En peligro de derrumbe

La existencia de edificaciones en mal estado resulta hasta comprensible por circunstancias de diversa índole; pero abandonarlas después de clausuradas es un riesgo potencial para inmuebles colindantes y transeúntes

Autor:

Nelson García Santos

SANTA CLARA, Villa Clara.— Lo que se presentía ocurrió: el estruendo sacó de sus casas a casi todos los residentes de la cuadra. Se derrumbó, al fin, la tienda, sentenció la vox populi en la calle Céspedes de esta ciudad y un poquito más allá. Se vino abajo, de súbito, este comercio que estaba en mal estado desde hacía tiempo, en una céntrica esquina de continuo ir y venir de transeúntes.

Los escombros fueron a parar a la calle y, por suerte, no ocasionaron daño a nadie. Solo una vivienda colindante por poco perece, aunque quedó tan descalabrada que fue necesario desocuparla, como evidencia de la fuerza del desprendimiento.

El techo de la sede del Grupo de Teatro Laboratorio se desplomó igualmente de sopetón, a pesar de que se había reportado en numerosas ocasiones el peligro que corría, afirma el dramaturgo Roberto Orihuela Aldama, director de esa institución.

De nuevo la suerte matizó el suceso porque ocurrió de noche. «Imagínate si hubiera sido durante un ensayo de la agrupación artística», precisa Orihuela Aldama. «Luego de recoger los escombros, que fueron a parar a la vía pública, dijeron que iban a venir a apuntalar la otra parte de la edificación que se dañó, y todavía lo estamos esperando».

Hace un tiempo también se desplomó, en la céntrica calle Independencia, la sede de la Empresa de Informática y Comunicaciones perteneciente al Ministerio de la Agricultura. La caída sobrevino en medio de trámites demorados para obtener el permiso para apuntalar y por falta de madera, afirmaron los directivos de la entidad.

Así quedó lo que era la sede de la Empresa de Informática y Comunicaciones, de la Agricultura en Villa Clara. Foto: Carolina Vilches Monzón

Colapsos previsibles

Estos son solo tres ejemplos, aunque pueden existir más del colapso de inmuebles cuyo estado de peligro se notaba a simple vista. Basta un recorrido por esta ciudad para apreciar esa realidad en edificaciones estatales, situadas incluso en lugares céntricos, más comprometidas todavía por la afluencia de personas que transitan por sus alrededores.

Qué decir de los aleros, incluidos los de residencias particulares, que amenazan con caerle en la cabeza a cualquiera en algún momento o, en el mejor de los casos, estrellarse contra la acera.

Hace años se cerró el merendero Villa Clara, ubicado en los bajos del hotel Florida, muy popular por sus ofertas baratas, bajo el argumento de que estaba en peligro de derrumbe; con el paso de los años, se ha deteriorado más y más. Allí faltan ventanales y parte de la balaustrada del tercer piso. Su imagen menoscaba el mismísimo corazón de la urbe.

La mayoría de las edificaciones llegan a ese deterioro, lenta pero inexorablemente, por la carencia de mantenimiento y reparaciones a su debido tiempo. Luego hay que recurrir a una inversión capital, es decir, prácticamente hacerlas de nuevo. Entonces aparece la limitante de falta de recursos materiales o financieros, o ambos a la vez.

Tampoco se le puede echar toda la culpa a la deprimida circunstancia económica del período especial que influyó, es cierto, en la destrucción paulatina de instalaciones. Antes, después y ahora hubo organismos que realizaron inversiones para ampliar determinados locales, en tanto otros estaban en precarias condiciones.

Es innegable, igualmente, la sabía decisión de destinar en la actualidad mayor financiamiento a los arreglos en el sector estatal, único modo de alargar la vida a la infraestructura edificada y, consecuentemente, evitar que llegue a mostrar esa lamentable imagen.

Lo inaceptable

Lo insólito de los edificios cerrados por su pésimo estado radica en que muchos no están apuntalados, ni cuentan con una protección para indicar a los transeúntes que eviten pasar por debajo de sus techos o sus cercanías.

Sin embargo, tras el derrumbe aparecen de inmediato los equipos y el transporte para recoger los escombros. Y después, más temprano que tarde, surgen los parques o parquecitos, una solución, quizá más barata, y un modo de dignificar un poco el paisaje urbanístico. ¿Por qué si existen recursos para realizar ambos trabajos, no los hay, al parecer, para apuntalar o cercar el local en condiciones de peligro?

Un buen ejemplo de esa realidad lo muestran también edificaciones con valores patrimoniales clausuradas por su deterioro. Luego, abandonadas a su suerte y a merced de los depredadores, han terminado manteniendo solo la estructura principal.

La recién reinaugurada Estación Ferroviaria de Santa Clara es un buen ejemplo de cómo puede devolvérsele la vitalidad a una edificación respetando sus valores patrimoniales. Foto: Ramón Barreras Valdés

Para el arquitecto Guillermo Jesús Pérez Alonso, especialista del Centro Provincial de Patrimonio, «la cuestión fundamental estriba en que nunca se debe permitir que una edificación llegue a ese extremo. Esto, enfatiza, resulta la evidencia de que faltaron las acciones constructivas de conservación o reparación en el momento adecuado».

Pérez Alonso argumenta: «En muchas ocasiones el detrimento resulta irreversible. Algunas no se han podido reconstruir en su arquitectura original, solo la fachada, y en otras partes se concibieron nuevos proyectos».

El arquitecto subraya que «cuando cierran cualquier edificio, corresponde a la empresa a la que pertenece velar por su resguardo y mantenerlo debidamente preservado y bajo vigilancia para evitar el agravamiento de sus condiciones y las acciones depredadoras».

Lógicamente, agrega este redactor, también tiene la obligación de gestionar que se asegure y después, si fuera necesario, establecer una barrera de protección para los transeúntes.

Las entidades estatales que controlan ese patrimonio deben  actuar con responsabilidad para conservarlo y prevenir una posible desgracia. Resulta inadmisible sumirlos en ese abandono total, causa de que se vayan despedazando y broten hasta hierbas en su estructura.

Si no asumen ese proceder corresponde a las direcciones superiores, incluida la dirección de los gobiernos municipales y, un poco más arriba, llamar al orden.

De hecho, pienso, que resulta conveniente cuando se sabe que un techo o una pared, por ejemplo, pueden caerse, adelantarse y tumbarlas como una medida lógica de seguridad.

En definitiva, construcciones muy afectadas integran, indiscutiblemente, el paisaje nacional; pero en la actualidad, en mayor o menor medida, se avanza para revertir la situación. Ahora, lo peor es el desamparo en que a veces quedan, como si no pertenecieran a nadie.

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