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Del pastiche a la falsificación

El negocio con obras de arte es el tercero más lucrativo internacionalmente, después del narcotráfico y el comercio de armas, y Cuba no escapa al fenómeno

Autor:

Hugo García

MATANZAS.— «Una turista inglesa me preguntó por qué en Varadero se venden mis obras más caras, si en La Habana ella las conseguía baratísimas», relató con su jocosidad y humor característicos el caricaturista Manuel.

No había ironía ni burla en las palabras de la asombrada visitante extranjera, simplemente no comprendía esa diferencia abismal de precios en la comercialización de las pinturas con las guajiras y guajiros del afamado artista matancero. Y es que el flagelo de las falsificaciones de obras de arte se ha entronizado en un mercado ilícito y subterráneo, difícil de desenmascarar, que lacera tanto a los artistas como a la cultura y la identidad nacional.

Los documentos de las obras también se falsifican. Foto: Cortesía de la Institución

Caso raro

El 15 de junio de 2013, Solangel Pino Hernández, especialista del Registro Provincial de Bienes Culturales (RPBC) que labora en una oficina en el aeropuerto internacional Juan Gualberto Gómez, de Varadero, recibía de la Aduana en ese lugar un presumible cuadro del español Joaquín Sorolla, cuyo título es Embarcadero, óleo sobre tela, de 1910, una rara importación del turista alemán Winkelsodol Knut. La especialista no se dejó pasar gato por liebre, aun cuando debía precisar de la ayuda de otros estudiosos.

El RBC no autoriza la entrada al país de obras sin los documentos que la autentifiquen, pues pueden ser consideradas originales y utilizadas para una operación fraudulenta.

Se retuvo el cuadro para cuando el turista se fuera, se lo llevara, pero luego de transcurrir 30 días nunca volvió y regresó a su país por otro aeropuerto. Si de verdad fuera un Sorolla original, seguro hubiera gestionado hasta el final y, por lo menos, lo hubiera recuperado, lo que hizo presumir que nos encontrábamos ante un posible delito, explicó Rabsarys Rodríguez Núñez, especialista del RCB.

Para introducir una pintura de esa época se necesitan documentos del Ministerio de Cultura del país de origen. Se le retuvo para realizarle el peritaje requerido a la obra, que cuenta hasta con un supuesto cuño del Museo del Prado, de Madrid, abunda Maritza Cuba, directora de RBC de Matanzas.

En estos casos se procede a verificar la autenticidad de la pieza con los investigadores del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA). Como el turista abandonó la pieza, al no reclamarla, pasó a libre disposición del RBC, que realizó una transferencia al Museo de Arte de Matanzas, pero sin valor patrimonial ni museable, apenas con interés didáctico.

En el pesquisaje participó el especialis-ta Luis Crespo, curador de la colección de Joaquín Sorolla en el MNBA, quien consideró que se trataba de una impresión mecánica de principios del siglo XX, sobre la cual se aprecian algunos trazos de pintura al óleo, para agregarle volumen y textura al impreso, que es totalmente liso sobre la tela en preparación.

«No es una obra original de Joaquín Sorolla, ni aparece ninguna información de que se trate de una reproducción», recoge el informe de este investigador, quien agregó que no consta que fuera vendido en el Museo del Prado.

En las conclusiones del pesquisaje se indica que el Registro no autorizó la entrada al país de esta tela indocumentada, que puede inducir al error de considerarse un original de Sorolla. «El señor debe retornarla a su país y el dictamen se remitirá al Museo del Prado para su conocimiento», sugirió Crespo.

Maricela de las Nieves Ramos Díaz, directora del Registro Nacional de Bienes Culturales. Foto: Hugo García

El peligro no es solo falsificarlas, venderlas o exportarlas, sino entrarlas al país y luego autentificarlas para su posterior comercialización como original en cualquier lugar del mundo.

Falsificadores de feria

Manuel Hernández Valdés, premio nacional de Periodismo José Martí y premio nacional del Humor, opinó que con las tecnologías modernas ni se sabe adónde van a parar estos casos. Las falsificaciones son tan viejas como el arte; eso viene con el mercado», nos dice el también caricaturista, ceramista y pintor.

