Lecciones que no cayeron de la luna

En las aulas rurales cubanas hay montañas de vivencias que erizan y sorprenden. En ellas deberíamos mirarnos cada septiembre y cada segundo de la vida

Autor:

Osviel Castro Medel

GUISA, Granma.— «Maestra, tenga cuidado por esos trillos, que por ahí sale un gato negro; es enorme», le alertaron.

Antes le habían hablado de fantasmas, de alguna aparición celestial y de otros mitos, propios de algunos parajes del campo cubano; pero Nancy Cancel Infante no se preocupó por eso y emprendió la marcha hacia la escuelita de Los Lirios, ubicada donde parece terminarse el mundo.

«Yo no pensé que quedara tan... tan lejos. Tuve que cruzar 24 pasos de ríos y cañadas. Me fui a pie, con la mochila llena de manteca, comida y especias porque había que reforzar la alimentación. Claro que no vi gato alguno. Llegué extenuada, casi cinco horas después de la partida, con los zapatos semirrotos, pero feliz», cuenta esta educadora que ha pasado más de cuatro décadas en las aulas.

Esa travesía resultó menos dura que aquella en la que se extravió y necesitó retroceder varios kilómetros o en la que le prestaron un mulo para recorrer parte del trayecto y, por la falta de práctica, terminó adolorida, casi sin poder levantar los pies.

Tales experiencias transcurrieron cuando, como integrante del contingente pedagógico Sierra Maestra, fue enviada durante un curso escolar a ese sitio de los lomeríos de Guisa. A sus 59 abriles, no las olvida porque encierran la esencia virtuosa de una profesión que deberíamos homenajear siempre y no únicamente durante los primeros días de septiembre o cada 22 de diciembre.

En todos estos años bordó otras historias lindas en numerosos centros docentes de nuestras serranías; pero si ella tuviese que elegir se quedaría con las que ha vivido en la escuela José Ramón Vázquez Rabí, donde trabaja hoy, porque fue precisamente allí donde recibió sus primeras clases, cuando tenía siete años.

En ese colegio rural, de cinco aulas, con un techo de madera que data de 1963, Nancy comenzará mañana otro curso escolar y lo hará convertida en referencia y espejo para sus compañeros de magisterio, quienes trabajan con el método del multigrado. Sin embargo, es preciso que su novela de vida se conozca más allá de la geografía del Corralillo granmense, el lugar donde creció y vive actualmente.

Un río que habló

El mismo duende que ha guiado a Nancy parece haber encauzado a Nelson Castillo Beltrán, quien este 5 de septiembre iniciará, en la escuela Guillermo González Polanco, en las serranías de San Pablo de Yao (Buey Arriba) su curso escolar número ¡47! como maestro.

Él también padeció fríos en el estómago para poder vencer la larga ruta, que implicó madrugadas durmiendo en una repisa, meses fuera de la casa, noches de preparación a luz del candil, aguaceros que le empaparon hasta los huesos y trances muy cercanos al peligro.

«Empecé a impartir clases en la primaria, a los 18, cuando algunos alumnos tenían mi edad prácticamente y desde entonces ha llovido mucho… Antes, el mayor adelanto de la técnica era un simple radio; hoy hay celulares, computadoras, televisión y más; sin embargo, tenemos el reto de lograr la misma unidad de aquellos tiempos», delibera este hombre de 64 años.

Ahora, mientras mira las cinco aulas de la escuela que a partir de mañana acogerá a 115 alumnos de primaria, Nelson recapitula la tarde en que recorrió kilómetros en mulito debajo de un aguacero, ansioso por retornar a casa después de un mes de ausencia a causa de las faenas educativas.

«Cuando ya llegué aquí, a San Pablo de Yao, el río me dijo: “No, compay, por aquí usted no va a pasar”. Estaba crecido, bramando, y tuve que pedir alojamiento a un campesino en la otra orilla».

