Homenaje a un sol del mundo moral

Centenares de miles de cubanos rindieron homenaje al Comandante Fidel Castro Ruz este lunes

Autor:

Alina Perera Robbio

Como tantas otras veces, hace más de 20 años, a esta reportera le entregan la credencial que le permitirá hacer su trabajo desde muy temprano en la mañana. El detalle le reactiva esa sensación de que al universo le falta algo desde que se supo la noticia inverosímil. La credencial tiene, obligadamente, que estar timbrada con palabras, las cuales enuncian: «Homenaje póstumo al Comandante en Jefe».

No es que las palabras estén mal puestas. Es que cuando enfoco y leo, pienso: «¿Ha sido?». La extraña sensación de resistirse a creer lo que sucede se refuerza con el paisaje: es la misma Plaza; es el mismo Apóstol pensativo y descomunal; es el mismo camino empedrado que asciende a los espacios desde los cuales Fidel protagonizó diálogos inolvidables con el pueblo. ¿Y Él no está?

Ya adentro, en el recinto del Memorial José Martí, la situación obliga a observar una y otra vez otros detalles. Son tres los espacios concebidos para el homenaje. El del centro muestra una imagen del batallador invicto, joven, con su mochila y sus botas de pelea, con su mirada llegando lejos. Adornan el espacio flores blancas, y otras de colores tenues. Dos ofrendas florales dejan ver que están dedicadas a Fidel, por el pueblo y por el Partido Comunista de Cuba. Medallas del batallador están cerca de las flores, y del retrato. La reportera se sigue haciendo preguntas: ¿Cuántas medallas tendrá el combatiente? ¿Cuántos atriles harían falta para sostenerlas?

Entran, cerca de las nueve de la mañana, cinco jóvenes vestidos de blanco impoluto, ataviados con brazaletes negros. Uno se retira. Cuatro del batallón de ceremonia permanecen. Cuatro para acompañar a los dirigentes de la Revolución que harán guardia de honor junto a la venerada imagen. Se escucha el Himno Nacional; se canta. Los reporteros de la Isla y del mundo todo lo auscultan; los segundos parecen eternos. Los hombres y las mujeres suspiran. Hay llanto, hay silencio, hay una sensación extraña, algo así como un… «¿Ha sido?».

Y empieza a desfilar el pueblo. Discurren el dolor y el desconcierto; se repiten una y otra vez en cada ser que desfila por cualquiera de los tres recintos para homenajear. Ante la imagen del hombre gigantesco, los guerreros ofrecen saludo militar. Un hombre dice adiós. Una anciana lanza un beso. Muchos lloran sin consuelo. Los cubanos desfilan con retratos, con pañuelos. A cada rato alguien estalla en sollozos. A cada rato un grito desesperado rasga el aire frío de una mañana callada.

Pasan niños, ancianos, seres mutilados. Pasan hombres y mujeres de todos los colores, de todas las edades, de toda gratitud posible. Pasa el pueblo adolorido —y también fiero, porque a estas horas sabe bien a qué atenerse con el enemigo de siempre—; pasa el pueblo hecho Fidel. «¿Ha sido?»: desde luego. Pero la transmutación es un misterio; y donde estaba lo tangible ahora no hay vacío sino una verdad que todo lo embarga, que alerta sobre todos los peligros, que nos pone a todos juntos, en marcha compacta, ante la evidencia de un destino de rebelión perenne.

Esa verdad, la de la Patria, tan bien explicada y defendida por Fidel, es la que, como dijera el maestro Cintio, nada podrá, jamás, profanar.

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