El abrazo más alto - Cuba

El abrazo más alto

En un bojeo por las intensidades sentimentales y físicas de un mes cumbre, como ha sido este agosto, justo en el año en que la Asociación Hermanos Saíz arriba a sus tres décadas, no podrían faltar las resonancias del tradicional peregrinaje de la vanguardia artística joven, siempre colmada de fidelidades, a lo más empinado de Cuba

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Con prisa audaz, entre días memorables, un calor por momentos delirante y su relajada apariencia, mixtura de ropa deportiva, traje de baño, descanso de vacaciones, televisor «olímpico» y tentación por el carnaval, agosto ya va descendiendo del calendario. Nos hace un guiño de mozalbete extrovertido y se da nuevamente a la más sutil de las fugas, provocándonos esa inquietante sensación bajo la cual muchas veces deliberamos: ¡Caballero, cómo se va el tiempo!

Pero eso no podrán decirlo así como así, sin que se fragüe un bojeo a las intensidades sentimentales y físicas de un mes cumbre, los jóvenes escritores y artistas de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), siempre afanados y conexos entre buenas ideas, en el año en que la organización arriba a sus tres décadas, y agosto, como ya es tradición desde hace más de un lustro, ha vuelto a ser brújula y compás para un redescubrimiento por lo más alto de Cuba, suerte de singular  periplo a ciertas honduras espirituales, más allá del arresto que supone el tránsito por caminos largos y difíciles, y las sinuosidades propias y superables de toda obra firme.

Estábamos convencidos de que seríamos los primeros en cantarle las felicidades a Fidel en el día de su cumpleaños desde lo más elevado de la Isla. Foto: Liesther Amador González

Y para mayor casualidad, es este reportero, como la AHS, un treintañero deseoso de columpiar nuevas experiencias a la altura misma del Turquino, en una señaladísima curva del «alma... naque» —como jugara una vez en uno de sus textos un admirado colega—, llena de plenitudes y deseos de hacer, que convida a buscar la conquista de nuevas cúspides en la multiplicidad misma de la vida, por encrespadas y abruptas que estas sean.

Invito entonces, como cofrade que cuenta, a irnos de «viaje», y deje usted que a agosto le queden pocos días. Llevemos la carga necesaria, tampoco vayamos tan ligeros. Propongo apretar el paso por las jornadas poderosamente energizantes de una treintena de jóvenes que, con la creación como fecunda impaciencia a cuestas, anduvo desde sitios emblemáticos de la tierra santiaguera, pasando por el punto más alto de Cuba, y llegando hasta predios de lo que fuera la Comandancia General de La Plata, un lugar de la Sierra Maestra al que no se podía faltar esta vez, porque hubo fechas que habitaron todo el tiempo y marcas «cerradas» que le confieren distinción a un peregrinaje colmado de fidelidades.

Primera parada

Santiago de Cuba. No podía ser otra la ciudad que sirviera de preámbulo a la escalada, ante tanta huella y evocación de Fidel entre su gente, con un Moncada siempre sugestivo que es hoy concurrencia simbólica de muchas generaciones, y al que no interesa cuántas veces se haya ido para volver a ir.

Por las calles de la villa indómita se le ofrece al visitante de modo elocuente el testimonio de lo que fue una ciudad rebelde. Basta con el andar resuelto por sus museos, como el dedicado a la figura de Frank País García, o el de la Lucha clandestina, en la histórica Loma del Intendente, o el de la Casa natal Antonio Maceo, o el memorial que recuerda a Vilma Espín Guillois, sitios en los que estuvimos.

Los primeros ocho kilómetros, hasta la Aguada de Joaquín, permitieron divisar una flora impresionante. Foto: Rubiel García González

Se me antoja creer que esa fuerza telúrica que a cada rato asusta y sacude la calma cotidiana de Santiago, quizá tenga alguna conexión, en los subterfugios de lo inexplicable, con las mezclas de religiones y creencias llegadas desde otras latitudes y los fuegos de un Caribe culturalmente inflamable y místico. Y expresión de ello es la Loma del Cimarrón, una altura con fuerte acento sincrético, hasta cuya cima llegamos en un supuesto ejercicio de entrenamiento en la antesala de «lo de verdad», como dijera uno de los camaradas de travesía, después de que todos le hubiéramos hecho, en su propio Santuario del Cobre, la procesión de fe y el pedido para el resguardo de amores a la Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba.

