El peligro de estar en el aire

La aventura puede comenzar entre amigos en áreas de una escuela, o quién sabe en cuántos espacios donde se quiere calzar la corona de la irreverencia o la rebeldía. Al agujero negro del consumo de psicofármacos, con o sin alcohol, siempre se llega por un camino en el que faltaron ojos atentos

Autores:

Yahily Hernández Porto
Roberto Díaz Martorell
Ana María Domínguez Cruz
Ailen Padrón González
Claudia Martínez Camarero
Aylén Pérez Hernández
Viviana Díaz Frías

Suena el timbre en un centro capitalino de la enseñanza Técnico-profesional. Los estudiantes van hacia las aulas y tres de ellos se dirigen al baño. Al cabo de media hora, la profesora que realizaba la guardia docente los incita a incorporarse a las clases.

Pasan unos minutos… y el menor de los tres alumnos alega que sentía malestar de estómago.

«Sus ojos estaban enrojecidos, hablaba muy raro e inmediatamente llamamos a sus padres y lo llevamos al hospital. Nos contó que otro alumno les había vendido las pastillas, y desde ese momento, ellos también reciben seguimiento y atención del centro de higiene mental», recuerda la profesora de 42 años de experiencia en Educación.

La subdirectora de otro centro habanero del mismo nivel de enseñanza puede compartir una experiencia similar. «Me alegro mucho de haberme percatado mientras hacía la guardia docente de que aquellos muchachos se alejaban del grupo rumbo a la parte trasera del comedor. Los sorprendí con un pedazo de papel encendido, y tenían picadura envuelta en él. Querían probar lo que les dio un amigo, y afortunadamente llegué antes de que sucediera».

Hubiera sido una bendición que alguien hubiera podido llegar antes de que tres alumnas de la enseñanza Secundaria, en la capital, decidieran celebrar los 15 de una de ellas con psicofármacos y cerveza. «Llegaron al aula, al rato una pidió permiso para refrescarse el rostro con agua y acto seguido se desmayó. A las otras en sus aulas les había sucedido igual y permanecieron las tres en estado grave en Terapia intensiva un tiempo. Quisieron probar lo que alguien les dijo que las haría sentir en el aire, y por poco no hacen el cuento», rememora la directora de la escuela, con 16 años de experiencia en el sector.

Las causas del consumo de este tipo de sustancias se generan, fundamentalmente, en el medio social en el que se desarrolla el joven adolescente o el estudiante, afirma Lissett González Cobo, defectóloga y máster en Ciencias de la Educación.

Lissett González Corbo, defectóloga, máster en Ciencias de la Educación.

«La familia no posee una elevada percepción del riesgo de no mantener en un lugar seguro los medicamentos, y es esa la principal vía de obtención de las píldoras. Tampoco existe una adecuada comunicación con el joven acerca de cuán perjudicial es el consumo del alcohol y los psicofármacos, conocimiento que les permitiría estar alertas sobre el peligro constante del consumo de estos.

«Otro de los elementos que influyen para que se den casos de consumo de psicofármacos en adolescentes y jóvenes es la manera en como hoy se educa y forma a nuestros niños. Actualmente, en no pocas familias se ven audiovisuales como teleseries, en los que consumir no se asocia a riesgo alguno, y en los cuales participar del negocio de las drogas se asocia a un modo de vida exitoso. La familia lo permite y asume como algo cotidiano, sin mayores consecuencias y sin establecer previamente un debate o un diálogo con sus hijos», advierte la especialista del equipo técnico asesor del Centro de diagnóstico y orientación provincial del Ministerio de Educación en Camagüey.

Orientar y educar son palabras de primer orden, acota, pero no es así en múltiples núcleos familiares, y la escuela entonces asume sola, en muchos casos, esta labor, que sin el apoyo de la familia es casi imposible realizar de una manera efectiva.

La camagüeyana Mabel Mondeja Marrero, licenciada en Educación Primaria y secretaria del Consejo de Atención a Menores, explica a este diario que, como parte de la estrategia desarrollada por el Ministerio de Educación, se prepara intensamente al personal docente mediante cursos, talleres y conferencias, lo que ha permitido la detección de algunos casos no descubiertos en el seno familiar.

Mabel Mondeja Marrero, secretaria del Consejo de Atención a Menores en Camagüey.

