Ciencia desde la base

Una joven bióloga tunera hace de la investigación científica el sentido actual de su vida en un área protegida

Autor:

Juan Morales Agüero

MANATÍ, Las Tunas.— A sus 32 años de edad, la licenciada en Biología Mayumis Vega Polanco presiente que su realización profesional está ligada al proyecto ecológico donde labora. El entorno prácticamente virgen, donde conviven cinco formaciones vegetales en un área relativamente reducida, deviene auténtico tesoro para sus expectativas.

—¿Cómo comenzaron tus inclinaciones por la ciencia?

—La Biología me gustó desde que era estudiante de la enseñanza primaria, en especial por influencia de la asignatura El mundo en que vivimos. Siempre la encontré interesante. Ya en la secundaria, y a instancias de mi profesora, tomé parte en concursos a diferentes niveles relacionados con el tema.

«Por esa época supe que en la Universidad se cursaba la carrera de Biología y al matricular en el Instituto Preuniversitario Vocacional Luis Urquiza comencé a prepararme para solicitarla. Llegado el momento, realicé la prueba de ingreso, salí bien y me asignaron la única plaza ofertada en la provincia».

—Coméntame un poco sobre tu experiencia universitaria.

—Mis cinco períodos académicos en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, figuran entre lo mejor que me ha ocurrido en la vida. Allí me enamoré más de la carrera, en buena medida por su excelente claustro de profesores y por todas las prácticas en el terreno.

«Al graduarme en 2007, comencé a cumplir mi servicio social en la campaña antivectorial del municipio de Manatí, pero como mi esposo era de Camagüey me fui con él para allá. Allí trabajé tres años en el Centro de Investigaciones de Medio Ambiente, adscrito al Citma, como especialista en coleópteros».

—¿Cómo te vinculaste a esta área protegida?

—Cuando vine para Manatí en 2010 me hablaron de su existencia. Supe que necesitaban a una persona graduada en Biología, me presenté y me admitieron como especialista principal de la reserva ecológica. Creo que tomé una decisión trascendental, pues aquí, además de aprender todos los días, pertenezco a un colectivo laboral sumamente valioso y competente, donde hay compañeros con experiencia y sabiduría.

«El área protegida Bahía de Nuevas Grandes-La Isleta tiene casi 8 000 hectáreas y en su perímetro han sido identificadas 350 especies de plantas y animales. Algunas son endémicas de Cuba y están amenazadas de extinción. Allí desarrollamos una docena de proyectos investigativos».

—¿En cuáles de esos proyectos participas?

—Atiendo cuatro proyectos. Uno consiste en monitorear el cocodrilo americano (Crocodylus acutus) para establecer su presencia y sus sitios de cortejo y cópula. El control de la supervivencia lo hacemos con los individuos que marcamos al nacer mediante el corte de una escama de la cola. Los ponemos en libertad y, cuando los recapturamos, esa señal nos facilita conocer su número de orden y el año de su nacimiento.

«Tenemos un caso curioso: una cocodrila fuerte y dominante que desova por aquí luego de trasladarse desde unos 14 kilómetros a través de los canales. Pone sus huevos en una zona de sustrato rocoso y rodeada de vegetación espinosa, a más de 500 metros de la fuente de agua más próxima. Luego se marcha por donde vino y no regresa. Nosotros nos hacemos cargo de la nidada, marcamos a los neonatos y los liberamos. Creemos que la elección del lugar de desove la hace a partir de las características del suelo».

—Me han dicho que también tienes a tu cargo los arrecifes…

—Sí, los sometemos a monitoreo para determinar su conducta ante los cambios climáticos. Como se sabe, los arrecifes intervienen en la formación de la arena en las playas y constituyen un ecosistema integrador muy sensible y complejo. En cuanto a los pastizales marinos, establecemos los tipos que predominan en el área. Además de garantizar la alimentación de varias especies, como el manatí antillano y la tortuga, participan en el reciclaje del agua y la purificación de las corrientes. El proyecto afronta dificultades por carecer de equipos especiales para el buceo. Solamente disponemos de snorkel y caretas.

—Hablaste del manatí antillano, ¿tiene un proyecto especial?

—Aquí estudiamos el comportamiento de ese mamífero acuático (Trichechus manatus), una de las especies con mayor peligro de extinción en Cuba, en lo referente a sus zonas de alimentación y reproducción. Según las observaciones de los trabajadores del proyecto, se trata de individuos procedentes de otras áreas, que llegan a la nuestra, toman agua, se alimentan y siguen camino. Se ha conseguido ver algunos en horas del amanecer y del atardecer, incluyendo un ejemplar con su cría. Eso evidencia, de alguna manera, el crecimiento de su población y un logro del trabajo en la conservación de la especie.