Pero Martí fue el primero de todos y cada uno de nosotros. Fue la inspiración que abrió paso a otras inspiraciones. Por eso fuimos a su encuentro al amanecer del primer día por aquellos lares, y frente a la tumba que guarda sus restos, en el cementerio de Santa Ifigenia, quedaron flores y silencios compartidos, como también quedó gravitando la esencia de las alertas que horas antes del encuentro con el Apóstol cubano, había sostenido el Maestro de Juventudes Alberto Lescay, a quien le preocupan las ingenuidades en el arte, la falta en ocasiones de un quehacer responsable en la asunción creativa, porque, como dijo, la depredación de la cultura puede ser la amenaza principal que se cierne sobre la Patria.

 

Los pobladores del lomerío, desde una humildad conmovedora, compartieron con la tropa bisoña, y hubo quien lo dio todo bailando al contagioso ritmo de Sonido Turquino, junto a Adrián
Berazaín, con el tema Estoy buscando una jevita nueva.

Los pobladores del lomerío, desde una humildad conmovedora, compartieron con la tropa bisoña, y hubo quien lo dio todo bailando al contagioso ritmo de Sonido Turquino, junto a Adrián Berazaín, con el tema Estoy buscando una jevita nueva. Foto: Liesther Amador González

 

Aquella primera noche de cordialidades y meditaciones en la fundación Caguayo para las Artes Monumentales y Aplicadas, acabó amenizada con la peculiarísima sonoridad de Adriana Assef y su grupo Boomerang, en una fusión de lujo que es puro bálsamo al oído. Sí, porque al oído se le pudieron dar más de una vez por esos días unos cuantos deleites, entre las canciones del trovador Adrián Berazaín, la contagiosa armonía del grupo D’CoraSon, llegada por intermedio de dos de sus integrantes, Vicente y Alejandro, y hasta la simpática y cubanísima propuesta de Eduardo Sosa, quien se unió con nosotros a intervalos y devino plato fuerte, junto al Ballet Santiago como expresión danzaria invitada, y varios artistas del patio, en un canto joven a Fidel.

No me equivoco si afirmáramos que este ascenso al Turquino fue, al tiempo de muchas otras realizaciones, una ruta por ecos martianos, desde la dimensión y la altura que cada uno supo darle a los momentos de encuentro con la memoria del más universal de los cubanos.

Se tuvo el privilegio de estar en Remanganagua; y en el cementerio de este pequeño poblado, que da la sensación de estar atrapado por el olvido, pusimos la cabeza al pie de la estatua que perpetúa el primer enterramiento del Apóstol y donde quedaron sepultados algunos de sus órganos, entre estos el corazón, lo que explica el ritual de nativos y visitantes de aguzar el sentido de la escucha pegados al suelo para apreciar los pálpitos del Apóstol.

Con ese simbólico latido prendido de uno, se nos hizo mayor entonces el aliento por arribar a la cima ansiada, y encontrarnos con el Martí de lo más alto de Cuba, a 1 974 metros sobre el nivel del mar.

Bayamo, Bartolomé Masó, Providencia, Santo Domingo. Ya estábamos listos, había llegado la hora de subir, y para poder emprender el ascenso en la madrugada del día 12, acampamos en el centro de pioneros exploradores Ramón Paz Borroto, primera institución de su tipo en el país inaugurada por Fidel hace tres décadas y media, que para tristeza nuestra lleva más de un año cerrada y está sumida en un lamentable abandono. Por lo que nos comentó su director, los organismos responsables no acaban de actuar con la destreza que amerita el rescate de un plantel como este, esencial para la formación integral de los alumnos en las edades tempranas.

Los pobladores del lomerío, desde una humildad conmovedora, compartieron con la tropa bisoña, y hubo quien lo dio todo bailando al contagioso ritmo de Sonido Turquino, junto a Adrián Berazaín, con el tema Estoy buscando una jevita nueva. Foto: Liesther Amador González

«¡Arriba, de pie; cuatro de la mañana!», exclamó como un reloj despertador a viva voz la entusiasta Damaris, quien junto al fotógrafo santiaguero Rubén Aja y el escritor Yanser Fraga, hasta hace poco vicepresidente de la AHS, se quedarían en la retaguardia garantizando el envío de algunos víveres en mulos y al cuidado de los pertrechos que dejaríamos en el campamento.