Desde la escuela se intenciona el trabajo directo con la familia, añade Mondeja Marrero, pero no es suficiente, porque algunos padres están ajenos a la escuela, y piensan que es esta institución la máxima responsable de sus hijos.

«Trabajamos, además, en el tratamiento curricular, que incluye la temática de las adicciones. Proponemos que los estudiantes investiguen sobre el tema y presenten sus trabajos.

«Para el próximo curso escolar, propiciaremos, desde los propios turnos de reflexión y debate, el análisis sobre el impacto destructivo de las adicciones.  Actualmente está activado el grupo de trabajo preventivo provincial, órgano consultivo del Ministerio de Educación, al que están incorporados el asesor de Salud Escolar, las organizaciones estudiantiles, la Fiscalía General de la República, el Órgano de Menores, el Consejo de atención a menores del Minint, y nos acompañan los especialistas del servicio de psiquiatría infanto-juvenil del Hospital Pediátrico Provincial».

Otro factor que incide en este fenómeno es la existencia de familias que envían a sus hijos a la escuela con el medicamento en sus bolsillos, sin el método correspondiente para su consumo, acota la pedagoga,  y aunque el niño necesita de este para tratar su dolencia, la escuela debe velar por el método.

«En los centros internos tenemos médicos y enfermeras, y son las únicas personas capacitadas para suministrarles a los alumnos medicamentos autorizados, bajo prescripción médica. En el resto de las instituciones ningún personal docente está autorizado a administrarlos».

Datos que hablan…

Entre septiembre de 2014 y enero de 2015 el Centro de Estudios sobre la Juventud, en coordinación con la Dirección Provincial de Educación de La Habana, ofreció al personal docente y no docente que trabaja con adolescentes el taller Las juventudes y las adicciones, con la finalidad de capacitarlos en temas relacionados con el rol de la organización escolar en la prevención y enfrentamiento de este flagelo.

Doctora Teresa Viera, directora del Centro de Estudios sobre la Juventud.

Inmadurez, dependencia familiar o de iguales, no asunción de responsabilidades, inseguridad, baja confianza en sus capacidades, alto grado de paranoidismo, falta de motivación e iniciativa, aislamiento de la familia, escasa o nula comunicación, inestabilidad e irritabilidad emocional, baja resistencia a la frustración, desregulación comportamental y la afectividad negativa son los factores de vulnerabilidad personal que pueden predisponer al adolescente al consumo de sustancias adictivas, refiere la Doctora Teresa Viera, directora del Centro de Estudios sobre la Juventud, participante en el taller.

¿Cómo proteger a los jóvenes y evitar que se introduzcan en el mundo de las adicciones? La Doctora Viera asevera que la pertenencia a una familia y un hogar estables, las buenas relaciones entre padres e hijos, así como la adecuada supervisión y disciplina por parte de los padres y adultos de influencia constituyen principios clave para garantizar su vida lejos de estas «tentaciones».

«Fomentar en la educación de los adolescentes la motivación para obtener logros personales, propiciar la relación con entidades prosociales, como pueden ser los grupos de aficionados a las artes, deportes, creación de habilidades utilitarias, entre otros, y facilitarles el acceso a materiales de promoción de salud y divulgación antidrogas efectiva, también puede contribuir a evitar el acercamiento de los muchachos a estas prácticas insanas».

Como medidas de enfrentamiento al consumo de sustancias tóxicas Viera Hernández refiere que es esencial la caracterización psicosociológica del adolescente, su medio familiar y su grupo de pares —pues cada caso amerita un tratamiento particular—, así como de su colectivo docente.

«Urge mantener una retroalimentación permanente de la repercusión e impacto de lo que hacemos en los públicos a los que nos dirigimos, y aunar en el empeño a las estructuras y especialistas municipales de las direcciones de Educación y Salud Pública, para que el tratamiento sea eficaz.

«Debemos potenciar la participación, de acuerdo con la preparación y potencialidades que posean, del colectivo de padres de la escuela y líderes comunitarios en las acciones desarrolladas, como las visitas a los hogares, el acompañamiento a casos específicos de familias, estudiantes o profesores, construcción de materiales instructivos, entre otros».

El objetivo es, insiste Viera Hernández, formar un individuo capaz de discernir, escoger correctamente su acción presente y definir de manera segura, con información veraz, su futuro ciudadano. «Esa es la mejor prevención ante una conducta que puede comprometer la vida del adolescente y poner en riesgo la de sus familiares».

¿Qué pasa en casa?

