La última cobertura de Marcos Alfonso

Marcos también fue un joven inquieto y sin sosiego. Excelente reportero, seguro y firme para coberturas especiales, a puro oficio en una época de periodismo oloroso a plomo y linotipos

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Marcos Alfonso falleció tras un duelo perseverante con una mortífera enfermedad. Y con Marcos, con cada uno de esos veteranos estandartes de una era gregaria y apasionada en Juventud Rebelde que van despidiéndose, se reafirma en muchos jóvenes redactores de hoy, que ni lo conocieron, el espíritu emprendedor de esta redacción.

Marcos también fue un joven inquieto y sin sosiego. Excelente reportero, seguro y firme para coberturas especiales, a puro oficio en una época de periodismo oloroso a plomo y linotipos, cuando los cierres concluían en el ambiente obrero del taller gráfico, que fue sobrepasado después por la celeridad de las computadoras y las tecnologías de la información.

Marcos, quien ya disfrutaba su jubilación, perteneció a una generación de reporteros todoterreno: lo mismo cubría a última hora, contra cierre, un acto solemne, que reportaba la inauguración de una fábrica o el récord de un atleta. Un tipo de periodista que va desapareciendo en esta era de las especialidades y los compartimentos estancos. Y siempre lo hacía bien, muy bien, como escribió sus libros, entre ellos la excelente semblanza sobre su padrino y amigo Enrique Hernández Armenteros, gran babalawo de Cuba.

Marcos sacrificó su talento comunicativo en pos de ocupar cargos, cuando muchos, como siempre sucede en el periodismo, los eludían: jefe de equipo, de Información, subdirector de Juventud Rebelde; más tarde subdirector de Granma y director del periódico El Habanero.

Quienes compartimos trabajos y alegrías con Marcos, nunca lo olvidaremos. Precisamente porque no era perfecto, ni jamás aspiró a serlo, es que guardamos el recuerdo de su condición humana, de su disciplina espartana y rigor, de su lealtad revolucionaria por encima de travesuras y excesos.

Si existe el más allá, a partir de ahora él estará buscando en el infinito al gallego Ricardo Sáenz para organizar la redacción de los idos, y garantizar, hasta con la «cifarra», el próximo cierre de un Juventud Rebelde sempiterno, donde caben, en el misterio de lo insólito, todas las generaciones, incluso la de soldados fieles como Marcos Alfonso.

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