Parece mentira, pero es verdad

El próximo lunes 17 se refunda el curso escolar en la Ciudad Primada

Autor:

Haydee León Moya

BARACOA, Guantánamo.— Sobre un trozo del muro del malecón que el mar arrojó hasta el frente de su casa, el niño coloca los shorts de la escuela.

De las pocas cosas que Matthew no destruyó en el apartamento D de uno de los edificios que por el empuje de las olas quedaron desmembrados en la Ciudad Primada, el uniforme del pequeño Alejandro Elioni Rodríguez Morales es una de ellas.

«El lunes comienza otra vez la escuela y ya estamos preparando las condiciones. Me dijeron que la mía, que se llama Rodny Coutín, está rota, pero que están buscando para ver dónde comenzamos. Los libros y las libretas los tengo allá, mojados y llenos de fango, creo que no van a servir más nunca. No encuentro la goma de borrar, que era linda y con varios colores, ni una regla verde que yo tenía para hacerle el margen a los cuadernos. No sé qué vamos a hacer sin las cosas que me faltan», me cuenta preocupado y sale disparado hasta donde se encuentra su mamá, quien al aire libre frente al malecón baracoense, lava el resto de las piezas de su uniforme.

Cerca de allí, en una calle larga y estrecha que conduce al hotel El Castillo, emblemática construcción de la Baracoa colonial, Nahiara Tamayo, una niña de cuarto grado, regresa de la escuela que fueron a limpiar. «Ya mi escuela, que es grande, la Miguel Cervantes, se ve mejor. Le llevó el techo pero quiero comenzar las clases para olvidarme de todas las cosas malas que pasaron con el huracán.

Nahiara tiene sus preocupaciones, pero le alegra que comiencen las clases. Foto: Haydée León Moya

«Estuvimos casi dos horas todos encerrados en el baño, porque parecía que afuera se estaba acabando el mundo. Cuando salí de allí, fui a mi cuarto porque estaba preocupada por mi mochila, la había dejado en mi clóset, que tiene una puerta rota desde antes del huracán. Pero gracias a Dios, todas mis cosas de la escuela estaban como las guardé, envuelticas en una colcha». Y duda: «Lo que no sé es si a mis amiguitos, que ahora no tienen nada, les van a dar las libretas».

En la sede de Educación Municipal, me encuentro a Josefina Navarro Navarro, la directora del territorio. Justo cuando la abordo ella habla por teléfono, me hace una seña para que la espere. Y se me acerca luego con el rostro sobrecogido. «Me acaban de decir que después de dos días sacando escombros de la escuelita de Guandao, donde pensábamos iniciar el curso en esa zona, se desplomó una pared, pero vamos a buscar una alternativa», dice, y se anima.

«Y vamos a comenzar el lunes, a pesar de tener delante una realidad aplastante: solo cuatro de nuestros 123 centros no fueron afectados: 52 de nuestras escuelas tienen afectaciones parciales en las cubiertas, 52 no tienen techo y 15 se derrumbaron completamente. Aunque sea en condiciones muy atípicas, el 17 una buena parte de nuestros,  más de 11 000 estudiantes estarán frente a sus maestros», asegura.

Sin sentarse ni un segundo, la joven directiva despeja la incertidumbre de los pequeños Alejandro y Nahiara, y abunda en otros detalles:

«Hasta hoy (el miércoles último) no tenemos la cifra exacta de estudiantes que perdió sus uniformes y materiales escolares. Los directores de escuelas y sus consejos de dirección y profesores trabajan en ese sentido, pero nuestro Ministerio ha garantizado los medios imprescindibles para que vuelvan a las aulas y tengan todo lo necesario para continuar su aprendizaje, incluidos los uniformes.

«Vamos a comenzar con 30 locales que estamos habilitando muy rápidamente, desde que se decretó la fase de recuperación en el municipio, con mucha fuerza y recursos de apoyo del resto de la provincia y el país. Muchos de esos locales que se preparan son centros de trabajo, pero también casas de familia y algunos, los menos, centros educacionales que se pueden reparar y habilitar con celeridad, porque no son de gran magnitud los daños que les ocasionaron los vientos».

Alternativas, esa es la cuestión

Uno de esos planteles que se acondiciona es el centro politécnico Roberto Reyes, ubicado en el corazón de la patrimonial ciudad. Allí, Onenry Noa Fuentes, el director, acaba de recibir una carga con 200 tejas de fibrocemento y espera un camión que ya viene en camino con las 60 que faltarían para completar la cubierta, pues Matthew lo quebró casi totalmente. Mientras, los integrantes de las dos brigadas de construcción, una procedente de la ciudad de Guantánamo y la otra de la propia Baracoa, refuerzan las tablas y los maderos del techo.

