Sin solidaridad, una economía no puede ser socialista

En una empresa estatal el trabajador es lo más importante, asegura Filiberto Barrios López, uno de los delegados más jóvenes del país al 7o Congreso del Partido

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIRO REDONDO, Ciego de Ávila.—En las movilizaciones, cuando faltaban solo cinco carretas por llenar, dicen que su abuelo, Macho Barrios, se paraba en medio de los cortadores y gritaba: «¡Aguanten, que vengo por más!». Y se aparecía con otros vehículos, que su tropa llenaba en un santiamén. Todavía en Ciro Redondo, los azucareros viejos hablan de Macho Barrios, el antiguo jefe de aseguramiento del Complejo Agroindustrial, por su liderazgo y el apego con la gente.

Su nieto, Filiberto Barrios López, guarda en silencio los ejemplos que el abuelo le dio. Aunque no lo diga, las enseñanzas están ahí y guían a este joven de 29 años, quien se desempeña como jefe de producción del central Ciro Redondo, uno de los cinco mejores ingenios del país en las últimas zafras.

Pero en la familia y entre los compañeros, hay otro motivo de orgullo, no solo por el hecho de ser nuevo y desempeñar una responsabilidad tan grande. Y es que Fili —como le llaman— es el delegado más joven de Ciego de Ávila al 7o Congreso del Partido.

Ingeniero en procesos agroindustriales por la Universidad de Ciego de Ávila Máximo Gómez Báez, padre de dos niñas —Amanda y Ana Lía—, al graduarse comenzó a trabajar en la sala de análisis del Ciro Redondo. A los 25 años ingresó al Partido. En su vida laboral ascendió a especialista principal y jefe de sala hasta llegar a su cargo actual.

—Eres jefe de producción desde hace tres años y ese cargo equivale a ser prácticamente el segundo jefe del central. ¿No tuviste miedo cuando te propusieron la responsabilidad?

—No, llegar hasta aquí fue un proceso, no algo violento. Había cumplido otras responsabilidades, que fueron creciendo y algunas, sobre todo las últimas, tenían que ver con dirigir la producción. Cuando hicieron la propuesta, no me tomó de susto.

—La zafra es complicada. ¿Al graduarte no pensaste ir a otro lugar?

—Creo que no tuve tiempo de pensar en irme a otra parte. Dejé llevarme por la vorágine de la zafra y me enamoré del sector. Ser analista ayudó porque debía hacer estimados, adelantarme en cuatro o cinco horas a lo que debía ocurrir y eso es algo apasionante, porque tienes que sumar muchos poquitos, y tratar de no equivocarte en los pronósticos.

—Dirigir es un arte, en ocasiones difícil. Con lo joven que eres debes mandar a personas mayores que tú y con más tiempo en el central. ¿Nunca te has visto en una situación difícil a la hora de imponer respeto?

—Nunca me he tenido que fajar, si es lo que quieres saber. No he tenido la necesidad. No soy una persona alterada, no me gusta gritar ni dar puñetazos sobre la mesa. Creo que soy demasiado impasible. Me inclino más a razonar, aunque a veces me cuesta trabajo llamarle la atención a una persona con 50 años de edad.

—¿Y cómo lo haces?

—Lo primero es el respeto. Después razonar sin maltratos, aun cuando sea delante del colectivo. Que el hombre sepa dónde se equivocó y acepte la crítica como algo constructivo.

—En ocasiones me he encontrado con obreros que opinan que los jefes están solo para mandar desde lejos y no para sudar al lado de los trabajadores. ¿Qué tú opinas? ¿El jefe solo está para mandar?

—Yo sí te voy a decir algo: el jefe está para mandar, controlar y estar al lado del problema, no para quitarle la llave al mecánico. El día que yo esté con la herramienta en la mano es porque algo está mal y ando perjudicando a ese obrero. Sencillamente, no supe dirigir. Ahora, lo que uno no puede tener es miedo a embarrarse de grasa ni perder el sentido del ejemplo, ni creerme superior porque tengo una responsabilidad por encima de otros. Como dirigente sabes que tienes que comportarte, no perder el sentido del sacrificio y en determinado momento cohibirte de cosas que te gustan.

—¿Y tú, por ejemplo, de qué te has cohibido?

—Bueno, a mí, como le pasa a otros, me gusta a veces darme unos tragos con los amigos al terminar el trabajo. Y en tiempo de zafra no puedo hacerlo porque te llaman tres y cuatro veces en la madrugada, y debes tener la mente clara. Hay momentos en que siento unos deseos tremendos de estar más tiempo con la familia y debo aguantarme. Mi mamá vive al lado de mi casa y en la zafra hay días que no la veo porque me levanto a las cinco de la mañana y es raro salir del trabajo a las ocho de la noche.

—¿Cómo compaginar la responsabilidad de dirigente con la de padre y esposo?

—Hay que saberlo llevar. Mi esposa, Lisandra Brito Fernández, ayuda mucho. Hay situaciones en que la familia tiene que estar por delante del trabajo. Cuando hay una enfermedad, el primer día del curso, o cuando las niñas actúan en una obra de teatro, ahí estoy yo.

—Y en los tiempos complicados de zafra, ¿qué hay que ser primero: padre o dirigente?

—Si mis hijas enferman o tienen un problema, yo estoy al lado de ellas. En esas situaciones el cuadro pasa a otro nivel.

—Este Congreso del Partido se desarrollará en un momento muy importante para el país. ¿En qué medida este evento podrá incidir en la recuperación económica que tanto se necesita?

—Pienso que será muy importante por las decisiones tomadas para dinamizar la economía. Si se miran las disposiciones para darle mayor facultad a las empresas en la base y lo que esto ha logrado, uno se da cuenta de que ese es un camino que se necesita profundizar. Por eso el Congreso es necesario. Yo creo que será el evento más importante de Cuba este año, sobre todo en lo que puede implicar para dinamizar la economía.

—Un tema del Congreso es valorar el papel de la empresa estatal socialista. Desde tu experiencia, ¿qué posibilidades le ves a la empresa estatal?

—Las que sus trabajadores y dirigentes sepan y quieran alcanzar. Un ejemplo concreto es el central Ciro Redondo. Hace unos ocho años era un desastre. Ahora ostenta buenos resultados, es uno de los mejores del país.

«Yo creo que hay un elemento esencial y es lograr que los obreros sean lo primero. La solidaridad es importante. En una entidad socialista no puede ser un problema atender a un obrero y su familia. No quiere decir que aquí, en el central, seamos perfectos; pero tratamos de cumplir con ese principio.

«Un día un trabajador se nos acercó: “Tengo a mi padre inválido en Oriente, debo ir a allá y traerlo”, nos dijo y se buscaron las alternativas sin pedir nada a cambio. Eso es ser socialista: tener un sentido del humanismo. Y es algo que uno no puede olvidar».

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