Si pudiera volver a verlo

Dulce Amelia Márquez Cruz es fundadora del museo Presidio Modelo, Monumento Nacional de la República de Cuba. A los 72 años recuerda con claridad meridiana la visita de Fidel

Autores:

Roberto Díaz Martorell
Ana Esther Zulueta

PRESIDIO MODELO, Isla de la Juventud. — Todavía está vívido en la memoria de Dulce Amelia Márquez Cruz aquel otoño de 1974, cuando lo vio descender del jeep frente a las puertas del museo Presidio Modelo en la entonces Isla de Pinos.

Breves segundos bastaron para constatar que era él. Esa figura imponente enfundada en el uniforme verde olivo y bajo la gorra, la mirada serena y que por momentos se desdibujaba por las volutas de humo de un puro cubano. «Sin dudas, era Fidel Castro Ruz», dice.

El corazón parecía escapársele del pecho, sonríe y la remembranza la perturba. «Fue realmente emocionante. Nunca pensé estar frente al Comandante en Jefe», comenta mientras muestra con orgullo la instantánea que perpetua aquel pasaje en su vida.

Buenos días, muchachitas, nos dijo Fidel con dulzura. Ese 24 de noviembre yo lo acompañé en el recorrido.  Entró a la sala que fuera su celda de castigo, durante los días de encierro en el Presidio Modelo. Junto a él estaba el General de Brigada Francisco Morales Bermúdez, Jefe del Estado Mayor del Ejército de Perú, al frente de la delegación de ese país andino.

«Me parece escucharlo», narra mientras deja su mirada fija en el umbral de la puerta donde permaneció parado unos instantes el líder de la Revolución antes de franquear las rejas, abiertas para la ocasión.

«Cuando entró a su celda, nos relató cómo para leer aprovechaba la claridad que entraba por la ventana del baño. Luego se inclinó sobre la cama, y nos llamó la atención porque no era la original. La otra se hundía cuando él se acostaba.

Volvimos al pasillo principal para atravesar el patio y llegar al pabellón donde estuvieron prisioneros los asaltantes a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

Estar juntos nos fortaleció mucho, dijo Fidel y entró. Caminó hasta el lugar donde Juan Almeida se subió para observar por la ventana lo que ocurría afuera. Así supieron de la visita al penal del dictador Fulgencio Batista el 12 de febrero de 1954, cuando cantaron la marcha del 26 de julio.

«Después se acercó a su cama y se acostó para demostrar lo pequeña que era para él. ¿Se imaginan un hombre tan alto en esa camita?, tenía que encorvarse todo el tiempo para dormir».

«Salimos al patio y nos detuvimos en el lugar donde se encuentra la academia Abel Santamaría. Los integrantes de la delegación que lo acompañaba se sentaron en los bancos. Caminó hasta la pizarra para comentarles cómo se preparaban, y los guardias ni siquiera imaginaban lo que hacían», apunta.

«Hubo un momento en que se acerca a mí, se quita el tabaco de la boca y me dice: Disculpe, muchachita. ¡Qué cosa tan grande! Yo fumando. ¡Qué falta de respeto! La saludé fumando y eso no es correcto”.

«Imagínense, Fidel ofreciéndome disculpas a mí, que era una simple museóloga. Pueden suponer la clase de hombre que es»,  aprieta la foto contra su pecho y con el llanto contenido dice: «Si pudiera volver a verlo».

Fidel llega al presidio en 1974 y saluda a Amelia

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