El plato en la balanza

Consumidor: cuando vaya a hacer una compra a un agromercado donde haya balanzas digitales, asegúrese de que al inicio de la operación el plato vacío esté puesto sobre el cuerpo del equipo y la pizarra electrónica marque 00,00 kg

Autor:

René Tamayo León

En una tarima de un mercado agropecuario estatal cuyo nombre considero irrelevante decir, porque más que un lugar lo que inquieta es que la violación se convierta en tendencia, la persona que despachaba se las arregló para que el plato de la balanza «fuera parte» de la porción de mercancía pesada.

Cuerpo y plato son una pieza única de la balanza. Cuando la cesta o canasta —como quiera que alguien le diga al recipiente donde van los productos cuando se computan— está libre de mercancías, el peso marcado en la báscula, con el plato encima, debe ser 00,00 kilogramos (las disponibles en los nuevos «megamercados» muestran la medida en esa unidad).

00,00 kilogramos (kg), ese es el fiel. En el caso de marras no ocurría así. Sin su recipiente vacío encima, el dispositivo estaba marcando 00,00 kg. ¿Cómo puede introducirse esta irregularidad? No sé, pero así ocurrió. Fue delante de mí. ¿Prueba? Mi probidad como profesional y mi dignidad como ciudadano.

La «cosa» me empezó a llamar la atención cuando la persona que despachaba nunca colocaba la canasta, estando desocupada, sobre el cuerpo del equipo. Para comprobar mis sospechas, desde el mismo lugar en que estaba podía observar que en otra tarima la pesa sí estaba midiendo a cabalidad, con el plato vacío encima la pizarra marcaba lo que debía: 00,00 kg.

Para no armar mucho alboroto («a río revuelto ganancia del pescador»), al llegar mi turno le exigí a la persona que despachaba —educadamente, pero con firmeza— colocar el plato vacío sobre la pesa. Mostró su resistencia y dio su explicación, también discretamente, pero cumplió con mi solicitud.

Sorpresa: con la cesta vacía encima, la báscula marcaba poco más de 00,500 kg. Entonces le reclamé (siempre cortésmente, pero con determinación) que calibrara el equipo. Y hecho, apretó un botón y el fiel tomó su lugar con el plato libre arriba: 00,00 kg. A partir de ahí, cuando sacaba la cesta para cargar un producto, la báscula marcaba -500 gramos y algo más.

Primera conclusión: la canasta en sí pesa alrededor de medio kilogramo. Segunda: en cada acto de pesaje la persona que despachaba le estaba incrementando más de una libra a todos los productos, valieran uno o cinco pesos o fueran una o diez libras.

Como el mercado estaba bien abastecido, cada cliente delante de mí aprovechaba para adquirir varios artículos de una vez, los cuales, por supuesto, se pesan variedad por variedad: la malanga, el boniato, la calabaza, el plátano burro, el plátano macho, el plátano fruta, la col, la piña, el ají, la cebolla, la zanahoria, la remolacha, la berenjena. Sí, de todo había, y a muy buen precio en comparación con los no estatales. Delante de mí hubo personas que compraron casi todo  lo que se ofertaba, algunos un poquito de cada cosa; otros, bastante...

***

A veces escucho críticas a los periodistas porque publican vivencias problemáticas de las que son víctimas. Quienes nos desempeñamos en este trabajo estamos obligados a tener mucho cuidado, mucha ética, con lo que decimos en los medios, por su gran alcance. Pero la experiencia de vida es el principio del conocimiento de X o Y realidad, y cuando esta atañe a otros muchos, estamos obligados a hacerlas públicas.

En el mercado agropecuario estatal que realizaba mis compras había más de cien consumidores, y en la tarima que estaba me antecedieron unos ocho, la mayoría ancianos y mujeres.

Tras hablar con la persona que despachaba, requerirlo cortésmente pero con empuje, y apremiarle para que no volviera a repetir el «maltrato», busqué y advertí sobre lo que estaba ocurriendo —siempre en buena forma— a quien se me presentó a cargo del establecimiento en ese momento y ante el cual me acredité como reportero de Juventud Rebelde.

Mientras hablábamos sobre el asunto, la persona a cargo me solicitó reiteradamente que le dijera quién estaba cometiendo la violación. Le expliqué que lo importante no era el hecho puntual, sino que tal vez pudiera estar ocurriendo lo mismo en otras tarimas. Palabras menos, palabras más, «lo principal —le dije— es tomar las medidas adecuadas para poner fin a la situación y evitar que se repita».

No me pregunten en qué mercado estatal fue. No lo diré. Lo preocupante es que cosas así pudieran suceder en otros a pesar de que las balanzas no sean tan vulnerables, como las digitales que se están colocando en los nuevos «megamercados».

