Travesías de un soldado centenario desconocido

El aliado más valioso de Estados Unidos en las Américas durante la II Guerra Mundial, con la excepción de Canadá, fue Cuba. Así lo confirma el historiador de la Marina de ese país, Almirante Samuel Elliott Morrison

Autor:

Hugo García

Matanzas.— El 1ro de septiembre de 1939 fue un día de los más felices para Cheo. Con el folio número 89, la Capitanía del Puerto de Matanzas le otorgaba el carné de mar. Con 29 años de edad se adentró en un mundo que amaba desde niño, pero que profesionalmente no conocía. Antes había sido carpintero de ribera o ebanista, chofer, trabajó en una gasolinera… de todo un poco.

A partir de ese momento vendrían días azarosos, tormentas, dichas, aprendizaje de la vida de marinero, el enrolamiento en numerosas embarcaciones mercantes, y la separación por meses de su tierra y familia.

«La vida de marinero es dura», confiesa. «Pero es una profesión hermosa y aventurera», sonríe.

José Julio Puig García es una historia viva especial. Ahora, con «apenas» 106 años de edad (nació el 16 de abril de 1910) nos impresiona sobremanera por su lucidez para contar historias marineras, sobre su vida de motorista con una Harley Davidson, o de su familia y amigos… Hay mucho que rememorar en más de 38 000 días vividos.

«No sé por qué uno llega a esta edad. No es porque uno quiera, sino que la naturaleza te dota de condiciones para tener una buena salud y la suerte te acompaña para no sufrir accidentes u otros percances», comenta.

De mediana estatura, recto de carácter, y con gran dominio del idioma, Cheo se levanta de un sillón, sin ayuda, y en la pared de su izquierda nos enseña una fotografía enorme en la que aparece junto a su moto como miembro del Club de motoristas Luis Breto.

«Pero tú viniste a otra cosa, ¿no?», indaga. «Sí, pero nos interesa la historia de su hobby por las motos clásicas», le confirmo.

«La Harley la compré nueva de paquete, era una joya, yo sólo la arreglaba, aunque nunca se averiaba. Claro, no se la prestaba por nada del mundo a nadie, porque no la cuidarían igual y podrían romperla. Fui amigo de los Breto, dueños de la agencia Harley Davidson en La Habana, y en  la Florida conocí a los hermanos Harley y Davidson».

CAMINO AL MAR

«La marinería me gustó desde muchacho, hasta que me presenté en la Casa Consignataria para que me enrolaran en esos viajes cuando hiciera falta. A Matanzas venían muchos barcos de diferentes banderas y a veces alguien de la tripulación abandonaba el viaje. Un día me sorprendieron al llamarme para si estaba dispuesto a ingresar de tripulante de un barco griego. Realmente no era experto en nada del mar, pero me adiestraron como timonel, y en esas faenas pasé muchas horas sin ver tierra firme.

«En plena II Guerra Mundial navegábamos con mucho cuidado. La mayoría de las veces la carta de navegación la entregaban en el puerto en un sobre sellado y solo se abría en alta mar. Por medida de seguridad no sabíamos a dónde nos dirigíamos, pues a cada rato se detectaba algún espía de los nazis.

«Andando la conflagración bélica viajé a muchos países; fui varias veces a Tampa, Nueva York y otros puertos norteamericanos, y atravesé el Canal de Panamá. Siempre íbamos varios barcos transportando azúcar cubana u otras mercancías, pero navegábamos custodiados por guardacostas y embarcaciones de guerra cubanas y norteamericanas.

«Eran tiempos difíciles. Cuando uno atracaba en los puertos —lo mismo en cafeterías que prostíbulos— había letreros que decían “Una palabra hunde un barco”, pues usaban cualquier mecanismo para sacar información. En la borrachera de los marineros conseguían datos sobre a dónde se dirigían y qué se iba a hacer. Era una época en la que todo valía; la guerra es así.

«¿Que si no sentía miedo? ¡Pues claro que sí! Desde que ponía los pies en la cubierta de una embarcación sabía el peligro que me rodeaba. En ocasiones navegábamos 15 ó 20 barcos de diversos calados, custodiados por la aviación de Estados Unidos y muchas embarcaciones nos patrullaban.

«En las noches era difícil navegar. Lo hacíamos a oscuras o a media luz para no ser avistados y nadie podía fumar en la cubierta. Era difícil la vida de marinero porque la mayoría de las veces debíamos permanecer en el puesto de trabajo todo el viaje. Si no te gusta la vida en el mar, todo es complicado.

«Sabíamos que los submarinos alemanes navegaban cerca de Cuba, estaban por todas partes y eran audaces en sus maniobras. En esos años de guerra la información era poca y por telegrafía. Muchas veces los marineros no se enteraban de lo que pasaba porque se podía crear caos y abandonar el trabajo.

«Nos enteramos que habían hundido varios barcos mercantes cubanos o con mercancías cubanas, y que un barco nuestro había hundido un submarino enorme de los alemanes».

Cheo hace una pausa en el diálogo mientras anda por la enorme casona del Consejo Popular Pueblo Nuevo, en la ciudad de Matanzas, auxiliado por un andador o bastón. Lee perfectamente y recuerda sus andanzas como marinero y motorista. «Para tener 106 años de edad me siento en perfecto estado de salud y en buenas condiciones mentales», confirma aunque es evidente.

SOLDADO DESCONOCIDO

Quiero saber qué le inquieta a este centenario a prueba de todo. Y él me responde su preocupación. «Que nunca se me haya reconocido por la instancia correspondiente mi condición de Veterano de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de las siete décadas de concluida la contienda, nadie ha distinguido mi estatus. Al estallar la ofensiva y declararle el gobierno de los Estados Unidos la guerra a Alemania, igual lo hizo el gobierno de Cuba de aquella época, integrándose a la alianza que se creó contra el fascismo. Fuimos trasladados a los Estados Unidos y nos subordinamos bajo las órdenes de la alianza, liderada en América por ese país.

«Navegué trasportando mercancías de toda índole a favor de la causa anti-nazi que defendíamos y fui asediado frecuentemente por unidades de la marina alemana», dice.

Su condición de marinero de la Marina Mercante de Cuba la acreditan documentos originales bien conservados como el carné de mar, el de la Marina de Guerra de Cuba, de su residencia temporal en Estados Unidos por la labor que desempeñaba, y comprobantes de barcos en los que navegó desde el primero de junio de 1942 hasta el 31 de mayo de 1945, durante la guerra contra los Imperios de Japón e Italia y el Reich Alemán.

Cheo camina por el largo pasillo. Luego pide sentarse en un sillón en el pasillo exterior, al final de la deteriorada casona. Queda en silencio. Quizás evoca el cariño de su familia y amigos, o navega no se sabe por cuál de los mares, razones sin las cuales no pudiera aferrarse tanto a la vida.

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