«Hace poco tiempo alguien realizó una copia de un trabajo mío hecho en una jarra de Arte en Casa. Era un lienzo en óleo, y lo vendían en La Habana; es, en realidad, un fragmento de una obra que está en un mural de cerámica en el policlínico del municipio de Limonar», ejemplificó Manuel. Consideró que generalmente son pintores de feria, que venden las obras más baratas, plagian a cualquiera, y es engorroso reclamar que te plagiaron.

«En Cuba hay pueblitos en que un equipito de artistas de feria te hace cualquier obra y de manera perfecta. Algunos jóvenes aprenden lo elemental en la escuela y luego se hacen profesionales en reproducir», nos dijo Manuel. Debe haber una mayor protección del autor, les podrían imponer multas fuertes, consideró.

Osmany Betancourt «Lolo», escultor, criticó el fenómeno y confesó que a veces le han tomado sus ideas y formas de hacer las obras. «Hasta adoptan tu estilo de trabajo. Si firman con tu nombre es más delicado el asunto. Mucha gente se apropia de la idea de otro. Las instituciones relacionadas con esto deberían ser más exigentes con esos casos. Es mejor comprarle directamente al artista, y no que medie nadie para la comercialización», sugirió.

La falsificación de obras de arte data de la antigüedad, aunque la modernidad le ha aportado ingredientes nuevos, de especialización.

«El motivo principal del negocio de obras de arte lo constituye la existencia de un mercado, cuya figura principal son los coleccionistas. Estos acceden al mercado siguiendo pautas que, entre otras, van desde la vanidad, pasan por las tendencias de la moda y estimulan la oferta y la demanda», explicó a JR la licenciada Maricela de las Nieves Ramos Díaz, directora del Registro Nacional de Bienes Culturales (RNBC).

Con el aumento del coleccionismo, las obras de arte se valorizan cada vez más y paralelamente los falsificadores hacen de las suyas.

«Las falsificaciones son un mal que corroe el mercado del arte y sus autores, producen afectación efectiva al mercado y a los creadores. Es un mal que ha invadido y está en todas las latitudes», afirmó la especialista.

Categorías de la falsedad

Las copias se realizan como ejercicios prácticos de clase por los estudiantes de arte, a instancias o no de sus maestros o de los autores de las obras copiadas. Tienen como finalidad que los estudiantes adquieran «oficio», práctica en las técnicas pictóricas y en estilos ya establecidos. Se realiza también a veces por el goce estético de reproducir una obra de una forma lo más cercana posible a su original. En todos los casos quien copia hace constar esta condición y la identidad de su autor legítimo. Cumplidos estos requisitos, no puede referirse un actuar ilícito por su realización o por su tenencia.

El maestro Roberto Fabelo visita el RNBC y aprecia cómo han falsificado una de sus obras. Foto: Cortesía de la Institución

«Una copia es una réplica producida al usar como guía un original, pero no se usa físicamente, sino que se hace una reproducción mecánica. Copiar, pintar “a la manera de” o realizar un pastiche no es un delito y han sido formas de aprendizaje del artista en todas las épocas», aclaró Maricela de las Nieves, quien consideró que una atribución falsa tampoco es una falsificación.

La experta afirmó que las colecciones privadas y los museos están plagados de obras a las que no puede adjudicarse un origen definitivo.

«Una reproducción es una réplica o facsímil de un objeto original, duplicados exactos con autorización de su autor o de quien detenta la titularidad de sus derechos, y hasta muchas reproducciones son hechas y comercializadas por los mismos museos», asintió.

De esta manera, se produce apropiación cuando un artista utiliza códigos expresivos dados a conocer o utilizados por otro y  produce una obra propia, perfectamente individualizada. Por ejemplo, si incluye en su obra la imagen de algún gallo de Mariano.

Falsificación verdadera

La falsificación definida en el orden legal es una obra de arte ejecutada con la intención de inducir a error, de hacerla pasar como creación de una mano diferente. El falsificador actúa con el ánimo de lograr identidad de imagen, de firma, de colores, de soporte, de técnicas pictóricas, e identidad de todos los rasgos posibles.

