Tres hombres y un tiburón

Un enorme escualo puso a prueba la estirpe de luchadores de una tripulación de pescadores

Autores:

Odalis Riquenes Cutiño
Miguel A. Gaínza Chacón

ASERRADERO, Guamá, Santiago de Cuba.— Era la mañana del pasado sábado 11 de junio y el mar era un plato en el litoral oeste santiaguero.

Unas cuatro millas mar afuera, entre Caletón Blanco y Boca de Dos Ríos, los tres pescadores de la chernera Primer Frente, perteneciente a la Base de Pesca del costero poblado de Aserradero, a unos 30 kilómetros al oeste de Santiago de Cuba, se aprestaban a realizar su faena habitual a bordo.

La Primer Frente es una embarcación de unos cinco metros de eslora, 1,5 metros de manga y algo más de un metro de puntal, con un motor bastante nuevo, arrendada por Amaury Martínez, que es el patrón, y los marineros Rey Santiesteban y Yoandri López a la Empresa Pesquera Santiago (Pescasan), en un contrato mediante el cual entregan mensualmente unos 800 kilogramos de pescado.

Similar a esta embarcación era la Primer Frente. Foto: Benigno Rodríguez Torres

En esa zona, de noche aún, habían acumulado la carnada, preparado y calado el palangre, una cuerda larga (guía) con boyas y decenas de bajantes, cada uno con los anzuelos y su respectiva carnada, separados a una braza más o menos, y esperaban por el botín del día.

«A eso de las diez de la mañana —cuenta Amaury sumergiéndose otra vez en el oleaje del recuerdo— empezamos a revisar el palangre. Vi algunos dorados, pero la rigidez de la cuerda y varias boyas unidas nos alertaron de que ahí había un pez grande.

«Nos acercamos y es cuando yo veo aquel animal…».

Un magnífico ejemplar de tiburón toro, de unos tres metros de largo, intentaba hacerse un festín con los dorados y otros peces enganchados en el palangre. Y para desgracia de los hombres de mar, el escualo se había enredado en el arte de pesca y ofrecía la posibilidad real de ser capturado.

Destellos de segundos, que en el mar pueden ser una vida toda, decidirían entonces la suerte de los tres pescadores.

Amaury no lo pensó dos veces. «Lo dejamos solo en el bajante. Podíamos haberlo liberado, pero bueno… Cogí el arpón —hecho artesanalmente de una cabilla—, le puse una soga nueva, me paré en la proa del bote, y…».

La Odisea

«Vi cuando la varilla atravesó al animal. Cuando eso ocurre, en el ciento por ciento de los casos la pesca es segura. Me confié. El tiburón empezó a luchar por su vida, se estaba defendiendo y en una ocasión pasó por debajo del bote… «Fueron fracciones de segundos. Como un relámpago la embarcación se viró. Yo caí encima del tiburón; Rey tenía todavía la soga en la mano. Le dije mil cosas para que la soltara. A pesar de todo sabíamos que el bote se iría a pique.

«Como era una soga bien larga, yo había hecho tres rollos, unidos entre sí. Quizá alguno se trabó en un lugar del bote, cuando el arpón ya estaba clavado en el tiburón, que lo arrastraba todo a su paso.

«Logramos sacar dos salvavidas, desarmé la nevera de poliespuma, y cada uno de nosotros cogió un pedazo a modo de flotador para descansar, y nos alejamos rápido. Vimos cómo el bote se hundía… Por momentos volvía a salir la proa.

«Empezamos a nadar. El mar estaba en calma. Nadábamos hacia donde pensábamos que nos podíamos salvar: la orilla. Después que llevábamos como tres horas braceando vimos a lo lejos una embarcación y nos dirigimos hacia allí, pero de momento no la vimos más. Nunca perdimos la esperanza, pero ya teníamos la boca inflamada, quemada. Estábamos cansados. ¿Qué pensábamos, de qué hablábamos? Es como para hacer un nuevo relato. Eso sí: fue terrible estar tanto tiempo en el mar sin saber…

«Seguimos nadando hasta que bien lejos vimos otra embarcación. Con el movimiento, el mar me subía y logré ver un color azul y me dije: “Si le veo el color, es porque está cerca”. Se lo comenté a mis compañeros y enfilamos hacia allá. Era La Porteliña, un bote similar al nuestro, de Rodolfito y Tonito.

