Un camino de tiza a la virtud

Se pudo escribir junto a Fidel una nueva página y guardar en casa los faroles porque la Isla entera se convirtió en un fanal y la ignorancia se marchó lejos

Autor:

Enrique Milanés León

Si somos justos, lo admitimos orgullosos: ellos marcaron, con el blanco hilo de una tiza interminable, el camino de nuestra virtud. Sobre él andamos, haciendo raros equilibrios, en esta vida que a menudo parece una prueba final. Pero estamos preparados: Cira e Idolidia, Elena y Dalia, Tomás y Erlinda, Onelia y Eliécer, Daisy y Lechuga y muchos miles más han fingido enseñar asignaturas cuando en realidad tejen despacio nuestras alas.

Así volamos hacia el bien, buscando signos biográficos martianos, notas morales de Mendive, La Luz que nos haga Caballero, la entereza que nos permita llamarnos, un ejemplo de clase, Honrado Benítez, o los zapatos escondidos —con que evitó a pies lejanos la pena de la pobreza— de Raúl Ferrer. Todas sus chispas se juntaron en la Plaza, un día como hoy de otro diciembre: se pudo entonces escribir junto a Fidel una nueva página y guardar en casa los faroles porque la Isla entera se convirtió en un fanal y la ignorancia se marchó lejos, espantada por la sabia ternura de un maestro.

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