—También tomas parte en el estudio de los moluscos…

—Sí, principalmente de los caracoles Liguus fasciatus y Polymita muscarum. Habitan, fundamentalmente, sobre una especie vegetal endémica conocida por bruja negra, y sobre el frijolillo. Se trata, en ambos casos, de árboles de gran tamaño, portadores de un hongo llamado fumagina, del cual se alimentan los referidos moluscos. Los estudios continúan, porque tal vez existan otras especies. Las investigaciones se hacen en diferentes formaciones vegetales, para identificarlas e incorporarlas consecuentemente al listado taxonómico.

—¿Cómo procedes para mantenerte actualizada en tu especialidad?

—Me nutro mucho de la experiencia de mis compañeros de trabajo. También suelo contactar con otros colegas de centros de investigación, tanto por correo electrónico como personalmente, cuando coincidimos en eventos como los simposios nacionales de la Empresa de Flora y Fauna, que tienen lugar cada dos años en Ciego de Ávila. Allí se exponen los resultados de las áreas protegidas. En dos oportunidades he presentado ponencias.

«También asistí a las ediciones de la Convención Internacional de Medio Ambiente y Desarrollo correspondientes a 2013 y 2015, así como a la Convención Internacional Agroforestal, donde presenté un trabajo sobre el cocodrilo, con la coautoría de los trabajadores del proyecto, y publiqué dos artículos en la revista Flora y Fauna».

—¿Cómo te insertaste en un equipo mayoritariamente masculino?

—Los trabajadores me acogieron muy bien. Nos tratamos sin demasiados academicismos. Me acerco a ellos con humildad y el aprendizaje es recíproco. Se trata de personas muy ocupadas, que permanecen varios días al mes en el área protegida en condiciones muy difíciles. El resultado de mi labor depende en buena parte de ellos, porque son los que viven a diario con el entorno del área y luego me suministran la información.

—¿Te has acostumbrado a trabajar como bióloga en el terreno?

—Desde mi época de estudiante universitaria hice prácticas de campo y aprendí que el biólogo no se forma en las oficinas, sino en el terreno. Me encanta estar metida en el fango y alternar con los animales. No le temo a ninguno. Incluso hasta buceo. Vengo aquí cada vez que puedo. Creo que este es un magnífico lugar para hacer ciencia. Mis expectativas son seguir trabajando y aportando a la conservación de la biodiversidad.

—¿Qué otros proyectos se trabajan en esta área?

—Uno se dedica a las aves de bosque amenazadas, como el tocororo, la cotorra y el carpintero. Otro se circunscribe a las aves acuáticas, y estudia las colonias de nidificación que existen por toda el área. Se trabaja, además, en la flora amenazada y en el rescate de formaciones vegetales, fundamentalmente en la duna costera, donde el huracán Ike se ensañó con la vegetación autóctona. Otras direcciones son la eliminación de especies exóticas invasoras, como el marabú; el estudio de los reptiles del orden squamata; el mantenimiento de trochas contra el fuego, y la protección de los recursos forestales. Trabajo no nos falta por acá.

Bahía de Nuevas Grandes-La Isleta

Creada en 1995 y aprobada legalmente por el Acuerdo 6871/2010 del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros de Cuba como Reserva Ecológica Nacional, la bahía de Nuevas Grandes-La Isleta se localiza en la zona norte de las provincias de Camagüey y Las Tunas, y comprende una superficie de 7 880,26 hectáreas entre áreas terrestres y marinas.

Contiene nueve formaciones vegetales en una zona relativamente pequeña, donde aparecen varias especies florísticas endémicas y en peligro crítico como el ébano amarillo (Trichilia pungens), y otras de distribución restringida como Ginoria koehneana, Coccothrinax salvatoris y Pimenta filipes, así como ejemplares de gran talla de especies maderables como la maboa (Cameraria latifolia), el ácana (Manilkara valenzuelana), el ébano negro (Diospyros crassinervis) y el sabicú (Lysiloma sabicu).

Además, posee una extensión considerable de lagunas interiores y marismas con un alto grado de conservación, y ecosistemas de barreras coralinas que atesoran una parte importante de las riquezas naturales propias de la zona. Entre sus especies animales amenazadas se encuentran el manatí (Trichechus manatus), el cocodrilo americano (Crocodylus acutus) y las tortugas marinas (Orden Chelonia).

Nuevas Grandes-La Isleta constituye uno de los pocos ecosistemas de bahía cerrada que, por su aislamiento y el difícil acceso, unido a la ausencia de actividades económicas de gran impacto en los últimos años, ha permitido un bajo grado de contaminación, la conservación de los paisajes y la biodiversidad en sentido general.

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