Esmeralda de acero

Marta Jiménez fue más que ese apelativo que le acompañó con orgullo toda su vida: «la viuda de Fructuoso Rodríguez». La muchacha bella que se enamoró abrasadoramente de aquel joven como de su causa, y que falleciera este 5 de marzo, es un símbolo de Cuba

 

Autor:

Mario Cremata Ferrán

Era un rostro extremadamente joven y bello, que cautivó la atención del adolescente que fui. ¿Qué hacía aquella «damita» seductora y con talante de actriz de cine al lado de mi abuelo y de gente como Haydée Santamaría, Armando Hart, Herminio Almendros o Alejo Carpentier? Mi abuelo disipó pronto mi infantil sospecha: se trataba de una muy activa combatiente antibatistiana. «Es la viuda de Fructuoso Rodríguez», añadió.

Todavía tardaría en comprender que ese calificativo, especie de título casi honorífico que acompañó a Marta Jiménez durante 60 años, más que hacerle honores, iba en detrimento suyo, pues minimizaba sus méritos individuales.

Al justipreciar la contribución de la mujer durante la lucha clandestina en La Habana a fines de la década del 50, en una nómina abultada y gloriosa destacan dos nombres que encarnan el sacrificio, el valor y la entereza moral de toda una pléyade. Uno es el de Norma Porras, compañera de Machaco Ameijeiras; el otro es el de Marta.

Son dos nombres que, quizá, digan poco a mi generación, una parte significativa de la cual esgrime otros referentes. Norma continúa como mito viviente, mientras que Marta acaba de perder la pelea contra el cáncer y otros demonios este 5 de marzo.

Sobre todo sus ojos me impactaron; unos ojos que habían visto ya todo lo posible y lo imposible; unos ojos repletos de fe; redondos, de un verde claro y rara transparencia, que seguían otorgándole distinción.

Fue Fructuoso el hombre que marcó su vida, al que amó, se entregó, con el que se casó y al cual perdió, todo casi a la vez… La Colina universitaria sería epicentro. A pesar de que ella estudiaba Farmacia y él se formaba como agrónomo, compartían materias. Del roce en el aula prendió el romance. El matrimonio se consagró el 27 de julio de 1956. Justo tres meses después, tras el ajusticiamiento por un comando del Directorio Revolucionario del jefe del Servicio de Inteligencia Militar de la dictadura, comandante Antonio Blanco Rico, Fructuoso debió sumergirse para siempre en la clandestinidad.

No obstante, ella se las agenció para estar a su lado. En esas circunstancias, se esforzó por mantener la comunión de intereses que la había decidido a renunciar a la comodidad hogareña para vivir la incertidumbre y el terror. De tal suerte, lejos de lo que pudiera imaginarse, la cercanía se fraguó. A las filas del Directorio le nacía una estrella.

Pero llegó el 13 de marzo de 1957, cuando cayeron José Antonio y tantos jóvenes queridos. El saldo del ataque a Palacio fue antesala del fatídico 20 de abril. Había abrazado a Fructuoso el día anterior. Se despidió con un beso y la exigencia habitual de que se cuidara, sin sospechar que ese beso sería el último.

Como se sabe, víctima de la más cobarde delación que registra la etapa insurrecional, junto a sus compañeros  José Machado, Joe Westbrook y Juan Pedro Carbó, cayó acribillado por los esbirros de Ventura, acorralados sin remedio en lo que alguna vez fue refugio.

Con poco más de siete meses de embarazo, Marta recibió el golpe más terrible que le depararía el destino. Antológica es una imagen, grabada en el imaginario de toda una generación: Marta, erguida y enlutada con su avanzada gestación, después de rescatar el cadáver, encabezó el sepelio de su marido y los otros mártires, interponiéndose a la soldadesca canalla que pretendía sabotear lo que devino acto de repudio a la tiranía.

Cuentan los testigos que la estampa de Marta desafiante, símbolo de rebeldía e indignación, neutralizó los ímpetus de los esbirros que rodeaban el cementerio. Ninguno se atrevió a detener a la jovencita de mirada poderosa que entonaba el Himno Nacional y lanzaba consignas en repudio a los perpetradores de un crimen que todavía conmueve.

Luego, no se sumió en la autocompasión, por más que se sintiera desolada. Ya su accionar era legendario, pero no cejó de dar muestras de grandeza. Centrada en su hijo, no se desvinculó de la reorganización del Directorio, hasta donde fue posible, en aras del esfuerzo colectivo que derrocó a Batista.

Cuántas de las casas de seguridad que sirvieron de refugio a los combatientes no fueron alquiladas por ella, que fue garante de tantos y tantas acciones, que enfrentó con optimismo el riesgo de conducir a muchos de los más buscados por la policía, que compartió suerte con los perseguidos.

Enero de 1959 la sorprendió en el exilio. Demasiado «quemado» estaba su nombre como para permanecer un día más en su país. Miami y Caracas fueron teatros de operaciones donde se dedicó a labores de recepción y envío de dinero, pertrechos de guerra y otros suministros imprescindibles.

A su regreso, se enfrascó en hacer valer la justicia revolucionaria no solo sobre los secuaces de Ventura, sino sobre el delator de Humboldt 7. Existían ya fundadas sospechas que apuntaban a Marcos Rodríguez, pese a lo cual este abominable personaje se las arregló para evadirse un tiempo más. Marta, más por culto a la justicia que por sed de venganza, no claudicó. Sus afanes desataron el famoso juicio que en 1964 paralizó este país. Marquitos, el traidor, fue condenado.

Junto a su firmeza, desarrolló hasta su jubilación una brillante carrera como funcionaria del Ministerio de Relaciones Exteriores, trinchera desde donde prestigió nuestras misiones diplomáticas en Suiza o Dinamarca, las asambleas en Naciones Unidas, donde tuvo especial relevancia su gestión como miembro de la comisión visitadora en el Sahara Occidental, en 1975.

Toda delicadeza, hizo hasta lo indecible por mantener el homenaje que cada 20 de abril se rinde a los héroes caídos en Humboldt 7, sensibilizando o enamorando, si se me permite el término, a quienes como yo no vivimos las páginas heroicas que coronaron el triunfo.

Con su fallecimiento, este 5 de marzo, se pierde algo de la esencia de ese espíritu de los jóvenes que conquistaron la Revolución. Admirable resultó ver a una multitud de compañeros de antaño, sobreponiéndose a la edad y a los quebrantos de salud para acompañar el cuerpo de Marta Jiménez hasta recibir sepultura. El Himno y la bandera encabezaron el tributo. Allí estaba su hijo. Y estábamos tantos otros que aprendimos a quererla sin haberla conocido durante su gesta mayor.

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