El director revela una de las alternativas que se buscan en el municipio para que pueda iniciarse el curso con la mayor cantidad posible de estudiantes.

«En este centro comenzarán las clases estudiantes de la secundaria  básica Glicerio Blanco, de aquí de la ciudad, cuya matrícula es de 300, superior a la nuestra, pero estamos también creando las condiciones para ello, contando con la ayuda de los directivos y el claustro de profesores de esa escuela.

«Los nuestros, que son 236 educandos de Nivel Medio Superior, se van a insertar a partir del lunes en la práctica laboral, que consiste en el llenado de planillas para apoyar trámites que deben agilizarse, en labores de servicios útiles del hogar y otras que tienen que ver con la recuperación y son afines a sus perfiles. Ya tenemos a 49 de nuestros alumnos inmersos en la reparación de escuelas, siempre con el acompañamiento y la guía de sus profesores».

Si de alternativas se trata, hay muchos que están conscientes de que estas deben florecer, para poder salir adelante.

A Yindra Carcasés Rodríguez —una joven profesora de Historia que me encuentro acabada de llegar de un trabajo voluntario en la escuela que alternativamente ocuparán sus alumnos de la secundaria Glicerio Blanco— le preocupan sus alumnos que han perdido todo.

La joven profesora Yindra Carcasés asegura que deben tener una gran dosis de trabajo sicológico con quienes perdieron sus casas.Foto: Haydée León Moya

Me cuenta que ya ha visitado a unos cuantos. Están muy abatidos. Opina que habrá que trabajar duro para que puedan sacar bien el curso, pues son muy jóvenes y están pasando una prueba muy dura, aunque lo importante es que están ahí, vivos, dice, y las lágrimas asoman.

«Ellos me han dicho, profe, es que no sé si debajo de todos los escombros de la casa podré encontrar un libro, o el uniforme. Otros me dicen: “¿Usted cree que me dan ganas de estudiar con el desastre que hay en mi casa?”. Pero ellos van a venir, porque les gusta estudiar y se han comprometido conmigo a que asistirán el lunes a clases. Con nuestra ayuda lo lograrán. Tendremos que convertirnos en sicólogos, en médicos de sus almas».

De entre los escombros de lo que fue una pequeña vivienda al fondo de la casa de su madre, la profesora de Español y Literatura, Olimpia Noa Tabera saca lo que puede. Las libretas de sus alumnos, que las había llevado a casa para revisarlas, por ejemplo. Están todas rotas, mojadas y sucias, como algunos de sus medios de trabajo.

 

Olimpia Noa Tabera, experimentada educadora de la Ciudad Primada, sabe
que tienen un gran reto por delante.

 

Olimpia Noa Tabera, experimentada educadora de la Ciudad Primada, sabe que tienen un gran reto por delante. Foto: Haydée León Moya

«Habrá que trabajar mucho con las notas de clase, porque tal vez no alcancen los libros de texto. Tener un poco de paciencia y darles oportunidad para que copien todo. También reorganizar las casas de estudio, porque muchas ya no existen», considera la experimentada educadora, mientras muestra lo que fueron las libretas  donde preparaba sus clases.

Como a ella, a la joven estudiante de primer año de Medicina, Sheyla Aylin Navarro Castillo, el huracán le dañó su casa. «Pero no tanto como para no vivir en ella», me aclara. «Nos tumbó solo una pared de madera, pero estamos en construcción y a la parte nueva no le ocurrió nada». Dice que está lista para partir el lunes a la ciudad del Guaso, donde han previsto, como alternativa por la destrucción que sufrió la filial baracoense de la universidad guantanamera de Ciencias Médicas, el reinicio del curso, en el caso de los estudiantes de primer y segundo años de la carrera.

«Lo importante es que no se siga alargando el reinicio del curso», dice Sheyla Aylin Navarro, estudiante de primer año de Medicina.Foto: Haydée León Moya

No es que le desagrade, pues lo importante es que no se pierda tiempo. Sucede que ya «estaba acostumbrada a mi aula, a mis profes y a regresar a la casa a estudiar y vivir en familia, aquí donde nací. Esto es algo que nos impuso el huracán y en lo que es mejor no perder tiempo pensando».

Tiempo es lo que tampoco se pierde en la búsqueda de otras soluciones para todas las enseñanzas, incluidos los círculos infantiles.

Arrastrando un madero en las inmediaciones del malecón, el pequeño Cristian, quien vive por allí, expresa que está contento porque no tiene que levantarse tan temprano, ni acostarse tampoco, porque no hay círculo. No sabe el pequeñín que, el lunes, su círculo infantil es uno de los tres que en Baracoa abrirán de nuevo sus puertas, en condiciones muy diferentes como en los demás centros, pero los abrazará de nuevo a todos.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.