La sierra más empinada del archipiélago, cual Maestra de hazañas únicas y paisajes casi indescriptibles, seductora hasta cuando entrecorta, en sus trillos más entreverados, el sollozo de la respiración, al fin nos acogía. El desayuno, bien rápido y ligero; el camión, un superKamaz de triple tracción.   Y ya en movimiento, los primeros gritos ante la emergencia puesta a mitad de una pendiente más que peligrosa. Por fin hemos llegado al Alto de Naranjo, el punto de partida para los dos senderos turísticos del Parque Nacional Turquino. Comenzaba aquí lo mejor de la aventura.

Cimarrón erectus

Quienes han subido al Turquino por Santiago se atribuyen el mérito —creo que merecido— de haber conquistado esta altura por el acceso más complejo, en el que todo el tiempo estás subiendo por aproximadamente 11 kilómetros, y hay que vencer esa distancia dos veces, en la ida y en la vuelta, durante el mismo día.

Pero por Granma el recorrido alberga una lectura mucho más reposada, tendida al natural, aunque no exenta de rigores físicos, porque vas moviéndote entre cuestas y descensos, por caminos extremadamente húmedos, escalones de madera y dúctiles pasamanos, chocando con caprichosas raíces y repentinos acantilados, sorteando el fango si te sorprende una llovizna.

Según nos explica Oilé Álvarez Álvarez, un experto conocedor de la zona, subdirector de Actividades del centro de pioneros exploradores Ramón Paz Borroto, con más de diez años remontando con bastante frecuencia estos senderos, los primeros ocho kilómetros del recorrido, hasta la Aguada de Joaquín, son una provocación al goce ante una diversidad de la flora y la fauna impresionantes, pues se pueden observar numerosas especies en extinción, como la sabina, el tocororo, la cartacuba y algunos tipos de carpintero.

Contando con locuacidad, alertándonos de los temores que acompañan casi siempre a los neófitos, e insistiéndonos desde la misma partida que no se trata de una carrera de velocidad, sino de un empeño de resistencias, va también el «Turquinauta», como muchos le dicen por su blog homónimo al granmense-camagüeyano, ahora habanero, Rafael Cruz Ramos, profesor de la Escuela Superior del Partido Ñico López, quien acumula, con este, la experiencia de 49 ascensos y destaca que en la andanza por estos lugares entran en una convergencia única tres elementos esenciales: lo geográfico, lo histórico y la sorprendente biodiversidad del área.

El Turquinauta, y otros diestros en estos menesteres, va desbrozando con agilidad el trayecto, solo anticipado por una triada de artistas de la plástica del santiaguero municipio de San Luis, que ni en broma le han permitido a nadie que les ganen.

Mientras una pequeña vanguardia busca llegar primero, hay una mayoría, ya sudorosa, que va marcando su paso, sosteniendo alguna que otra fatiga de aturdimiento en los gemelos, o un calambre que por momentos te paraliza. Pero «Vamos, vamos, no paren. Descansen un poquito y sigan», nos dice el incansable Labrada sin echar a un lado el jaraneo, quien, como buen administrador de su Almacén de la Imagen, un evento que cada año desde Camagüey se convoca para pensar en lo mejor del audiovisual, economiza casi a cuentagotas un brebaje de enigmática procedencia para su sostén y la asistencia a los casos más críticos.

No supimos nunca la composición química del producto, pero de su efectividad resucitadora y su reactivación casi instantánea no hay dudas. Y de ello pudiera dar fe el profe Antonio Berazaín, el más longevo de los invitados de la tropa, con 64 abriles, pero el más ágil de pensamiento, vicerrector docente del Instituto Superior de Diseño Industrial (Isdi), y uno de los dos escritores del programa humorístico Vivir del cuento.

«Cimarrón erectus» vocifera el que por azar se ha colocado en la avanzada del grupo. Y agárrate para lo que viene: una loma que es mejor no mirar donde termina. A esa hora uno se echa un caramelo en la boca, toma un buche de agua o de refresco, y coge fuerzas, porque hay que seguir.

Por suerte van descontándose kilómetros, y en los rústicos parques con asientos de palo que permiten un descanso momentáneo, la gente se oxigena y libera tensiones por sí solas. Todo el mundo acompasa su cansancio sin que haya necesidad de mayores trascendidos ni urgencias por las que llamar a Lezama, el doctor del grupo, un escritor contramaestrense ya graduado de Medicina, quien ahora inicia su especialidad de Ginecología, que cargó con todo lo necesario para los primeros auxilios. Y por ese trinomio de médico general, escritor y ahora ginecólogo, los más jodedores presumían que en su consulta seguramente había que abrir las piernas para aliviar el dolor de cabeza.