Quienes están a cargo de estos establecimientos en la capital seguro tomarán nota. No obstante, «como el ojo del amo engorda al caballo», cuando usted vaya a hacer una compra a estos agromercados cerciórese de que el plato vacío esté puesto en la balanza y la pizarra digital marque 00,00 kg, y que cuando este se retire para cargar en él alguna mercancía, la pizarra     electrónica del equipo caiga a -500 gramos y algo más.

Exija, además, que la pizarra le quede de frente (eso es norma y sentido común desde siempre), no de lado o que el bulto de productos le impida una buena ojeada. El vendedor debe tenerla donde más fácil le resulta manipularla y visualizar el cómputo, pero usted también tiene derecho. Hay que buscar el punto de equilibrio a uno y otro lado del mostrador.

Una última recomendación. Reclame sus derechos y denuncie las violaciones. Eso sí, hágalo con educación. Cortesía y argumentos. No provoque ni se deje provocar. Si se desestabiliza, si se caldean los ánimos, de repente, usted, de víctima, lo hacen pasar como victimario, o se convierte en él.

Tampoco se deje intimidar si durante su demanda, otros trabajadores del mercado, incluso determinado «público», aunque «no tengan vela en el entierro», se pongan alrededor de usted, intervengan, opinen, hablen alto, se digan ofendidos... No tenga miedo. En este país hay suficientes instituciones para protegerlo, defender sus derechos y hacer cumplir las leyes.

***

En la ciudad capital se están reabriendo grandes mercados agropecuarios. Remozados constructivamente y mejor habilitados, venden a precios mucho más llevaderos que los aplicados en los comercios no estatales y por los vendedores ambulantes.

Los «megamercados» son el fruto de un esfuerzo tremendo de todos. De quienes dirigen, pero también de quienes consumimos. Constituyen el resumen de experiencias y de demandas. Representan la oportunidad para acabar con los errores y tendencias negativas que han afectado históricamente este vital entramado para el abastecimiento a la población.

Además de su visualidad, de la comodidad para consumidores y trabajadores de los establecimientos, también están siendo muy bien surtidos en cantidad, calidad y variedad. La actual época del año, cuando ya empieza a verse prolijamente la cosecha de invierno, los está favoreciendo aun más. Y eso que todavía no «ha entrado» la papa...

Según mi experiencia en la cobertura periodística directa o indirecta a temas agrícolas, estimo que esta será una excelente temporada para el sector. Por un lado, aunque no ha hecho frío, el clima «se está portando bien»; por otro, ya están madurando las políticas dirigidas a incrementar la producción y favorecer las necesidades y reclamos de los productores.

Los «mega» han nacido de esfuerzos de todo tipo. No puede permitirse, ni podemos permitir cada uno desde nuestro lugar, que en ellos se reproduzcan los viejos males que han afectado al comercio minorista agropecuario.

Apostilla del redactor

Las unidades de medida internacional son las que rigen en Cuba, como el metro (de distancia), el litro (de volumen), el kilogramo (de peso). Sin embargo, la aplicación y entendimiento de estas también pasan por lo cultural.

En las shoppings, cuando usted compra pollo, mide y paga en kilogramo; sin embargo, en la bodega y el agro la cantidad y el precio se realizan a partir de la libra.

Las nuevas balanzas digitales que hay en los «mega» se expresan en kilogramos, pero el precio se determina por libra. Considero que esa dualidad no contribuye a la protección del consumidor. ¿Cuántos gramos «lleva» exactamente una libra?

La respuesta está, pero imagínese que si al fragor de la cola, el apuro, el «qué más compro», «¿me alcanza el dinero?», usted, para asegurarse bien de cuánto compró y cuánto tiene que pagar, debe estar haciendo varias cuentas al unísono de meter las cosas en las jabas, pedir que le quiten las hojas a la zanahoria, asegurarse de no perder el monedero...

Según he podido observar, el cálculo de kilogramos a libras, que también lo tiene que hacer la persona que despacha, lleva a demoras en la venta. En cada operación, estas tienen que mirar una tabla de conversión que tienen al lado.

El pesaje en kilogramos y el precio en libras —considero— ni ayuda a proteger al consumidor ni abrevia el tiempo del comercio. Me parece prudente fijar las cotizaciones en kilogramos (mil gramos) o medio kilogramo (500). Es lo más conveniente.

La única limitación de no expresar el precio en libras —pienso— está en lo simbólico. En que la población no pueda percibir a primer golpe de vista que los precios en los mercados agropecuarios estatales están bajando ostensiblemente, como de hecho está ocurriendo. Eso puede resolverse. La población cubana es muy instruida, y en precios... ni se diga.

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