«Las técnicas modernas han favorecido la falsificación de obras de arte, pues los falsificadores tienen un campo más fructífero para el desarrollo de su actividad», refirió Maricela.

Se considera que una obra de arte es falsa, cuando se tiene la intención de venderla como auténtica de un autor y es de otro, con plena conciencia de ello. Entre las técnicas de falsificación puede mencionarse la utilización de telas y pinturas antiguas, o de métodos de envejecimiento como el calor de un secador de pelo o bolsas de té.

«Hay ladrones de arte de todo tipo: inteligentes, chapuceros, violentos... No existe un común denominador para este tipo de criminales. En cambio, todos los falsificadores    —o al menos los buenos falsificadores— tienen el mismo perfil: saben pintar, son unos artistas y, en no pocas ocasiones, son los secretarios, los marchantes u otros de los allegados al artista», develó la especialista.

—¿Y en Cuba?

—En el caso de Cuba los autores fallecidos más falsificados son Servando Cabrera, Amelia Peláez, René Portocarrero, José María Mijares, Fidelio Ponce, Sandú Darié, Loló Soldevilla, Mario Carreño, Cundo Bermúdez... De los vivos: Roberto Fabelo, Cosme Proenza, Ernesto Rancaño, Alexis Leiva «Kcho», Pedro Pablo Oliva, Flora Fong...

«Además de las obras, también se falsifican los certificados de autenticidad, el “pedigrí de las obras”, lo cual es un delito que se comete de forma individual o colectiva.

«En el mundo se hace con mucha obra antigua: Picasso, Marc Chagall, Kandinski, Van Gogh…».

¿Verdadero o falso?

Según Thomas Hoving, historiador y anterior director del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, el 40 por ciento del mercado del arte se compone de falsificaciones. Ni siquiera las obras acompañadas de la certificación pertinente se libran del riesgo de ser falsas. Y no es que los expertos y críticos del arte sean fáciles de engañar, es que, a pesar de todos los avances tecnológicos, demostrar la falsedad es casi tan difícil como autentificar su originalidad.

¿Cómo distinguir una obra falsa de una verdadera?, preguntamos a la Directora del Registro Nacional de Bienes Culturales.

Un experto podría determinarlo tal vez a simple vista, nos dice, pero en muchos casos no puede ser probado hasta no realizarse una serie de estudios químicos, consultas a catálogos o referencias del estado de la obra en la actualidad, el estudio del estilo, el análisis del soporte, la antigüedad de los pigmentos y otras pruebas.

«Como principio, los objetos genuinos, a diferencia de las copias, siempre tienen historia. Los análisis con espectroscopia Raman resultan útiles en algún caso para descartar una hipótesis o reforzarla, ya que aportan datos complementarios sobre la composición molecular de pigmentos, cargas, aglutinantes y barnices; pero constituyen un resultado parcial que se debe complementar y contrastar con otros exámenes para llegar a un diagnóstico que necesitará la corroboración de los historiadores del arte.

«También hay otras posibilidades, como el análisis con rayos X y reflectografía, radiaciones ultravioletas e infrarrojas, el empleo de las técnicas analíticas como la microscopía óptica y electrónica para el estudio estratigráfico de las muestras, la distribución y composición de los elementos químicos, porque las copias no presentan el proceso creativo previo subyacente, que estos exámenes sacan a la luz, y se tienen en cuenta las alteraciones que sufren       los materiales debido al envejecimiento intrínseco.

«La tecnología, si bien resulta determinante para ampliar la información sobre los materiales de una obra, no es suficiente por sí sola para determinar su autor o descubrir falsificaciones con fines delictivos».

La experta mencionó que quienes se involucran en este comercio son los distribuidores (intermediarios, marchantes de arte y casas de subastas), los adquirientes (museos y coleccionistas privados); mientras que las estafas artísticas encuentran en Internet un mercado sin barreras legales para delincuentes ocasionales, habituales, profesionales o coleccionistas.

Actualmente, la aplicación de técnicas científicas se ha convertido en práctica indispensable para la catalogación de las obras de arte.

