El dolor sigue mordiendo

Crimen que no se ha olvidado,justicia que pide un pueblo, familias que aún sollozan sobre fotos y recuerdos

Autor:

Yunet López Ricardo

Eran sus ojos rasgados

hechos con vidrios de cielo,

y dos guerreros ariscos

se volvían sobre el ruedo

de los rostros que se ocultan

y las espadas de acero.

Con 22 primaveras

en la esgrima floreciendo,

Nancy avanza, se estremece

y extiende el brazo ligero

en un ataque impasible

cuando su florete inmenso,

igual que un rayo de luz

se estrella en el otro pecho,

y le deja una medalla

que es como un sol en el cuello.

 

Feliz por esa victoria

en un país extranjero

y las inquietudes suaves

de quien le crecía dentro,

y desde hacía dos meses

le volvió una cuna el pecho,

la muchacha revisó

una vez más su boleto,

y en un avión de Cubana

embarcó todos sus sueños

de tetes y de pañales,

compotas, cuna y muñecos,

un seis de octubre que ahora

es un grito de silencio.

 

Hasta ese que parecía

un viaje de risas lleno,

subieron también las sombras

de hombres de espíritu enfermo,

que tienen ojos feroces,

aciagos, fríos y negros,

y apagaron con dos bombas

a aquellos mismos, aquellos

que eran guerreros ariscos

hechos con vidrios de cielo.

 

Luego de ocho minutos

hasta las nubes subiendo,

el CU-455

con 73 anhelos,

igual que un pájaro herido

se estremeció con mareos,

por un flechazo cobarde

que fue un lamento del hierro.

Heridas, pánico, gritos,

humo, rostros descompuestos,

intentos por respirar

entre los puños del fuego,

quemaduras hasta el alma,

y en las nubes, el infierno.

 

Segundos que fueron años,

sollozo de minuteros,

tristeza que se dilata,

Nancy, aferrada a su asiento,

las dos manos en el vientre

los dos labios de tos llenos,

alguien a su lado empieza

a rezar un Padre Nuestro.

Liberó su cinturón,

caminó pasos inciertos,

sintió miedo y sintió frío

estando en un horno yermo,

y pensó en el pedacito

de luz que llevaba dentro,

en el camino a su casa,

la voz de su padre tierno,

los retratos de su boda,

la madre que estaba lejos,

y el esposo que esperaba

para llenarla de besos.

 

Indolentes, sanguinarios,

como verdugos a sueldo

pasaron cinco minutos

que parecieron eternos,

Hasta que otra bomba

en el baño de pasajeros

subió al pájaro entre llamas

otros angustiosos metros,

para dejarlo caer

cargado de tantos sueños,

de esposos, padres e hijos,

madres, amigos y abuelos,

como una estrella en el mar,

moribunda y sin remedio…

 

Y aunque han pasado los años

el dolor, un lobo fiero,

sobre la carne del llanto

sigue mordiendo y mordiendo.

Crimen que no se ha olvidado,

justicia que pide un pueblo,

familias que aún sollozan

sobre fotos y recuerdos.

Pero los padres de Nancy,

como dos huérfanos viejos,

la acarician desde un cuadro

como arreglándole el pelo,

y la miran otra vez

alzar su brazo ligero,

y a su espada hecha de luz

estrellar en otro cuerpo,

y la contemplan feliz,

sobre el podio sonriendo,

brillando desde unos ojos

que son dos vidrios de cielo,

cuando ella le puso a Cuba

otra medalla en el pecho.

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