Esas palabras tan mías, tan de todos

Autor:

Yuniel Labacena Romero

Era 2005. Yo apenas llegaba al Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas, Federico Engels, de Pinar del Río, cuando Fidel, ese rebelde perenne que nos ha acompañado hasta hoy, compartía con otros en la Universidad de La Habana, tan jóvenes como yo, vivencias, anécdotas y emociones de aquellos años 40, cuando él ascendía la Escalinata para iniciar sus estudios en la carrera de Derecho.

Lo recuerdo ese día con la mirada altiva, su sonrisa particular, y la conciencia plena de su compromiso con la Patria, sentimientos y convicciones forjadas con el tiempo y las batallas, como las que libró en esa institución docente, adonde después ingresé sintiendo el peso especial de sus huellas.

Compartía los peligros que acechaban, no solo a la humanidad, sino también y muy significativamente a Cuba, y alertaba que, a pesar de los esfuerzos de todos estos años, podíamos perder la Revolución nosotros mismos, si no somos capaces de resolver nuestros problemas. «¿Puede ser o no irreversible un proceso revolucionario?, ¿cuáles serían las ideas o el grado de conciencia que harían imposible la reversión de un proceso revolucionario?», preguntó.

Aquel día, cuando inquiría al auditorio, las exclamaciones eran un unánime «no»; sin embargo, sus interrogantes despertaron la inquietud de todo un pueblo, y de buena parte de los hombres con ideales revolucionarios de todo el mundo, pues sabían que él tenía razón en hacer aquellos duros planteamientos; y los decía en voz alta y sin tapujo alguno. Al hablar así no dañaba a la Revolución, sino que daba un aldabonazo para despertar las conciencias dormidas y sacudir la pereza.

Apuntó que «necesitamos muchas ideas bien claras y muchas preguntas dirigidas a ustedes (se refería a los jóvenes), que son los responsables, acerca de cómo se puede preservar o se preservará en el futuro el socialismo».

A su llamado los jóvenes y estudiantes se unieron a diferentes misiones, pues los tiempos «demandan de los jóvenes universitarios un máximo de consagración y esfuerzo en la batalla ideológica».

También nosotros, los de Preuniversitario, nos unimos a los análisis de ese discurso, aunque en aquel momento tal vez nos faltara madurez para interpretar la hondura tremenda de aquellas interrogantes. Pero hasta hoy, estoy seguro, nadie que ame a Cuba y sus destinos ha dejado de pensar en ellas, ni de actuar desde cada uno de sus puestos para que no se destruya la Revolución, y más aun después de los anuncios del 17 de diciembre de 2014.

Durante estos años esa intervención de Fidel ha sido brújula en el camino de cuantos construyen la Revolución del presente y el futuro, en una Cuba que ha emprendido desde hace más de cinco años la actualización de su modelo socialista, para asegurar su supervivencia y vencer, como pidió Fidel, las conductas antisociales, la indolencia, la apatía y la desunión, esos gérmenes internos, que podrían echar abajo este proyecto social.

No hay dudas de que aún algunos pretenden ignorar aquellas palabras previsoras, y los vicios, las indisciplinas y los hechos de corrupción, siguen manifestándose, en ocasiones con más fuerza. Aunque estamos frente a ellos quienes luchamos contra esos peligros, porque «En esta batalla contra vicios no habrá tregua con nadie, cada cosa se llamará por su nombre, y nosotros apelaremos al honor de cada sector», como pidió Fidel.

Sabemos que una Revolución es irreversible cuando es capaz de preparar su relevo, aprende de los errores, rectifica el rumbo y se mantiene apegada a su historia y sus principios. Por ello, aquellas ideas, como advirtió Fidel otro 17 de noviembre —cuando los jóvenes lo invitaron a conmemorar el quinto aniversario de su discurso y se sintió sorprendido ante su vigencia—, «son más actuales que entonces, ya que muchas se relacionaban con el futuro».

Son más actuales diez años después. De no ser así, cómo podría yo recordarlas y sentirlas tan mías, pese a que las escuché con ojos y oídos de quien entonces comenzaba a despertarse verdaderamente al mundo.

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