intenten versiones teatrales. Que él habitará más allá de la sala de historia que todavía, a estas alturas, no se ha edificado aquí.

Que estará allende las palmeras sembradas, los rosales, los versos y la mismísima historia.

Fuentes: Enciclopedia digital cubana Ecured, periódicos Granma, Juventud Rebelde y La Demajagua de 1980, 1983, 1985, 1990, 1995, 2000, 2005, 2006, 2007, 2010 y 2011.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.