Almeida del alma

Con la pícara sonrisa de hombre cordial y jaranero dijo a sus compañeros de lucha: ¿recuerdan?...¡Con un bigotico como ese subimos nosotros a la Sierra Maestra!

Autor:

Yoerky Sánchez Cuéllar

De pequeño varias veces escudriñé en sus historias, en su estampa de hombre humilde, con el pecho abierto al plomo y la bala, como aquella que estremeció la cuchara que llevaba en el bolsillo de la camisa durante el Combate del Uvero. El metálico objeto fue entonces pieza protectora, en una aleación perfecta con la hidalguía de su figura.

En 1952, cuando el tirano Fulgencio Batista usurpó el poder, este joven negro se unió inmediatamente a la lucha. No había otro camino. Peón de albañil, segundo de doce hermanos que ayudó a su padre a mantener una numerosa familia, sabía que el único modo de obtener los derechos era conquistándolos con los puños.

Un día conoció a un muchacho de traje gris, que andaba con un libro de Lenin bajo el brazo. Con él se marchó al Moncada y al presidio en Isla de Pinos, y después al exilio en México. Con él vino en el yate Granma, y subió a la Sierra; donde se hizo Comandante del Tercer Frente Guerrillero, y a su lado estaba la noche triunfal del Primero de Enero en el Balcón del Ayuntamiento de Santiago. Junto a ese joven ya convertido en gigante, al que las multitudes coreaban Fidel, recorrió pueblos y ciudades en histórica caravana.

Así era Almeida. El que en medio de la emboscada de Alegría de Pío, en buen cubano gritó: ¡Aquí no se rinde nadie…! El inolvidable inspirador del Ejército Central, el que siendo jefe de la Fuerza Aérea se lanzó en una cuadrilla de helicópteros a rescatar a las víctimas del ciclón Flora, el dirigente atento y sensible, el líder de la Asociación de Combatientes, el Héroe de la República de Cuba y también el intelectual que compuso más de 300 canciones y escribió una decena de libros, sin ufanarse nunca de ello.

Con él me encontré en una tarde del año 2000. Llevaba puesto su uniforme de Comandante de la Revolución y una pequeña bandera cubana en las manos. Hablaba pausadamente, casi sin que se notara su voz. A su lado: Raúl, Ramiro, y Guillermo. Me miró fijamente, y con la pícara sonrisa del hombre cordial y jaranero que hoy cumpliría 90 años, dijo a sus compañeros de lucha: ¿recuerdan?... ¡Con un bigotico como ese subimos nosotros a la Sierra Maestra!

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