Cuando por fin llegamos a la Aguada de Joaquín ya estaba vencido el trayecto más largo, aunque no el más difícil. Allí recargamos pilas, descansamos esa noche y estuvimos con abrigos antes de las cinco de la tarde, mientras en La Habana, Santiago y Villa Clara la gente, a esa misma hora,  estaba a punto de la asfixia.

Por encima de lo conocido

La Loma de Joaquín fue nuestro desayuno de ascenso el día 13, en la fecha esperada. Los más experimentados sugirieron que era mejor no ver aquel accidente de más de 800 metros todo el tiempo hacia arriba, que debe su nombre a uno de los dos campesinos de la zona que, en su escalada al Pico Turquino a inicios del siglo XX, ayudó al naturalista sueco Erik Leonard Ekman, considerado uno de los investigadores que más ha aportado al conocimiento botánico de la Isla.

Con las linternas de los celulares, unas lámparas de mano y algún que otro farolillo portátil, se dio el primer aventón, hasta que poco a poco fue aclarando y ya la marcha se nos hizo más fluida. Lo más complicado de este tramo fue el Paso de los monos, por lo resbaloso del terreno. Pero se nos hizo un trayecto disfrutable, en el que comenzamos a sudar mucho antes de que llegara el amanecer. Hubo primero una apariencia de día nublado, y después el Sol a intervalos, con una amenaza de lluvia que se nos tornó impertinente más de una vez.

Cuando los últimos de la tropa asomaron al pequeño escampado de la cima, en el que se erige el busto de la autoría de la escultora Jilma Madera, que se llevara hasta ese sitio en 1953, era todavía bien temprano, y estábamos convencidos de que seríamos los primeros en cantarle las felicidades a Fidel en el día de su cumpleaños desde lo más elevado de su Isla-Revolución, e insuflarle toda la buena vibra en un canto joven frente al Maestro, del que siempre ha llevado sus doctrinas en el corazón.

Tras las palabras de Rubiel García González, el presidente de la AHS, quien habló del afectuoso gesto de llegar hasta allí aquel día, y la necesidad de seguir prodigándole empeños a nuestra Patria desde la cultura, sobrevino el abrazo colectivo, con el futuro como meridiano, en la latitud de las batallas simbólicas que nos desafían. Y el trovador cantó «por encima de lo conocido», y nació la foto emblema, la que inmortaliza cada subida, y fueron decenas los selfis con Martí a un costado de la pantalla del móvil, como también muchas las imágenes tomadas en nuestra visita, a la siguiente mañana, a la Comandancia de la Plata, donde Fidel estableció su base guerrillera, desde la cual los combatientes rebeldes enfrentaron la ofensiva de la tiranía, en 1958, y partieron a cumplir misiones en el llano.

¡Qué días para invocar el entusiasmo! ¿Cómo desentendernos de la humedad sentimental que aún provoca nuestro viaje lluvioso, casi a punto de oscurecer, rumbo a La Platica, esa comunidad en medio del lomerío, que le dio abrigo a la tropa bisoña en la noche de este 13 de agosto, y compartió con ella, desde una humildad conmovedora, la congratulación cultural de los artistas al estratega mayor, que no fue más que llevar los juegos, el drama y la música hasta allí, y cultivar las sonrisas de niños y no tan niños en un paraje-cuna de la Revolución? ¡Cuánto desprendimiento guajiro en cada trato! ¡Que nadie se resista ahora y diga que no echó su pasillo, o al menos zumbó para sus adentros, con el campechano tumbao de Sonido Turquino, ese cuarteto nacido de la propia destreza de la gente intramontana, que mediante acordeón, maraca, tumbadora y güiro puso a bailar con el hit del momento en todo aquel lomerío, y un estribillo de simpática exhortación a cambiar de amor y buscar «una jevita nueva»!

Nos quedamos sin saber qué pasó con Alberto, en el protagónico de una singular radionovela que, cuando el silencio caía en los lugares donde pernoctábamos, intentaba mantenernos la tensión del buen carácter y provocar la risa.

Ya agosto se disipa, y esperamos que con él amainen los calores y estos violentos soles que a ratos pesan. Pero quedan el abrazo, los arrestos de un agosto intenso y de fuerza joven, con experiencias para contar y embriagarnos de ella, y seguir creando, porque el arte es eso: un eterno pacto de fundación.

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