Según él, un maestro rural tenía en aquella época «una autoridad inmensa. Hasta para arreglar divorcios te buscaban. Eras una personalidad en las comunidades».

«Había menos pedagogía, los alumnos tenían más miedo escénico, menos vocabulario, menos medios de aprendizaje», reconoce, «pero en general también había más amor por la profesión».

Nelson es dirigido hoy por una muchacha de 31 años, Yailín Martínez Montero, quien dice que todos los días aprende de él y de otros maestros veteranos.

«Cuando se bebe de la sabiduría de estas personas que trabajaron en condiciones tan difíciles y que hoy se mantienen activas a pesar de los pesares, una se llena de oxígeno y de deseos, algo que necesitamos mucho los jóvenes».

Lágrimas y peces

Entre lomas laten también relatos graciosos, como los de Rosel Castillo Pupo, hoy metodólogo en la cabecera de Buey Arriba, quien impartió lecciones en La Habanera, un sitio intrincadísimo de ese municipio. Hace muchos años, mientras dormía en la noche, sintió un ruido extraño que sacudía las yaguas del modesto bohío y se aproximaba ya a su hamaca en medio de las penumbras: era una vaca.

«El susto fue grande, pero después aprendí a convivir con eso y con la luz de la luna que penetraba el techo de tejas plásticas», rememora.

Palpitan narraciones conmovedoras, como las de Nereida Sánchez Camejo, de 47 años, directora zonal —lidera a los trabajadores de cuatro escuelas— en la región aledaña a Yao Centro, Buey Arriba. (Por cierto, los 22 docentes que laboran en esos cuatro centros dispersos son mujeres, una tendencia en las comunidades rurales).

Ella nunca olvida, por ejemplo, que durante ocho meses de convalecencia de su mamá, los padres de los alumnos y hasta los mismos niños la ayudaron en cada una de las tareas domésticas. Y cuando llegó el día fatal le dieron palmadas en el hombro, la besaron para consolarla y la animaron a seguir luchando.

Otra que tiene narraciones que estremecen es Rosa Vázquez Rosabal, a quien en sus cinco décadas y media de existencia nunca la habían emocionado tanto como el curso pasado, en el que conoció de cerca a una alumna de muy bajos ingresos económicos que cursaba el sexto grado en la escuela Guillermo González Polanco.

«Se encariñó mucho conmigo porque tenía problemas docentes, que ayudé a resolver. Su gratitud fue extraordinaria y quiso regalarme algo como muestra de su afecto; me obsequió un pececito de colores dentro de un modesto pomo, un gesto que me sacó las lágrimas».

Y está el testimonio de su compañera, Maritza Pérez Beltrán, de 46, quien fue sacudida hace cuatro años por la nobleza de 18 niños a los que impartió clases ininterrumpidamente desde primero a sexto. «Uno de ellos tenía trastornos en el lenguaje y aprendió a hablar casi a la par de la lectura. Cuando se marchó junto a los otros sentí un vacío tremendo».

Epílogo

Todos estos educadores, nuevos y veteranos, confiesan que desde hace varios días sienten un «bichito» por la proximidad del curso. Y que mañana estallará algo dentro de sus almas.

Nelson Castillo, por ejemplo, apunta que después de julio de 2017 puede ser que se jubile y no se imagina cómo será la vida sin el aire bendito de las aulas.

«Lo único que he hecho en la vida es hacer crecer a mis alumnos, sacrificarme para eso como muchos otros maestros. No hay nada más lindo que un alumno tuyo, de aquí de estos montes, te salude en cualquier lugar de la ciudad o del campo y te diga: “Maestro, soy médico” o “Maestro, soy ingeniero”». Algunos no saben lo que costó esto que tenemos hoy en nuestra educación. Eso no cayó de la luna, lo forjaron mujeres y hombres a base de sacrificios y merece cuidarse hasta el último día».

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