Maya era una niña muy alegre y sana, muy disciplinada, pero «hace un tiempo la vida de mi familia ha cambiado totalmente, pues nadie duerme en paz», cuenta su mamá Caridad.

Y es que Maya, con solo 13 años de edad, sin mayor responsabilidad que la de estudiar, ingirió psicofármacos, y aún nadie se explica el motivo.

«La niña, como cualquier otra de sus amigas, salía a algunas fiestas y hasta tenía su enamoradito en la propia escuela. Un buen día nos comentó que unas lucecitas en la pared no la dejaban dormir, y desde entonces descubrimos que había ingerido psicofármacos, y lo peor de todo es que nosotros estábamos ajenos a la situación».

A esta madre camagüeyana la vida le ha jugado una mala pasada, «de esas que arrebatan de cuajo el sueño y obligan a preguntarte en qué fallaste… A mi niña la hemos criado en un ambiente de confianza y comunicación, y no entendíamos por qué tomó pastillas, por qué se transformó en una adolescente triste y depresiva».

No quiero que mi hijo tome ni café, aseguró Teresa, madre de Alexis, de 12 años. «Cuando se fomentan las adicciones desde la casa, aunque sea con un poquito de ron en una fiesta, pueden complicarse las cosas después. Hablo con él de estos temas hasta el cansancio para evitar que se enrede en esa telaraña de la que es difícil salir».

Otros pueden no percibir el peligro. Rolando, padre de Juan Carlos, de 14 años, prefiere que «si va a tomar con los amigos o inventar esas mezclas, mejor que lo haga en la casa para estar al tanto de lo que pueda suceder. Lo que no quiero es que robe por ahí o use el dinero de nosotros para comprar esas cosas. Le aconsejo pero si quiere probar, como cualquiera a su edad, que nos deje estar cerca».

¿Será que una buena tunda puede cambiar las cosas? «Si me entero que mi hija anda en esas cosas con sus amigos, no se escapará de una paliza. En la casa tomamos par de tragos los fines de semana, pero no hay nadie que se meta en eso, y si aprende con sus amigos, entonces con ellos no dejaría que estuviera», nos dijo Gisela, madre de Carla, de 16 años.

Cómo enseñar a decir «no»

La viceministra de Educación Irene Rivera Ferreiro insiste en que, a pesar de que el adolescente o joven pasa gran parte del día en la institución educativa, es en el seno familiar donde se pueden generar las condiciones favorables o desfavorables para este tipo de consumo.

La familia es la esencia del ser humano, afirmó la viceministra de Educación, Irene Rivera Ferreiro (izquierda).

«El ejemplo de sus familiares incide en la asunción o no de determinados hábitos, como puede ser el tabaquismo o la ingestión de bebidas alcohólicas, pues la mayoría de los que fuman o padecen las consecuencias de un cuadro de alcoholismo tuvieron en casa sus primeros referentes.

«En cuanto a la ingestión de psicofármacos mezclados o no con alcohol, vale destacar que estos son sustraídos del hogar en la mayoría de los casos, pues en casa no siempre se limita el acceso a los medicamentos de niños y adolescentes.

«Se teme que el muchacho consuma drogas como la marihuana, la cocaína y otras, pero no se tiene percepción de riesgo en relación con determinados medicamentos que también pueden provocar adicción, según el tipo de consumo que se haga de ellos», subraya la vicetitular de Educación.

La familia debe tener control sobre los psicofármacos que necesitan sus miembros y cuántas pastillas se guardan en cada blíster. Guardándolas evitamos su consumo, pero si ya el comportamiento adictivo se adueña de la conducta del menor, urge la ayuda especializada, acota.

«Lo esencial en una familia es la comunicación abierta y sincera entre sus miembros, en la que primen el razonamiento y los argumentos. No podemos exigirles a nuestros hijos que actúen sobre la base de nuestras prohibiciones; por lo que es más prudente propiciarles la reflexión en torno a las consecuencias a las que se exponen en el ámbito de lo físico, lo social y para con su salud.

«El adolescente debe conocer la repercusión que tienen sus conductas en su familia, y para ello debe sentir la importancia del lugar que ocupa en ella. No puede crecer asumiendo que los sacrificios de sus padres y otros familiares para con ellos no deben ser recompensados, y esto se logra con una relación sólida entre padres e hijos, resistente a cualquier adversidad».

