¿Dejar a Cuba donde está?

El deseo norteamericano de apoderarse de Cuba se definió con mayor fuerza a partir de 1823, con las tesis anexionistas de la «fruta madura»

Autor:

Luis Hernández Serrano

Desde hace más de dos siglos Estados Unidos expresó su deseo de apoderarse de Cuba.

En 1805 el presidente Thomas Jefferson dijo al Ministro inglés en Washington, que en caso de guerra contra España, su país se apoderaría de nuestra patria, por ser posesión indispensable para la defensa de la Florida y el Golfo de México.

Después, en 1807 y 1809, recordó estas intenciones, pero Inglaterra perseguía lo mismo y por eso la idea no era tan fácil de ejecutar en ese momento histórico.

No obstante, la codicia expansionista hizo que el Gobierno yanqui en 1812 levantara un curioso mapa en el que, además de los anhelados territorios de Tejas, Nuevo Santander, Cohahuila, Nuevo México y parte de Nueva Vizcaya y Sonora, figuraba Cuba como una parte «natural» del suelo de su país.

Tal mapa se pudo conocer porque el ministro español en Washington, don Luis de Onís, lo comunicó al virrey de Nueva España, don Francisco Javier Venegas y ello trascendió después. Con el tiempo, buena parte de aquel documento se convirtió en realidad, porque Estados Unidos se anexó enormes territorios en 1836 y 1848, tras el burdo despojo de que fue objeto México.

Dejarla en su lugar

El deseo yanqui de ser dueño de Cuba se definió con mayor fuerza a partir de 1823, con las tesis anexionistas de la «fruta madura».

El presidente norteamericano James Monroe, dijo: «Nosotros dejaremos a Cuba donde está; lo que no toleraremos jamás es que ella pase a otras manos que no sean las nuestras».

Más tarde, otro nefasto personaje, John Quincy Adams, entonces secretario de Estado del presidente Monroe y su sucesor en la presidencia, en nota enviada el 28 de abril de 1823 a Hugo Nelson, su ministro en Madrid, afirmó:

«Casi es imposible resistir la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra república federal será indispensable para la continuación de la Unión y el mantenimiento de su integridad».

Y acotó: «Pero hay leyes de gravitación política como las hay de gravitación física, y así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del viento, no pueda, aunque quiera, dejar de caer en el suelo, así Cuba, una vez separada de España y rota la anexión artificial que la liga a ella, es incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana (…)».

Desde entonces todos los presidentes yanquis han seguido la misma política, que se resume en la indignante frase de la fruta madura: «Para España, mientras no pueda ser para Estados Unidos, nunca para los cubanos».

Anexarse la perla

Querían intervenir en Cuba porque España no nos puso a la venta. La anexión y la autonomía habían fracasado y los independentistas cubanos, tras 30 años de lucha, estaban a punto de alcanzar la libertad por sí solos. Entonces nació el criminal pretexto interventor con la explosión de su propio acorazado Maine.

Uno de los secretarios de la Guerra de Estados Unidos, J.G. Breckenridge, sostuvo, sin escrúpulos: «nuestra política debe ser siempre la de apoyar al más débil contra el más fuerte, hasta que hayamos obtenido el exterminio de ambos, a fin de anexarnos la Perla de Las Antillas».

Así, el 1ro. de enero de 1899, a las 12 del día, terminaba la soberanía de España en la Isla de Cuba y empezaba la de Estados Unidos.

Puñalada al honor

A otro secretario de la Guerra, Elihu Root, correspondió  la puñalada trapera de la Enmienda Platt, un colgajo impuesto a nuestra Constitución para propiciar que Cuba cayera en manos de Estados Unidos.

La presentó al Senado norteamericano Orville H. Platt, el congresista por Connecticut, el 25 de febrero de 1901. Y obligaba a Cuba a vender o arrendar estaciones navales en ciertos puntos del territorio. Fue aprobada el 2 de marzo de ese año por el presidente McKinley.

Pero el 7 de ese mes se alzó la voz insobornable de Juan Gualberto Gómez: «Eso equivale a entregarle a los norteamericanos la llave de nuestra casa para que puedan entrar en ella a todas horas, cuando les venga el deseo, de día o de noche, con propósitos buenos o malos».

Una escasa mayoría de los delegados cubanos de la Constituyente optaron por «el mal menor», y el 12 de junio de 1901, la Asamblea Constituyente accedió a incluir la Enmienda Platt como apéndice constitucional. De ese increíble acto sucio nació la Base Naval de los Estados Unidos en nuestra bahía de Guantánamo.

La fruta que no madura

El Secretario de la Guerra de Estados Unidos, Elihu Root, dijo en 1901 que desde esa base naval se miraría únicamente el mar, nunca hacia el interior de Cuba, pero fiel a la tradición farisaica de su política, los yanquis no solo han permanecido mirando a nuestra tierra, sino amenazándola o agrediéndola.

