Cuando Fidel me dio la mano

Testimonio de la joven sorda Adriana Alicia Magariño, graduada en la Enseñanza Superior

Autor:

Luis Hernández Serrano

La joven que mira perfectamente con sus ojos claros todo lo que le rodea, no es capaz de escuchar ni una palabra, porque el 6 de noviembre de 1984 nació sorda profunda en su hermosa ciudad de Trinidad, en Sancti Spíritus, y dentro de pocos meses cumplirá 31 años.

Ella es Adriana Alicia Magariño Pérez. Entre sus virtudes intelectuales más sobresalientes figuran dos muy importantes: que es una joven sorda cubana que alcanzó a graduarse en el nivel universitario como Licenciada en Educación Especial, y la única joven carente del sentido del oído que llegó a ser presidenta de la Ansoc en una provincia, en su caso la suya, Sancti Spíritus.

Claro que en ese logro desempeñó un trascendente rol su madre, Elvira Celina Pérez González, ya fallecida, quien desde niña le enseñó a desenvolverse por sí misma en todos los instantes y circunstancias de su existencia. Para esta entrevista me valgo de una joven que conoce el lenguaje de señas.

«Estudié en la escuela primaria para sordos Rafael Morales González. Cuando terminé ese nivel escolar pensé que me quedaría en mi casa, pero mi madre habló con Julio Vicente, a cargo entonces de la Educación Especial en mi provincia, luego de consultar con los padres de otros niños sordos para que esos muchachos no se quedaran sin superarse.

«Según lo establecido, la enseñanza escolar a los sordos se impartía solo hasta el sexto grado, pero mi madre insistió. Fue a ver a Julio Vicente y le pidió que yo pudiera seguir estudiando con la ayuda de un intérprete a mi lado, en la Secundaria, y así logré vencer ese nivel escolar.

«Mi madre entonces casi se mudó hacia la escuela de niños sordos de Sancti Spíritus, donde comenzó a trabajar como veladora para estar siempre a mi lado tras la búsqueda de un empeño mayor.

«En la familia solo mi madre hizo plenamente suyo el lenguaje de señas. Y en la escuela encontró otra columna humana, el mismo director Julio, a quien considero como un padre por su identificación con la situación social de los sordos y porque en particular siempre me convenció de que lo imposible se puede conquistar en la Tierra. Él me condujo hacia el liderazgo en mi comunidad, y me indujo a cambiar y a compensar todo lo que pudiera el silencio de mi destino.

«Tal fue su esmero, que logró que en el aula de la secundaria básica aquella, a los únicos seis sordos —rodeados de muchos adolescentes oyentes— un intérprete nos explicara con suma paciencia las distintas asignaturas».

Desde La Habana, al enterarse de que esto se estaba realizando, y que rompía las rutinas y dogmas establecidos en ese sentido en la Educación Especial, una profesora de origen ruso, Tatiana, acudió a Sancti Spíritus a examinarnos en Matemática, Historia, Ciencias Naturales y Geografía, para comprobar que todo era cierto. Salieron muy bien los niños sordos, se confirmó que no era una falsedad y de esa forma Adriana comenzó a destruir las barreras de la «discapacidad» e insertarse de igual a igual con los estudiantes oyentes, todo un éxito docente y psicológico.

Así, pese a haber nacido sorda profunda, con un esfuerzo constante, un deseo y un talento para abrirse paso en la vida —fundamentalmente por sí misma— Adriana logró una sintonía muy especial para comunicarse no solo con sus iguales, sino con el resto de las personas que le rodeaban a diario en distintos lugares y circunstancias, y poder entender a todos y… ¡que todos la entendieran!

«Desde niña me he desenvuelto muy bien a través del lenguaje de señas, porque aprendí los métodos antiguos y los más modernos. Mi hermana Alicia había venido al mundo ocho años antes que yo, sin el precioso sentido de la audición, y por eso nuestra madre, Celina, la llevó al médico en La Habana, en busca de respuestas y encontraron que nuestros padres portaban el mismo factor sanguíneo y esa fue la causa del problema que nos afectó a las dos.

