Los nietos de Barbados - Cuba

Los nietos de Barbados

Siempre faltó su presencia en casa. Crecieron sin su cariño, sin el ansiado abrazo y la bondad que fue segada para siempre un 6 de octubre. Sin embargo, en la memoria de estos jóvenes vive, como detenida en el tiempo, la imagen tierna de los abuelos que no conocieron

Autor:

Juventud Rebelde

Camilo Rojo Morales

Un hecho que espera justicia

Tengo 21 años de edad y soy graduado de técnico medio en Informática. Actualmente cumplo el servicio militar en la Dirección General del Cuerpo de Bomberos. Soy nieto de uno de los Mártires de Barbados, Jesús Rojo Quintana, quien fue vilmente asesinado en la voladura del avión de Cubana de Aviación, el 6 de octubre de 1976.

Siendo niño, siempre me llamó la atención la ausencia de mi abuelo paterno. Fue una interrogante que me hacía entonces y un día le pregunté a mi papá por él, por qué no estaba, qué había pasado y cómo era. Recuerdo que mi padre se sentó conmigo y hablamos como dos buenos amigos.

En esa conversación me explicó muchas cosas muy tristes. Me aclaró que el cuerpo de mi abuelo no había aparecido y quedó en el mar. No pudo encontrarse, como ocurrió con Camilo, cuyo nombre llevamos nosotros también.

Ese encuentro marcó un sentimiento profundo en mi vida, al saber lo mucho que también habían sufrido mi abuela y mis tíos. Recuerdo que un día nos bañábamos en la playa y le pregunté a papi: «¿Cuando estamos en el mar, estamos con el abuelo?». Aquella pregunta fue muy fuerte para él, pero era como yo veía las cosas. Él respondió muy sereno que sí, que por eso le gustaba estar mucho rato en el agua. Terminamos el día y pude ver con claridad cuánto dolor había en mi padre.

Él siempre ha sido de carácter fuerte, exigente con los estudios, los buenos modales y la atención hacia las personas mayores. Creo que ha depositado en mí y mis hermanos ese cariño que le faltó, esa relación maravillosa de padre-hijo que él no tuvo.

Al terminar mis estudios de Informática, recibí un gran regalo de mi papá, realmente no lo imaginaba. Era el anillo de compromiso que usaba el abuelo, ya que cuando viajaba, como funcionario de Cubana, no le gustaba llevar prendas de ningún tipo. Este anillo quedó en manos de la abuela y lo usó mi papá mucho tiempo, después lo guardó y me lo entregó a mí. Era algo sencillo, pero con un gran significado; es algo que perteneció al abuelo ausente y que hoy llevo con mucho orgullo.

Uno va creciendo, madurando y siendo muy sensible al sufrimiento de la familia. Soy el mayor de todos mis hermanos y, a medida que han venido llegando mis queridos hermanitos, he cumplido con la tarea de aclararles muchas dudas. No faltará en nuestras vidas un 6 de octubre. No le faltarán al abuelo sus flores en el mar y no olvidaremos lo que ha pasado la familia y, en particular, mi padre. Es una huella imborrable.

Esperemos que se haga justicia. No creo que el crimen de Barbados sea historia. Es un hecho detenido en el tiempo, en espera de la justicia que tendrá que llegar, por mi familia y la de todos los familiares que perdieron a un ser querido en este horrendo crimen.

Bárbara Camila Rojo Morales

No faltará una foto de él en mi cuarto

Cada año acompañaba a mi papá, abuela y tíos al cementerio de Colón, junto a mi hermano mayor Camilo. Allí depositábamos una ofrenda y después papá nos llevaba al Malecón y lanzábamos una flor al mar. No me atrevía a preguntarle nada a mi papá, porque siempre notaba que él no era el mismo. Ese día estaba muy serio, callado, triste.

Cuando fui creciendo mi mamá y mi hermano cuidadosamente me empezaron a explicar.  Claro, yo no entendía por qué tenía dos abuelas y un solo abuelo. Un día me decidí a preguntarle directamente a mi papá. Con la inocencia de la niñez, me lo comí a preguntas. Luego de respirar profundo, con una caricia me dijo: «Tranquila, pequeña, que a medida que crezcas y estudies mucho podrás entender muchas cosas». Cuando llegué a casa y se lo conté a mamá, ella me abrazó y me repitió lo mismo: «Estudia, crece y podrás luchar con tu papá».

Pasaron diez años, cumpleaños, graduaciones de grado y mis soñados 15, pero el abuelo siempre estuvo ausente. Mi abuela paterna, Acela, siempre me recuerda que de los ocho nietos yo soy la que más me parezco, porque tengo los mismos ojos y el mismo biotipo y carácter de él, porque soy muy flaca y dicharachera.

Dicen que el abuelo era muy bonito, rubio, de ojos azules, flaco y buen tipo. Mi abuela siempre habla de él como su príncipe azul, y yo muy orgullosa de tener algún parecido. Duele no poder abrazarlo, ni sentir su mano en mi hombro. Nunca tuve ese afecto, ni el cariño de mi abuelo, no pude nunca oír su voz. Son tantos momentos los que hubiera podido compartir a su lado: mis logros, mis caídas, todo.

Hoy soy una estudiante de preuniversitario, con un poco más de conocimiento sobre lo ocurrido aquel 6 de octubre. He visto muchas imágenes, documentales, de lo que sufrió el pueblo de Cuba y los familiares de los demás pasajeros.