«Yoandri, que es el más joven, pues tiene 35 años, quería gritar, pero le dije que aún estaba muy distante, que no lo iban a oír y perdería fuerzas. Seguimos nadando, entonces mi compañero empezó a gritar y a levantar el trozo de poliespuma hasta que nos vieron».

Serían cerca de la cinco de la tarde. Habían transcurrido siete horas de lidia entre estos tres hombres y el mar.

Mientras nadaban jamás dejaron de pensar en que el tiburón podía regresar a atacarlos. Ese fue su acicate. Tuvieron suerte. Si lo ocurrido con el escualo sucede en horas de la noche quizá ni desde La Porteliña los hubiesen divisado. Una vez más se materializó lo que viejos «lobos marinos» aseguran: la mar es impredecible hasta para quienes mejor la conocen.

«Siempre hemos sido luchadores. Sabíamos que si no batallábamos, sería el fin. Tenemos disposición; por eso es que ahora le puedo hacer esta historia».

Oh mar, devuélveme mi barca

Casi un mes después del suceso, mil fabulaciones se esparcen empujadas por la brisa marina en la costa de Aserradero, donde cada lugareño teje lo suyo a partir de las anécdotas de los hombres de la Primer Frente y todos aseguran que Amaury, Pulla y Rey «no se salvaron en tablitas, sino que se salvaron en poliespuma».

A la izquierda Amaury, el patrón, junto a Yoandri. Foto: Benigno Rodríguez Torres

Pasado el mal rato y más allá de la leyenda, los tres pescadores, en cambio, intentan sobreponerse a la pérdida de su embarcación, esa que les arrebató, en venganza quizá, el tiburón toro y de la cual el mar les devolvió tan solo un remo.

A partir de un casco viejo, estos hombres habían construido y prácticamente dejado como nueva la perdida nave, que navegaba bien a pesar del escaso puntal, que podía ser su punto vulnerable.

«El sostén de mi familia —explica Amaury— y las de mis compañeros depende de ese bote. Hay lanchas en algunos sitios de la provincia que están inactivas, varadas en la orilla, y estamos dispuestos a comenzar de nuevo. No nos damos por vencidos. Yo les dije a los de la Empresa: «Luchamos y no nos ahogamos. Espero que ustedes nos ayuden».

Por su parte, Bertha Lidia González, representante de Pescasan, aseguraba días atrás a la Agencia Cubana de Noticias que los 76 obreros de la cooperativa se mantienen muy atentos en cada salida al mar, con la esperanza de encontrar el medio de trabajo que el escualo les quitó.

En caso de que no lo logren, los pescadores afirman que bautizarán con el nombre de Tiburón Toro a la próxima embarcación que reciban, y seguirán forjando sueños entre agujas, rabirrubias, pargos, jureles y tiburones, por qué no, en las aguas de la Base de Pesca de Aserradero, del costero y alargado municipio de Guamá.

Retrato del tiburón toro

Quienes los han estudiado, afirman que el talante y su agresividad justifican el nombre del tiburón toro. Mide unos 3,5 metros y pesa alrededor de 250 kilogramos. En realidad es más pequeño que el tiburón blanco o tigre, pero tan agresivo o más que este. Vive en el mar, en las aguas tropicales cercanas a las costas, y también en las subtropicales. En ocasiones incursiona por los ríos hasta llegar a sitios habitados por el hombre y no duda en atacarlos, al extremo de que es uno de los dos tipos de tiburones que más lo hacen. Es insaciable: come peces, tortugas, delfines… y también otros tiburones, y lo hace con fiereza. Tienen dos úteros, y en una muestra impresionante de «canibalismo intrauterino», los embriones «se almuerzan» unos a otros; de ahí que el tiburón toro, en dos años, solo tiene una cría, o cuando más dos.

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