Puliendo un diamante

El legendario estadio Latinoamericano recibe por estos días uno de los trabajos de reacondicionamiento más serios en su ya longeva vida

Autor:

Raiko Martín

El 26 de octubre de este año, el emblemático estadio Latinoamericano cumplirá sus primeros 70 años de existencia. Me atrevería a decir que son pocos los capitalinos, incluso aquellos que han pasado en algún momento por La Habana, que no hayan pisado sus tribunas. La historia reafirma que sobre su grama, miles de jugadores tejieron verdaderas leyendas beisboleras, desde aquellos campeonatos profesionales ganados por los Alacranes del Almendares hasta las versiones exitosas más contemporáneas de los Industriales.

Desde las primeras ediciones de la Serie del Caribe hasta citas universales, muchos han sido los torneos que han encontrado cobijo en el bautizado como el Coloso del Cerro. Sus instalaciones son parte indisoluble de la historia del béisbol cubano.

Pero como todo cuerpo septuagenario, el Latino arrastra sus achaques y desde hace algún tiempo necesitaba de cirugía, una intervención de la que pronto podrá exhibir sus primeros resultados. Durante los últimos días, cada vez con más intensidad, cientos de constructores, operarios —a los que se han unido con entusiasmo casi todos sus trabajadores— comenzaron a cambiarle la cara. Para sus asiduos, puede que pronto reaparezca con algunos rasgos irreconocibles.

Habla el terreno

Aunque muchas de las acciones que ahora se ejecutan en el añejo estadio capitalino están relacionadas con la reparación capital de las cabinas de radio y televisión, el cambio paulatino del techado, la recuperación del mobiliario, y las mejoras estructurales en los dogouts, clubhouses y otras dependencias, uno de los objetos de obra de mayor envergadura es el reacondicionamiento del terreno de juego.

El cambio del techado es uno de los trabajos más complejos que se realizan en el estadio. Foto: Roberto Ruiz

«Esta vez sí va a quedar muy bueno» fue lo primero que me dijo Orlando Ferré Ascencio, al que todos allí prefieren llamarle simplemente Landy. Desde hace 15 años llegó a trabajar al estadio, siempre vinculado con las labores del terreno, y como pocos, conoce todos los cuidados que ha recibido durante los últimos tres lustros.

Sin dejar de esparcir un material rojizo cerca del área de la tercera base, este operario habla con orgullo de lo que está haciendo. «Va a ayudar mucho a los peloteros, porque el terreno quedará más suave, no habrán desniveles, y eso contribuye a evitar que se lesionen», asegura desde su experiencia mimando estos terrenos, muchas veces a partir de las iniciativas de sus cuidadores.

Casi la misma sensación tiene Juan Ferrán, uno que lleva más de dos décadas trabajando para que el terreno luzca lo mejor posible. «Sin dudas es uno de los mayores trabajos que por su magnitud se ha realizado en este lugar desde que estoy aquí, pero te puedo asegurar que sí es el más riguroso y serio. Hace mucho tiempo no se veía tanto movimiento, no es solo en el terreno, aunque en este se estén haciendo cosas muy importantes, sobre todo para mejorar su consistencia, su drenaje y que dé gusto ver un partido de pelota en él».

Reconoce el experimentado trabajador, quien se desempeña al frente de la brigada que da mantenimiento al terreno de        juego, que los beneficios de estas obras no tardarán en verse. «Ha sido muy importante el trabajo que se realizó en todo lo relacionado con el drenaje. Se revisó completamente, se destupieron varios tramos e incluso se sustituyeron algunas partes deterioradas por nuevas. Por eso, cuando llueva, el tiempo de espera para reacondicionar y tenerlo listo, a partir de ahora será mucho menor», añade confiado.

Verde que te quiero verde

Si hay algo que ha cambiado completamente su semblante por estos días es toda la parte que antecede a los jardines. En poco más de un mes, quienes han tenido la responsabilidad de restaurar esta importante zona del terreno han realizado una esmerada labor y ya puede decirse aquello de que «está como nunca».

El Doctor en Ciencias Luis Hernández, jefe del Programa de Investigación de Césped en la Estación Experimental Indio Hatuey, ha liderado esta labor y habla de ella con reconocible grado de satisfacción. «En nuestro centro, perteneciente a la Educación Superior, tenemos una línea de investigación relacionada con el césped y anteriormente hemos realizado trabajos en este estadio. En cierta medida cooperamos con el acondicionamiento previo al juego que en 1999 realizaron los Orioles de Baltimore en esta instalación. Ahora puede decirse que hemos hecho un trabajo cinco veces mayor comparado con el que hicimos para aquel histórico partido», confiesa.

Hernández explicó a JR que de conjunto con especialistas en terrenos de las Grandes Ligas estadounidenses (MLB, por sus siglas en inglés) se realizó durante el pasado mes de diciembre una evaluación del terreno y se llegó a la conclusión de que, por la ausencia de un plan de mantenimiento adecuado, las partes cubiertas por la hierba presentaban un alto grado de contaminación, lo que se traduce en la existencia de varios tipos de césped.