Cuánta tristeza me da ver a mi papá y saber cuánto le hizo falta el suyo; el cariño, los juegos y la protección paterna de que lo privaron. Los terroristas le quitaron a su guía, su consejero, la mano amiga. Hoy puedo entender también a la abuela Acela, que luchó con mi papá y mis tíos, sola, desde niños.  Esa es la huella tan profunda y desagradable que el imperialismo ha dejado en mi familia.

Al abuelo no le faltarán las flores en el mar, ya que su cuerpo nunca apareció. No faltará una foto de él en mi cuarto y no desaparecerá su memoria, porque lo sufrido por mi padre, lo he sufrido yo también. Hoy soy aún muy joven, pero de seguro seguiré el camino de mi papá, estudiaré Derecho como él y denunciaré ante el mundo lo que ha pasado el pueblo de Cuba y, en particular, nosotros.

Miguel Borrell Alfonso

Lo que no podemos olvidar

Pertenezco a la generación de los nietos víctimas del sabotaje al avión de Cubana, en Barbados, el 6 de octubre de 1976, cuando en pleno vuelo perdieron la vida 73 personas indefensas, entre ellos jóvenes esgrimistas que venían muy alegres, porque ganaron todas las medallas de oro disputadas en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, celebrados en Caracas, Venezuela.

Tengo 31 años, soy graduado de técnico medio en Economía, actualmente estoy en 5to. año de la Universidad (curso para trabajadores) y laboro en las oficinas centrales del Banco Popular de Ahorro.

Soy nieto de Demetrio Alfonso González, quien era comisionado nacional de tiro y una de las personas que viajaban en ese fatal vuelo. En mi etapa de estudiante, los compañeros del aula siempre hablaban de las alegrías y consejos que les daban sus abuelos. Cuando lo escuchaba me entristecía, porque no pude oír los consejos del mío, ni tener momentos felices a su lado; no ha estado en los más importantes eventos de mi corta vida.

He crecido viendo el sufrimiento de mis familiares y, en especial, de mi mamá, quien en ocasiones despierta con pesadillas, al soñar que el abuelo había aparecido como el único sobreviviente.

Lo conocí por fotos y periódicos donde informaron la noticia del acto terrorista. Todo está guardado con mucho cuidado en mi casa. También he leído y he visto en documentales el momento de las explosiones de las bombas, acción terrorista planificada por el asesino confeso Luis Posada Carriles, quien inmoralmente vive en las calles de Miami y que después de la voladura del avión continuó realizando crueles  acciones.

No tengo palabras para expresar lo que he sentido cuando he visto esas imágenes, que sin haber conocido a mi abuelo me entristecen y siento un dolor muy profundo. Pienso en cómo sería aquel momento para las 73 personas a bordo, y para mi mamá, mi bisabuela, los siete hermanos, demás familiares y amigos, cuando recibieron la triste noticia.

Mi madre me explicó que ella estaba en un Ipuec (becada), cursando el bachillerato, y antes de mi abuelo irse para Venezuela, le dijo que la visitaría cuando regresara. Estuvo todo el día y la noche esperándolo. También me dijo que él le pidió que estudiara Licenciatura en Cultura Física. Gracias a la Revolución, concluyó sus estudios y posteriormente se incorporó al sistema deportivo cubano.

He tenido vínculos con familiares víctimas del sabotaje y otros actos terroristas, nos hemos conocido en las actividades alegóricas al abominable crimen. ¡En qué tristes circunstancias establecimos la amistad, acompañando a nuestros padres en el dolor y en la lucha por que se haga justicia!

Estoy seguro de que la nueva generación continuará el legado que le corresponde, con firmeza y valentía. A nosotros, los nietos más jóvenes, nos tocará explicarles que no podemos olvidar la historia, ni el sufrimiento de muchas familias y de la mía. Son más de 3 000 víctimas a causa del terrorismo en los 58 años de Revolución, que jamás podremos olvidar las familias enlutadas en aquel atentado, ni los jóvenes cubanos.

Ana Celia y Ana Laura Calle Pérez

Nuestros seres queridos son inmortales

Nunca podremos olvidar el día en que leímos el libro La historia no contada. En él se denuncian crímenes organizados y cometidos por terroristas, fotografías espantosas con jóvenes acribillados a balazos, cuerpos mutilados, personas torturadas y la imagen de un avión cubano precipitándose al mar.

Somos hermanas jimaguas, estudiantes del Instituto Preuniversitario del Minint Hermanos Martínez Tamayo, donde cursamos el 12mo. grado, y somos nietas de Wilfredo Pérez Pérez, capitán del avión cubano saboteado el 6 de octubre de 1976.

Nuestra inocencia infantil impedía entender que actos tan horribles pudieran ser cometidos por seres humanos. Siempre viene a nuestra imagen el rostro del abuelo con el timón en manos, para salvar a sus compatriotas. Todas aquellas personas quedaron sin vida en pocos minutos de agonía y desesperación.

En nuestro tiempo libre conversamos con amigas, nos divertimos, pero siempre llega cada octubre. Durante 17 años hemos aguardado que nuestro abuelo llegue, que baile, nos lleve a pasear, se ría, en fin, viva a nuestro lado. Fuimos despojadas de ese cariño, de ese amor insustituible.

El abuelo no pudo vernos crecer, pero Barbados es un símbolo. Nuestros seres queridos son inmortales. Todavía hoy, 40 años después, los asesinos siguen impunes.

Cada 6 de octubre un dolor profundo nos estremece, sobre todo al escuchar la grabación en la que nuestro abuelo pronunció unas palabras de desesperación, que parecen ser consumidas por el humo, las llamas y, finalmente, tragadas por el mar. Ese es nuestro único recuerdo.

Nuestro dolor nunca morirá, pero albergamos la esperanza de que algún día se haga justicia.

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