Diálogo de banderas

En la Embajada de Estados Unidos en La Habana ya preside el ambiente el pendón estrellado, pero Cuba entera puede estar serena al amparo de su propia bandera

Autor:

Enrique Milanés León

Ahora que, según muchos, los calores del acercamiento bilateral derriten hielos perpetuos de una larga guerra fría, los cubanos no podemos dejar de pensar en el Bonifacio Byrne que al regresar a su Isla en 1899, luego del cese de un conflicto tripartito, vio en el Morro habanero otra bandera «además de» la nuestra.

Cincuenta estrellas ajenas se instalaron aquí y, mientras la enseña estadounidense subía formalmente al quizás único cielo del mundo donde nunca se le ultrajó ni se le quemó por tensos que fueran los episodios, puede apostarse que la mayor parte de los cubanos deseábamos que ese montón de estrellas que a menudo alumbró la confrontación comience de veras a inspirar mejores sentimientos.

A medida que ella le ganaba centímetros a su asta, anhelábamos que se sienta invitada, nunca dueña; que ondee en nuestro viento con la claridad de que esos mismos tres colores que la distinguen ya están ganados en el corazón de Cuba; que busque un sitio en el amplio firmamento de solidaridad que hemos nutrido, donde siempre será bienvenida. ¿Mucho pedir?

Nadie como nosotros quiere que quede atrás —solo en libros de Historia que nunca deberán cerrarse ni torcerse con «anglo-garabatos»—, el pasaje que en un cambio de siglos la puso a certificar la usurpación rechazada desde el color intenso de un pueblo de cinco franjas.

De enseña a enseña, la nuestra, «guajira guantanamera» que ha dado más de una mano pero jamás hincó patria ajena, seguirá el diálogo con la otra, recordándole, amistosa, su exclusivo derecho a pedir y a mandar en este pedazo de tierra mil veces ganado al mal.

A la ceremonia habanera —y a la del pasado 20 de julio, en Washington— no se llegó en reposo. Aquí, muchos Byrnes reiteraron, desde la poesía o desde la pelea, que en el pabellón más alto de Cuba bastaba «con una», y no ha habido niño que ice en su escuela la bandera sin certeza semejante. Al propio tiempo, al otro lado del estrecho de la Florida —demasiado ancho en estas décadas de diferendo— no pocos amigos norteamericanos hicieron del derecho de una Cuba cubana causa compartida.

Del deshielo a la forja de la confianza hay muchos «grados centígrados» que ganar entre ambas partes. Nuestro pabellón, cuya ofrenda de sangre a menudo se derramó, generosa, del escudo, aspira desde lo alto a un paisaje, por fin, sin confrontaciones directas en el horizonte, y al tiempo nos alerta de que, llegados aquí, con el consenso de la nación y el aplauso del mundo, es inevitable recordar para hoy una idea de Fidel a inicios de la Revolución: probablemente, ahora todo será más difícil.

En la Embajada de Estados Unidos en La Habana ya preside el ambiente el pendón estrellado, pero Cuba entera puede estar serena al amparo de su propia bandera, la estrenada en el cielo de Cárdenas en 1850, la proclamada en Guáimaro 19 años después por patriotas de almas tomar, la que no cesa desde entonces de hablarnos de altruismo y libertad, de compromiso y honor, de derecho y pureza, la que una vez subida a las astas corporales ondea majestuosa en el ansia de la gente…

¿A qué temer? Si somos fuertes, a nada: el día que a nuestro cielo abanderado le haga falta más luz, bastaría con pedirle un alumbrón a la enseña de Carlos Manuel de Céspedes, esa que también gobierna las sesiones del Parlamento y sin la cual Cuba no certifica ley.

La paz inteligente, por sobre la ciega ingenuidad, nos debe dar la garantía de que ningún poder del mundo podría a estas alturas secuestrar a nuestra estrella y encerrarla entre barras, en otro pabellón.

Cambian los tiempos, cambian las claves de una puja a veces fría, a veces muy caliente, pero no hay por qué izar temores en el cielo limpio de Cuba, pleno de azul soberanía. Para salvarnos, basta con que en lo alto la estrella solitaria se sienta la más acompañada de este mundo.

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