«Cuando pasaron algunos años, mis padres volvieron a arriesgarse, repitieron el intento y nací yo con la misma limitación orgánica de no estar en condiciones de escuchar los sonidos físicos, aunque sí con el don de oír los “sonidos espirituales”, esos que emanan siempre de la noble conducta del prójimo.

«No quiero olvidar otro suceso de mi vida. Cuando yo estaba aún en la Primaria, mi madre escuchó por radio una convocatoria para escoger a niños que actuaran en una novela televisiva franco-cubana. Ella nos lo propuso a mi hermana y a mí y nos escogieron en la Casa de la Cultura. El filme Cielo Azul fue exhibido en nuestra patria.

«Yo creía que con el sexto grado regresaría a mi ciudad natal, Trinidad, pero de pronto me vi en el aula de la secundaria básica Olivos I, donde pensé que los otros muchachos se burlarían de mí. Sin embargo, poco a poco los unos se conectaron con los otros y los muros burlescos comenzaron a desplomarse.

«Cuando yo tenía 15 años, mi madre me embulló para participar en el Concurso de Belleza del Carnaval de Trinidad, en el que intervinieron 20 muchachas. ¿Sabe usted qué? Me eligieron como la Reina, en 2000.

«Luego vendrían los años de preuniversitario en la EIDE de Sancti Spíritus, las continuas trampas de la Gramática, que me obligaban a reescribir cada palabra; el rigor de las ciencias; la tensión de los exámenes, en los que siempre obtuve más de 90 puntos, pese a las dificultades de mis oídos; sin obviar jamás la ayuda imprescindible de los intérpretes, que son seres de otra sangre, pero como hermanos carnales.

El Director Provincial propuso entonces que la enseñanza universitaria a los sordos se realizara también con la ayuda indispensable de un intérprete. «Y tuve una que me acompañó y me tendió su mano durante los cinco años de mi carrera: Ana Yanet Gómez. Me gradué de Licenciatura en Educación Especial, como profesora, con cinco puntos, luego de cinco años de riguroso estudio, el 12 de julio de 2010, la primera en nuestra patria.

«Después fui profesora de prescolar y del primero al tercer grado en la Escuela Especial de Sordos. Y poco después me convertí en la presidenta de la Asociación Nacional de Sordos de Cuba (Ansoc) en Sancti Spíritus.

«Tengo que recordar igualmente que la Ansoc me seleccionó para participar en un encuentro internacional de mujeres, organizado por la FMC. Y no olvido que cuando concluyó, y Vilma Espín se retiraba, entre las personas a las que saludó, por fortuna, estuve yo. Ella, tan amable, me dio un beso y un abrazo y me dijo: “¡Qué bonita eres!”. De sus sabios y nobles labios, ¡ese ha sido para mí como un gran diploma!

«Recuerdo también que la Junta Directiva de la Ansoc, en 2010, me envió a un evento internacional para sordos, efectuado del 1ro. al 8 de agosto, en Isla Margarita, en Venezuela, acompañando a dos niñas sordas, una de Trinidad y la otra de Santa Clara. Ya se cumplen cinco años de aquella inefable experiencia.

«Otro hito en mi vida que no olvido tampoco fue aquel Congreso de la UJC efectuado en 2010, en el que cuando el General de Ejército Raúl Castro se marchaba saludando a los presentes, me dio su mano y me impactó mucho eso. ¡Ese fue mi segundo diploma!

«Y, por supuesto, debo, aprovechando su entrevista, confesar que la emoción más grande de mi vida fue aquel día en que asistí a un evento en el Palacio de las Convenciones (dedicado al reclamo del fin del secuestro del niño Elián González) y que, al final, cuando nos íbamos, pasó Fidel. Me temblaba el cuerpo de una alegría interna enorme. Le di la flor que llevaba —una mariposa— y él me dio su mano. Ese tercer e intangible diploma también vive en mis recuerdos».

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