«Como era reducido el tiempo de que disponíamos, decidimos hacer un plan de trabajo cuyo peso fundamental estuvo en el levantamiento de toda la zona del diamante. Todos los terrenos de larga data tienen como base la arcilla, algo que ahora se ha sustituido por arena sílice, así que rebajamos unas dos pulgadas de esa parte, la rellenamos con ese tipo de arena, y sobre esa mezcla, que mejora mucho el grado de compactación, se sembró una variedad de hierba denominada Bermuda 328, que es la que existe en todos los campos de la MLB en la Florida, y en varios de la zona del Caribe», argumenta.

Lo cierto es que en tan poco tiempo esa parte del terreno comienza a revelar su esplendor, y eso lo ha reconocido el personal de la MLB que ha asesorado este trabajo, según nos comentó el experto. Normalmente, la hierba necesita entre 90 y cien días después de sembrada para obtener sus óptimas potencialidades, pero —según Luis— la utilización de biofertilizantes desarrollados por nuestras universidades, así como de estimuladores de crecimientos han permitido acelerar el proceso con calidad.

Luis Hernández (izquierda) está satisfecho con los resultados conseguidos hasta el momento. Foto: Roberto Ruiz

Durante nuestra visita nos llamó la atención la presencia de varios operarios sobre el césped desenterrando porciones de hierba. «Eso se llama selección negativa, y consiste en eliminar las variedades que pudieran nacer en el lugar y que no se correspondan con la plantada. Para realizar esta labor se utilizan herbicidas selectivos, pero son de fabricación estadounidense y hasta ahora, por el bloqueo económico, no hemos podido acceder a ellos. Por eso lo hacemos manualmente», añade.

Al mismo tiempo fueron sembrados, en los laterales hasta las bases y detrás de home, otra variedad nombrada Zoysia japonica, que se adapta perfectamente a las condiciones de sombra, pues a estas zonas no llegan habitualmente los rayos solares con la misma intensidad.

A pesar de esto, el terreno siempre tendría la misma tonalidad. «Contamos con un tipo de biofertilizante que, aplicado dos días antes del juego, logra que no sean visibles las diferencias a pesar de la presencia de más de una variedad de hierba».

En el caso de los jardines, por ser de una mayor extensión, se decidió posponer el recambio y se realizan otras labores relacionadas con el emparejamiento y la descompactación. «Los terrenos para practicar deporte al máximo nivel necesitan de este tipo de tratamientos por lo menos par de veces al año. Imagínate cómo puede estar uno que en siete décadas no lo ha recibido», nos dice el especialista.

Ahora, el primer paso consistió en un proceso conocido como aireación, que consiste en abrir, utilizando una maquinaria específica, algunos huecos sobre la superficie del terreno para oxigenar la hierba sembrada y permitir la inyección de arena sílice para mejorar su nivelación. Hasta el momento se han vertido en el área unas 24 toneladas del material, y los conocedores consideran que se necesitarían otras 25 para acercarse a los niveles de compactación y drenaje óptimos y hacer desaparecer los desniveles existentes.

«La voluntad de poner el Latino a la par de los estadios de primer nivel existe, y el objetivo es completar ese trabajo», nos dice Luis con optimismo.

¿Después de la primera bola?

A partir de la imposibilidad económica de contar con un nuevo y moderno estadio, una de las grandes interrogantes es la perdurabilidad de estos trabajos. Sobre este tema, este especialista, que ha trabajado también en campos de golf, explica que no sería una preocupación, pero para ello habría que contar con toda la maquinaria imprescindible en el proceso de mantenimiento. «Si no, después de cuatro o cinco meses de utilización el estado pudiera ser reversible», apunta.

Para acometer los actuales trabajos ha sido necesario mover todas las maquinarias desde las instalaciones de la Estación Indio Hatuey y el campo de golf de Varadero, pues el estadio no cuenta por ahora con ellas.

Otras de las necesidades ineludibles sería la implementación de un sistema de riego, también ausente en el recinto. «Hemos hecho estudios sobre las variantes, y la más recomendable es la colocación de grandes aspersores en las esquinas del terreno, porque implementar uno soterrado sería muy complejo, sobre todo para su mantenimiento, señala.

Evidentemente, si importante ha sido emprender este camino para mejorar los niveles de seguridad y confort de este histórico recinto, bien vale la pena pensar en todas las alternativas posibles para alargarle su vida, que no sería más que contribuir modestamente al legado sociocultural de la nación. Muy pronto tendremos un diamante notablemente pulido, pero queda el compromiso de que su brillo no desaparezca a la vuelta de un puñado de batazos.

Los exteriores del Latino también son reparados. Foto: Roberto Ruiz

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