La especialista insistió en la necesidad de armonizar las legislaciones de los países, porque unos tienen leyes poco severas, mientras que las de otros son más estrictas, pero no las usan.

A medida que se refinan las técnicas y se profundiza en la investigación de los artistas con catálogos razonados y archivos documentales, es más difícil colocar falsos.

En general, las falsificaciones de cuadros son las realizadas con la técnica al óleo, ya que son las que resisten el tiempo y por lo tanto las que adquieren más valor. El óleo es la técnica pictórica que mezcla los pigmentos cromáticos (colores pulverizados con óleos y resinas vegetales). La pintura al óleo es suave, seca despacio y es el medio ideal para la superposición y la fusión de los colores. Con óleo se puede pintar sobre muchos materiales, los más comunes son tela y  madera.

Para verificar la autenticidad de obras de arte, se puede recurrir tanto a la química como a la historia.

Respuesta legal

La falsificación de obras de arte resulta un negocio redondo para muchos en el mundo. Se le ubica como el tercero más lucrativo, después del narcotráfico y la venta de armas. Pinturas, esculturas y otras piezas en todos los soportes y épocas han sido blanco de las mafias de creativos que las copian, rehacen y venden como originales, con tal factura que pueden pasar como «buenas» ante los ojos de los conocedores, llámense galeristas, casas de subastas y algunos coleccionistas.

«Las nuevas tecnologías son un arma de doble filo. Ante la justicia, debemos entregar también a la defensa unas pruebas técnicas que resultan valiosas para los falsificadores. Por ello es necesario que estas pruebas se mantengan secretas y que el arte goce de la misma protección de las marcas comerciales», reflexionó Maricela.

A veces se torna compleja la prueba de las máquinas que hacen exámenes técnicos para determinar la edad de los pigmentos, las características del lienzo, la caligrafía de la firma… Siempre puede aparecer un detalle.

En Cuba los delitos contra el patrimonio cultural vinculados a la transmisión, tenencia ilegal de sus bienes y falsificación de obras de arte son sancionados con privación de libertad de uno a tres años o multa de 300  a mil cuotas o ambas, al que, en perjuicio de su creador o del patrimonio cultural, falsifique una obra de arte o la trafique, según se recoge en el Código Penal.

Si como consecuencia de los hechos se causa un grave perjuicio, la sanción es de privación de libertad de dos a cinco años.

«Cuando la obra adquirida ha sido vendida, la sentencia de falsificación deviene evidencia para seguir un proceso por estafa, delito contra la propiedad intelectual o por tentativa de estafa», añadió la Directora del RNBC.

Otro aspecto es que los falsificadores de obras de arte incurren reiteradamente en el delito. Existen delincuentes especializados en falsificar la obra de un autor determinado, otros cuando funcionan en equipo son capaces de trabajar con la obra de varios autores.

Normalmente la intención de los falsificadores y de sus equipos de trabajo es el lucro; resulta importante «detectar» mercado para sus obras.

Los coleccionistas y en general las personas que intervienen en el mercado del arte se precian de la autenticidad de sus colecciones. Sin embargo, existe este submundo que procura a toda costa romper la hermeticidad de esta ética.

Uno de los factores que ayuda a colocar obras falsas, más allá del acto mismo del mercado, es la movilidad, pues los museos se prestan colecciones y los galeristas intercambian obras.

En cuanto a las falsificaciones, las obras de los fallecidos son más difíciles de falsificar y más fáciles de autenticar.

Las obras de los autores vivos son más fáciles de falsificar, pues los materiales que se emplean son contemporáneos, están en el mercado.

Otro aspecto es el magisterio que ejercen y han ejercido los artistas cuya obra es objeto de falsificación: los alumnos llegan a los modos de hacer, las temáticas y a los materiales, muchas veces a través del propio maestro. Permanecen horas y horas a su lado, y no puede descartarse que algunos —pasando las barreras de la ética— se conviertan de alumnos talentosos, en seres capaces de repetir a sus maestros.

Otras obras que han sido falsificadas. Foto: Cortesía de la Institución

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