Enseñar es un acto de fe

La escuela pedagógica cubana apuesta por un educador bien comprometido con el alumno, sencillo, sensible, consecuente, recíproco y humano

Autor:

Yeneyd Gonzalez Rodríguez*

La decisión la tomé en un teatro. Sesionaba un pleno provincial de la Feem, donde se analizaba el déficit de maestros en mi provincia. Aquel momento fue el punto final de un proceso de meditaciones: el magisterio o una carrera que ya tenía otorgada: Periodismo. Y fue en ese instante, mayo de 2009, al calor de los debates, cuando dije que contaran conmigo.

Me decidí por vergüenza. Desde hacía tres años yo era la presidenta provincial de la Feem, y en todo ese tiempo había tratado de convencer a muchos jóvenes para que se incorporaran a las carreras pedagógicas. En Ciego de Ávila faltaban docentes en las especialidades de Matemática, Física, Español-Literatura y Marxismo-Leninismo e Historia...

¿Cómo negarme a ser maestra cuando había explicado a otros la necesidad de serlo? Aquel paso fue un giro de 360 grados y la renuncia a una carrera que todavía me fascina. Muchas personas me cuestionaron, incluso hasta preguntaron qué solvencia económica esperaba obtener delante de un aula.

A aquella pregunta le siguieron otras, porque ser maestra en Cuba no es nada fácil y tiene mucho de acto de fe. Sobre los docentes existe una alta presión social. No solo evalúas a un alumno, sino también a sus padres, amigos, a su familia. Y la escuela también exige.

En Cuba se rompen muchos criterios de lo que en el mundo se entiende por ser maestro. En otros países, un docente es un transmisor de información, que debería tener poco vínculo con sus educandos.

La escuela pedagógica cubana, en cambio, apuesta por un educador más comprometido con el alumno. Eso es una gran virtud; pero, a la vez, entraña una alta responsabilidad. Bajo ese principio, el primero a evaluarse es el profesor, quien debe ser sencillo, sensible, consecuente, recíproco y humano.

Todo ello provoca en ciertos momentos una carga emocional fuerte. Un buen maestro también se alegra con el triunfo de sus muchachos, se convierte incluso en confesor y consejero de sus amores. Sin embargo, también sufre con sus dolores y derrotas, y puede hasta estremecerse cuando entra al aula y descubre que uno de ellos perdió a un ser querido.

Todo se supera, hasta la amigdalitis provocada por la tiza y que te aleja de la pizarra. Quedan otras experiencias, como tener a mi hermana sentada en mi clase sin privilegio alguno. O la imagen de Jonathan, un alumno introvertido que había vivido diez años fuera de Cuba. Conocía muy poco de la historia de su patria, ni siquiera sabía el Himno. Se fue con seis años y regresó con 17. El conflicto era tan grande, que llegó a irse de las clases de Historia o a llorar porque no entendía nada.

Tuvimos que empezar de cero con él. Entonces empezó a participar, a dar criterios, a leer a Martí cuando le combinamos el contenido de la asignatura con lo que decía el Apóstol. Todavía guardo un video de la exposición de Jonathan hablando del Maestro.

Sin embargo, la sorpresa fue inevitable cuando al terminar el curso, lo vi pararse delante de mí para anunciarme la decisión de su vida. «Profe –me dijo-, yo voy a ser maestro de Historia de Cuba».

*Profesora de Historia de la Universidad de Ciego de Ávila, Máximo Gómez Báez

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