Las dos tierras y la brasa

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Entre tantas sugestivas series que ahora seguimos los cubanos, muchas de ellas norteamericanas, parecería que se cuela, con todo su «atractivo», y no poco de suspense, la «trama» en ascenso de la nueva historia en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos.

Podríamos decir que el primer capítulo, que cerrará el próximo 20 de julio con banderas ondeantes en las embajadas de La Habana y Washington, como conocimos este miércoles por cartas cruzadas de los presidentes Raúl Castro y Barack Obama, además de otras declaratorias como la del Gobierno Revolucionario de la República de Cuba, tiene un final promisorio, aunque, como en la gustada Juego de Tronos —con tantos fans en el mundo y el archipiélago—, no sin pocas interrogantes hacia otros desenlaces.

Las buenas energías nunca deben escasearle a un proceso delicado y complejo como este —después de tantos años o siglos de desencuentros por las ambiciones de las élites norteamericanas sobre Cuba—, y de esas hay abundantes en ambas naciones, como lo demuestran afirmaciones y encuestas, pero tampoco deben faltar las miradas de largo plazo, porque en este tablero se juega no solo un acto tan simbólico como la apertura de misiones diplomáticas en ambas orillas, sino múltiples fichas en el tablero político de Cuba e incluso de la región latinoamericana.

El propio mandatario de Estados Unidos, al referirse al importante hito de este 1ro. de julio, admitió que «se trata de un paso histórico en nuestros esfuerzos por normalizar las relaciones con el Gobierno y el pueblo cubano», y agregó a seguidas que también para «empezar un nuevo capítulo con nuestros vecinos de las Américas».

Esa afirmación de Obama, como otros hechos relevantes en el devenir de Cuba, evidencia que hay algo muy grande en nuestra insularidad que apunta al mundo. Como muestra el Escudo nacional, también la geografía nos ofreció un espacio destacado como «Llave de Las Américas» y desde la concepción de José Martí, hasta en el equilibrio mundial.

Esa extraordinaria inmanencia le dio a este país ideas y hombres con una sorprendente vocación universal, como el Apóstol de nuestra independencia, quien, como tanto se ha repetido, al calificar la Patria, argumentó que era nada menos que «humanidad».

«Ya alborean los tiempos en que no se erguirán, ni como amenazas, ni como barreras, las nacionalidades, y en que los hombres todos de la tierra, dados a amarse, sentirán en el pecho robusto la fruición beneficiosa, y el ennoblecimiento maravilloso, que vienen del viril amor humano», legó el Héroe Nacional, para quien «juntarse: esta es la palabra del mundo. Contra el dogma del mal eterno, el dogma nuevo del eterno trabajo por el bien».

Como apunté antes en los espacios de opinión de nuestro diario, la Revolución que triunfó en enero de 1959 solo dio cuerpo de política de Estado a algo que está en la naturaleza misma del cubano: el sentido del bien común, del desprendimiento, del sacrificio por el prójimo. Para el alma de la nación cubana, especialmente determinada por la martianidad, en la suerte suya va la del mundo, y en la de este la nuestra.

Así que una pregunta que gravita sobre los acontecimientos que han seguido a los pronunciamientos desde el pasado 17 de diciembre es cuán dispuesto está Estados Unidos a comenzar a normalizar las relaciones con el Gobierno y el pueblo cubano, y «empezar un nuevo capítulo con nuestros vecinos de las Américas», como manifestó el mandatario estadounidense.

La primera sombra sobre ese inusitado y valiente enunciado vino precisamente del lado norteamericano, cuando, no bien hechas públicas sus buenas nuevas con respecto a la Mayor de las Antillas, ya estaba declarando a Venezuela como una «amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos», por decreto presidencial, una decisión que persiste pese a que ha ido cambiando de matices.

Una incoherencia con respecto al propósito anunciado por Obama —en este caso con relación a la renuncia del impulso de un cambio de régimen en Cuba— fueron las declaraciones recientes de autoridades norteamericanas —en medio de las conversaciones para el paso de este miércoles— referidas a que seguirán financiado a las llamadas radio y televisión Martí, surgidas precisamente como parte de los proyectos que desde aquel país han intentado subvertir el orden constitucional fundado en Cuba por la Revolución y refrendado por la mayoría en ejercicios plebiscitarios. Junto a lo anterior no deben olvidarse asuntos sensibles como la persistencia del bloqueo —pese a los llamados del dignatario norteamericano a eliminarlo por inoperante—, o la presencia del enclave militar de Guantánamo, ambos puntos reiterados por nuestro Gobierno y, por razones obvias, muy arraigados sentimentalmente entre la totalidad de los cubanos.

No olvidemos que asistimos a este momento, como lo haremos seguramente a otros de igual o mayor significación, en un país donde el sentimiento nacional y el deslumbramiento por lo foráneo convivieron siempre en un maridaje extraño. Como el antiimperialismo y la conciencia plattista, ambos han pujado cual lava volcánica. Aunque por suerte, el amor y la pasión por Cuba han sido, y son, la más ardiente brasa.

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