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Militancia de la verdad con el gatillo de la duda

La argentina Stella Calloni y el colombiano Alberto Salcedo disertaron, días atrás, en Casa de las Américas,sobre el oficio periodístico. Para ellos la información y las historias son, cada vez más, armas invaluables

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Son dos periodistas de raza. De esos que olfatean a kilómetros la noticia y no vuelven sin la presa de una buena historia. Ella, reportera, corresponsal de guerra y analista política, con ojos de un azul embriagador y voz incansable para seducir desde la firmeza. Él, cronista de largo aliento, columnista de golpes verbales precisos, chispeante explorador de callejuelas y arrabales.

Stella Calloni (1936), de Argentina, ha quijoteado del Río Bravo a la Patagonia en busca de la memoria, para que los años de dictaduras y horror, made in USA, con su Operación Cóndor, no queden en el limbo, y para que todas las aves de rapiña que aún nos sobrevuelan no puedan decir que la tuvieron fácil.

Alberto Salcedo Ramos (1963), de Colombia, se ha enfangado los pies para contar cómo un niño camina entre la muerte hacia una escuela y un sueño; ha multiplicado sus desvelos en aprendices del oficio de todo el continente, como maestro de la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano, que lleva la impronta de su coterráneo García Márquez. Ha vivido para recrear el asombro.

Entre premios, libros, reconocimientos y aventuras, ambos tienen una vitrina de lujo. Pero escuchándolos —y más aún leyéndolos— uno puede suponer que lo cambiarían todo, sin remordimientos de vanidad, por una onza de dicha para cualquiera de los ninguneados de estas tierras nuestras, paupérrimas y fabulosas.

Los oigo en Casa de las Américas, en La Habana. Son jurados del premio en una categoría que se rescata este 2017, luego de varios años de inexplicable ausencia: el testimonio. Eso son ellos: testimonio palpitante de la mejor manera en que se puede dar voz a los otros.

Durante la charla Stella parece obsesionada con «la militancia de la verdad», mientras Alberto aprieta enfático el gatillo de la duda. Alguien podría pensar que están hablando desde trincheras opuestas. Sin embargo, estos inventores de mundos juegan en el mismo martiano equipo de «los que aman y fundan».

Recolonización o independencia

Llegó a las angustias de la prensa desde la poesía y la propaganda política en tiempos de resistencia peronista. Escribiendo manifiestos y poniendo lirismo a las ráfagas del combate. «Cuando digo periodismo militante, me refiero a la militancia de la verdad, no únicamente a la pertenencia a algún partido», afirma enfática, y evoca sus investigaciones junto al hoy semiolvidado Gregorio Selser.

Acostumbrada a escribir mientras las balas silban por sus costados, la poeta y corresponsal de La Jornada opina que hoy la guerra de baja intensidad, con las industrias culturales a la cabeza y evidentes raíces en los esquemas contrainsurgentes de los años 60 del pasado siglo, «no es una restauración conservadora, sino un proyecto geoestratégico de recolonización continental». Y para ese fin, muchas veces el capital y las intenciones imperiales se disfrazan con máscaras de ONGs y fundaciones extendidas a lo largo de nuestros países.

La información se ha transformado en un arma mortífera, señala. Y abunda que hay genocidios del siglo XX y lo que va del XXI que aún esperan ser contados. Para ella, urge la descolonización cultural, de la academia, del habla; el desenmascaramiento de los grandes shows de entretenimiento baldío, al estilo Gran Hermano o Bailando por un sueño.

Pero no es pesimista al mirar las nuevas hornadas. A su juicio, los jóvenes, muchos de ellos en las universidades latinoamericanas y caribeñas, están tomando la vanguardia, aunque a veces falta que identifiquen con claridad cuál es el enemigo y cuáles son sus métodos sutiles.

«El 95 por ciento de la información que circula por el mundo lo hace a manos de poderes hegemónicos», indica alarmada. «Recolonización o independencia» constituye en su óptica la disyuntiva que tenemos ahora mismo delante. «De nosotros depende la suerte de América Latina», sentencia.

«Somos el continente más imaginativo del mundo, el que más imaginación ha puesto en su resistencia», sonríe esperanzada. Pero no basta con serlo, hay que seguirlo contando de generación en generación.

Ningún engaño es bueno

Creció en un pueblo atrasado y polvoriento del Caribe colombiano, donde había solo dos televisores. «Y la gente era tan chismosa, que no solo chismoseaba en pasado, sino también en futuro. No decían que embarazaron a Sonia, sino que la van a embarazar», recuerda sonriente, y advierte entonces sobre el peligro de la desmesura y la hipérbole en nuestras aldeas macondianas.

Para encontrar historias, admite, le bastaba con abrir las ventanas: «Y cuando me acercaba a los parques a oír hablar a la gente, estaba leyendo con los oídos».

En la mirada de este nuevo cronista de Indias, la misión del oficio está clara: «Soy periodista —subraya— porque me gusta oír y contar. Porque me gusta saber lo que pasa más allá de la punta de mi nariz. Porque me cuesta un enorme trabajo quedarme callado. Porque me gusta dejar memoria, dejar un testimonio que pueda ayudar a entender cómo somos, de dónde venimos, por qué somos así».

Prefiere «el periodismo que se construye desde la base de la duda. Creo que la profesión lleva mucho tiempo desperdiciado tratando de hacer afirmaciones. Siempre me ha parecido sospechoso que los filósofos duden y los periodistas afirmen. Me he dicho: ¿Cómo diablos lo hacen?». Y cita a su coterráneo y colega Héctor Rojas Herazo: «Me gustan los periodistas que buscan la verdad, pero desconfío de aquellos que creen que la han encontrado».

A la pasión de la prensa le agradece el haber viajado por zonas que como simple ciudadano no habría conocido nunca, haber conversado con personas y personajes impresionantes, algunos incluso que le caen «gordísimo», pero a los cuales ha llegado a entender.

Al igual que Alma Grillermoprieto, la gran reportera mexicana, le preocupa que esta carrera de la palabra compartida se convierta en «rehén del síndrome del entrecomillado», en impertinente cacería de famosos para arrancarles una cita célebre que se pueda convertir en viral, en dolorosa «entrevistitis» aguda.

El ejercicio de cronista que le interesa es el de llegar a la gente y quedarse con ellos el tiempo necesario para comprender sus angustias. Así, arma narraciones —crónica, reportaje, perfil— para situar la realidad en un contexto, en un porqué, más allá del hecho noticioso mínimo.

Ante una pregunta del público sobre qué hacer contra la censura, contra los entornos donde los poderes mediáticos obstaculicen el encargo de la prensa, Alberto ofrece dos claves esenciales: conservar a toda costa la voz propia, aun escribiendo para una empresa periodística hostil y encontrar medios y vías alternativas para contar las historias. Y ratifica: «Soy escéptico sobre la idea de que el periodismo sea un apostolado o cosa doctoral... Lleva demasiado tiempo este oficio construyéndose sobre certezas que conducen a engaños. Y creo que ningún engaño, de ninguna ideología, es bueno».

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