Las urgencias de estos tiempos llevan a la familia a preocuparse por cuestiones materiales como la ropa o la comida, y lamentablemente desatienden ese punto vital en la crianza de sus hijos, acota Rivera Ferreiro.

«No se puede educar sin límites, aunque estos hayan variado con el decursar del tiempo, y la familia debe enseñar al adolescente a tomar decisiones. Decir «no» ante una propuesta del grupo de amigos es tomar una decisión importante, sobre todo porque en esa etapa de la vida preocupa mucho la pertenencia a un grupo y separar la diversión del consumo de alcohol u otras drogas es el resultado de una convicción asentada con sensatez y madurez.

«Ceder ante las presiones y el embullo de los coetáneos es una manera de subordinar nuestra identidad a los deseos de otros, y entender que formar parte de un grupo no tiene por qué asociarse a ello, parte de una formación de la personalidad del adolescente basada en principios, que se adquieren en el ámbito familiar».

En la escuela se potencia el trabajo de orientación con los estudiantes y sus familiares, apunta Rivera Ferreiro, quien insiste en que es fundamental el ejemplo de los docentes, pues el alumnado hace de ellos un referente de actitudes y conductas.

La Unión de Jóvenes Comunistas asume la responsabilidad con los adolescentes y jóvenes de orientarles, informarles y favorecer el esclarecimiento de dudas en torno a la temática de las adicciones, mediante un trabajo sistemático que desarrolla junto a la Federación Estudiantil Universitaria y los ministerios de Educación y Salud Pública, afirma Leira Sánchez Valdivia, miembro del Buró Nacional de la organización juvenil.

Leira Sánchez, miembro del Buró Nacional de la UJC.

Promovemos un ejercicio de intercambio metódico y progresivo con el fin de elevar la percepción de riesgo en torno al consumo de drogas.

El pasado mes de marzo capacitamos a los presidentes provinciales de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media, y a partir de ese momento organizamos  este proceso de charlas, de debates en el resto del país. «La idea es generar una percepción de rechazo, y para lograrlo damos información sin victimizar a los que ya han pasado por esa triste experiencia. Compartimos las vivencias y fomentamos la toma de conciencia.

«La acogida por parte de los jóvenes de estas iniciativas ha sido positiva, porque se sienten motivados a hablar de sus temores, sus dudas, sus criterios al respecto, y se favorece en ellos la reflexión fundamentada, la toma de decisión antes de actuar», acota.

La dirigente juvenil insiste en el papel efectivo que deben cumplir la familia y la escuela, cada una desde su campo de acción. Destaca que «el hecho de que algunos jóvenes hayan sucumbido a la dependencia de sustancias psicoactivas demuestra que  tenemos que perfeccionar y consolidar nuestras acciones preventivas».

Me vino a la mente mi madre

«Desde que me vi enredada en esta cosa fea he aprendido tanto como si me hubiera leído cien libros sobre droga», dijo a JR María, de 13 años de edad.

«Es verdad que los amigos influyen en uno, a mí me pasó. Nunca pensé tomar pastillas, aunque quise probar si era verdad lo que me decían, y un buen día me la pusieron en la mano y lo intenté».

—¿La consumiste?

—Casi, pero me vino a la mente mi madre, mi hermanita, que está por nacer, y las miles de cosas que ella siempre me ha dicho, y sobre todo lo que me haría si llego a tomarla. No la podía engañar, y me fui del lugar donde estaba con mis amigos.

—¿Qué te hubiera pasado?

—Mami habla poco, aunque mirando siempre a los ojos. Ella me dice que la confianza no se puede traicionar, y que ni por casualidad yo puedo hacer cosas incorrectas como robar, portarme mal o tomar bebidas alcohólicas, pastillas o fumar».

—¿Cómo te sientes después de haber tenido esta experiencia?

—Yo siento pena hablar de esto, pero puedo ayudar a otros. Me arrepiento de solo haberla tenido en mis manos.

—¿Alguna vez tus amigos te dijeron como habían conseguido el medicamento?

—Sí, las pastillas estaban en su casa y nadie se dio cuenta de que faltaban. No sé si lo han hecho en otro momento…

—Cierra los ojos e imagina el momento en que tuviste la pastilla en tus manos. ¿Si pudieras cambiar algo de aquel día, qué cambiarías?

—No cambio mi actitud… Creo que cambiaría el hecho de que mis amigos tuvieran esas pastillas. Hubiera sido mejor así.

 

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