Reto al olvido

Intentaron silenciar con la muerte de Luisito y Sergio no solo dos cuerpos en plena juventud, sino el ímpetu, la alegría, y las ideas de los hijos más decorosos que tuviera San Juan y Martínez

Autor:

Dorelys Canivell Canal

SAN JUAN Y MARTÍNEZ, Pinar del Río.- «Mi carta no es una queja; la queja deshonra: es el grito de angustia de una madre que como muchas en Cuba, hemos visto cómo el abuso del poder y de la fuerza privan de la vida en el comienzo de la misma, nuestros más preciados y caros ensueños que son: nuestros hijos, aquellos que criamos y educamos para que fueran útiles a la sociedad y a la patria, aquellos que criamos y educamos para que fueran hombres dignos, y al decir dignos, tenemos que considerarlos morales, honrados, veraces, sinceros, amantes de la justicia y de la razón, del respeto a la libertad y al derecho de los hombres, aquellos que juntos al ABC le enseñamos los principios martianos, para que solamente siguieran en la vida una línea: la recta, porque es la línea de la justicia».

Así escribía Esther Montes de Oca el 13 de agosto de 1958, justo un año después del asesinato de Sergio y Luis Saíz, en epístola dirigida a Radio Continente en Venezuela, y que fuera leída ese mismo mes con la intención de dar a conocer el crimen.

Los hechos ocurridos en la villa de San Juan y Martínez fueron condenados en toda la Isla. Intentaron silenciar con la muerte de Luisito y Sergio no solo dos cuerpos en plena juventud, sino el ímpetu, la alegría, y las ideas de los hijos más decorosos que tuviera este terruño.

Sus testimonios, pensamientos y el legado político, textos como ¿Por qué luchamos? y ¿Por qué no asistimos a clases?, trascendían su época, para convertirse en cantera fecunda de los jóvenes de este país.

Un disparo primero, el otro después, apenas a unas cuadras del hogar en el que reposan el padre abogado y la madre maestra. «Mataron a los hijos del juez», vociferan unos; el correteo es incesante, la Casa de socorro un hervidero. Eran queridos estos muchachos en su pueblo.

Acompañan los féretros una multitud que no tiene igual, solo comparada ahora con la peregrinación que cada agosto llega hasta el cementerio municipal a rendirle honores.

Esther vivió 105 años. Por estos días cumpliría la madre y maestra de muchos sanjuaneros 106, mas no se recuerda con tristeza a la mujer que abrió las puertas de su casa a las nuevas generaciones; y en el ocaso de la vida, cuando la mente hace de las suyas, guardó un espacio para sus niños y la ocurrencia de unos versos sin igual.

¿De qué sirve el tiempo cuándo han matado a tus hijos?, podrían preguntarse algunos.

«(…) no importa que para besarlos como miles de madres cubanas, tenga que hacerlo a través del frío mármol de la tumba; (…)¡No!, porque aún así, en esta ruina humana en que el dolor y la desgracia nos ha convertido, (…) habrá como en las minas viejas, en su padre y en mí una veta que explotar, y esta será de fortaleza y valor para poder luchar, vivir y … esperar que la luz se haga en el horizonte de mi patria, que la libertad y la justicia sean una realidad tangible… entonces el sacrificio de mis hijos no habrá sido inútil.

« (…) no dejaré que el dolor me amilane, viviré, no feliz pero sí orgullosa, más orgullosa aún que antes, de ser la madre de Luis y Sergio», plasmó en su carta.

Y así rompió el silencio y la crueldad del parte oficial con el que sellaron los hechos de 1957: «En el pueblo de San Juan y Martínez fueron muertos al repeler una agresión hecha por la fuerza pública, dos sujetos, que resultaron ser vecinos de aquel lugar».

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