El 10 de diciembre de 1903, a las 12 del día, Estados Unidos estableció la estación naval y en 1912 se efectuó un nuevo Tratado para ampliar los límites escogidos.

En síntesis: 117 kilómetros   cuadrados, de los cuales 39, el 33 por ciento, son del mar encerrado en la bahía, al sur del extremo oriental de la Isla.

Estados Unidos la consideraba vital para el predominio militar en el Caribe, Centro y Sudamérica y punto de apoyo esencial en el control del Canal de Panamá.

El 29 de mayo de 1934 tuvo lugar otro trámite entre Estados Unidos y Cuba que reemplazó el llamado Tratado Permanente de 1903, se derogó la Enmienda Platt, pero se dejó intacta la base naval, es decir, siguió en vigor la colonia o la neocolonia.

Nula e ilegal desde su cuna

Toda la coacción y el fraude que condujo a esos acuerdos, son ilegales y nulos desde su origen, aunque los norteamericanos pretendieron siempre darle visos de ilegalidad a un brutal acto de despojo.

Es elemental en Derecho que un acuerdo no es válido cuando el que lo concierta se excede de los poderes que le corresponden. Y el apéndice de la Enmienda Platt, solo por esa razón, resulta del todo inconstitucional y nulo.

Ha quedado establecido también en el Derecho Internacional que el principio del consentimiento es el pilar de toda obligación jurídica. Los tratados a que nos referimos presuponen, por tanto, un consentimiento de las partes para que se forme el vínculo jurídico válido, que en este caso es inexistente jurídica y moralmente.

El Tratado de 1934 entre Cuba y Estados Unidos, se suscribió «animados por el deseo de fortalecer los lazos de amistad entre los dos países». Pero cuando tal amistad no existe, se está violando el propio tratado en la razón única establecida para su propia existencia.

Y todos los cubanos y el mundo entero conocen que esa base es un instrumento de agresión y no de defensa y amistad, como se invocó en su gestación misma.

Además, todo arrendamiento es temporal. Al pactarse el arriendo de la base, se hizo énfasis en que «los Estados Unidos reconocen la continuación de la soberanía definitiva de la República de Cuba sobre las extensiones de tierra y agua descriptas en el convenio».

Y es un absurdo jurídico que el propietario legítimo de una tierra arrendada no pueda recobrarla nunca. Además, todo arrendamiento debe —jurídicamente hablando— destinarse al fin pactado para que conserve su valor y su vigencia.

Según la cláusula VII de la Enmienda Platt, nuestro país arrendó esos terrenos: «Para mantener la Independencia de Cuba y proteger al pueblo de la misma».

Sin embargo, se sabe que el uso convenido inicialmente es muy distinto al uso real que ha tenido. Fue originalmente amistoso y se volvió agresivo. En lugar de independencia, dependencia. En lugar de amistad, amenaza. En vez de proteger al pueblo cubano, lo que hizo es vejarlo, atropellarlo, matarlo, hambrearlo, presionarlo, agredirlo, chantajearlo, espiarlo y hasta querer sobornarlo.

Datos de la usurpación

Solo en los primeros 20 años de la Revolución, desde la base se realizaron contra Cuba más de 12 000 violaciones que prueban lo dicho anteriormente: más de 6 000 del espacio aéreo; más de 1 300 de las aguas jurisdiccionales y más de 5 300 provocaciones e incidentes que lastiman el decoro y hieren la sensibilidad de cualquier ser humano.

Allí se reabastecieron de bombas los aviones de la dictadura de Batista que atacaron la antigua provincia de Oriente, en 1957 y 1958.

Desde esa base salieron las balas que han herido y asesinado a seis combatientes cubanos. La base ha servido de guarida de traidores, contrarrevolucionarios y delincuentes. Y ha sido punto de partida para un sinnúmero de agresiones e intervenciones yanquis contra países antillanos y caribeños, como la intervención norteamericana en Santo Domingo, en 1965, para aplastar el levantamiento popular y constitucionalista dirigido por Francisco Caamaño.

No puede pasarse por alto otro elemento jurídico interesante y preciso. También un principio del Derecho establece que al cambiar las circunstancias que dieron lugar a un tratado, este es inaplicable y nulo.

Fidel, el 26 de julio de 1962, dijo que «la base naval de los Estados Unidos en la bahía de Guantánamo es un puñal clavado en el corazón de la tierra cubana… base que no le vamos a quitar por la fuerza, pero pedazo de tierra al cual no renunciaremos jamás».

Fuente: «Dejar a Cuba donde está» y «La fruta que no madura», artículos del autor, El Habanero, 11 y 12 de octubre de 1991, respectivamente. «Historia de una codicia», ensayo de la doctora cubana Olga Miranda Bravo, 1978.

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