Lo que salvamos

Autor:

Marianela Martín González

Estar vivo es un milagro. No hay otra conclusión cuando detrás del asombro podemos detenernos en los números, en las torceduras, en los mordiscos que Matthew hizo a las cosas, muchas de ellas de gran valor. Muchas más fuertes que nuestra frágil anatomía.

Ya sin la incertidumbre de vivir la más larga de las noches, sin el rugir del viento y la humedad de la lluvia en los huesos y el alma, miramos, tocamos, abrazamos tiernamente aquellas esencias que el huracán nos «perdonó»: los hijos, los viejos, los perros, el árbol donde recostábamos el taburete para aliviarnos del calor y las preocupaciones... nos vemos a nosotros mismos.

Respirar es un milagro; y entonces miramos con alegría —hasta con euforia— las cosas que salvamos, porque antes de que el vendaval impusiera su presencia brutal, el sentido común, la inteligencia y la pasión colectivos ubicaron en sitios seguros a los más vulnerables.

Mucho antes de que el embrión de esta bestia de la naturaleza se formara en el océano, sabíamos que vivir era ese milagro que ahora celebramos, a pesar de que el porvenir nos lacere hora tras hora preguntándonos qué hacer para vivir dignamente, luego que el huracán arrasara con los bienes que adquirimos en el transcurso de nuestras vidas.

Ahora miramos consternados todo cuanto el ciclón despojó de belleza y función. Observamos absortos las huellas de su irreverencia con lo que cuidábamos sagradamente, todo aquello que su furia burló. En medio de esta oda a la vida, miramos con dolor porque ellas eran parte de nuestras existencias, costaron sudor y desvelo. Eran recuerdos de seres queridos, abrevadero de nostalgias, suspiros y amuletos para andar.

Matthew con su ADN repleto de códigos para engullirnos dejó la consternación, mientras revuela a otros sitios donde sembrará muertes, allí donde habite el descuido por el ser humano. Ya se alejó de nosotros, pero igualmente nos duele su asecho a la existencia.

Sus garras alevosas serán recuerdos, amarguras del pasado, leche derramada, si con la misma responsabilidad y humanismo con que nos preparamos para su llegada, asumimos sus destrozos.

Hay ahora miles de huérfanos de comodidades y hasta sin techos, y una siquis que los llevará constantemente del desamparo a la maravilla, cuando se vean y toquen, aunque extrañen sus bienes materiales.

Habrá que hacer sacrificios. Tal vez postergar proyectos que eran esperanzas. Ese es el precio de existir en el camino predilecto de los huracanes. Ese es el derrotero de vivir en un país donde el desamparo debe anularse con el amor de todos. Es la razón de una Revolución que desde su génesis juró no dejar a nadie a su peor suerte.

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