Tres protagonistas del amor en acción

Desde sus consultas en un Centro de Diagnóstico Integral, médicos cubanos hablan de lo que significa para ellos atender a quienes llegan en busca de amparo

Autor:

Alina Perera Robbio

ESTADO DE MIRANDA, Venezuela.— La madre con su pequeña hija abre la puerta en clara señal de angustia. Le digo que no estoy en la consulta en calidad de paciente, que es a ella a quien toca el turno.

Solo estoy adentro para conversar con Darian Ortega Martínez, médico general integral (MGI), de 25 años, quien desde hace seis meses trabaja aquí haciendo ultrasonidos.

Él sabe que su labor tiene un valor incalculable. Aplica sus conocimientos durante casi toda la semana en el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) Caucagua, municipio de Acevedo; y martes y jueves presta servicios en dos CDI ubicados en zonas apartadas —El Clavo y el Café—, donde hacen falta profesionales que sepan lo que él aprendió en Cuba.

Hijo de Pinar del Río, Darian cursó un diplomado de seis meses para poder realizar ultrasonidos. Lo hizo mezclando teoría y práctica, cuando ya estaba a la altura del sexto año de su carrera de formación como MGI. Aplicar su saber en Venezuela ha sido para él «algo maravilloso», que le está calando hondo, «porque los pacientes llegan aquí muy necesitados. Son personas humildes, que no tienen para pagar los servicios en clínicas particulares. Cuando vemos sus necesidades y su alegría por resolverlas, eso nos emociona.

«Es muy gratificante sentirme útil haciendo algo por ellos, y también por mí», dice el joven que dejó en la Isla a sus padres, a sus abuelos y a su hermana.

—¿Por ti?, se hace imprescindible la pregunta.

—Sí, por mí, porque he adquirido muchos valores departiendo con tantas personas humildes. Mientras la Revolución me necesite, aquí estaré.

Ella no creyó en el malojillo

«Hay gratitud», es de las primeras impresiones que comparte para nuestras páginas Nataly Moreno Betancourt, cubana de 25 años, graduada como MGI y que cursó un diplomado en Oftalmología.

La joven, de la provincia de Pinar del Río, ha visto llegar a su consulta en el CDI Caucagua a pacientes que casi no veían el mundo por culpa de cataratas. Le duele conocer a personas como una que le contó hace no mucho que no podía pagar una cirugía que la librara de la ceguera, pues es demasiado costosa. Nataly ha tenido que recordarle que, gracias a la Misión Milagro, ella puede salir de las sombras sin que le cueste dinero alguno.

Historias tiene ya en su haber que la llenan de alegría y orgullo: «Tuve un paciente, un señor entrado en años —recuerda Nataly— que llegó a la consulta hablando de la leche de malojillo. Se refería a una planta cuya resina, según la leyenda, provoca ceguera si cae en los ojos.

«Él no veía cuando llegó. Decía sentir como si un ojo se le estuviera quemando. Tenía quemaduras corneales, dos días atrás le había caído la leche de malojillo. Le hice lavado ocular, le eché colirio, lo vendé y lo seguí por tres días. Todavía pasa por acá de vez en cuando y pregunta por la doctora que le devolvió la visión».

Dejo a la joven con una paciente a la cual le están haciendo falta espejuelos. Ya Nataly la ha examinado exhaustivamente; ya le indicó el camino para que logre mirar con claridad. Todos los días de su vida esta cubana, de seguro sin hablar de ello, obra el mejor de los milagros: el amor en acción.

La escuela de un restaurador

El joven venezolano entra a la consulta del CDI Caucagua apoyado en muletas. Ha sufrido un accidente mientras manejaba su moto. José Ramón Pino Brown, cubano de 29 años, MGI que cursa la especialidad en Traumatología, le acomoda un aditamento con pegatinas en la pierna afectada. Le da instrucciones precisas en aras de lograr mejorías: nada de apoyar la pierna, y mucha paciencia, hasta que pueda enyesarse bien esa parte dañada del cuerpo.

Procedente de la provincia de Ciego de Ávila, el médico comenta que le gusta mucho su especialidad: «Tratamos todo lo referente a los huesos, o sea, el sostén de toda la persona. Vemos cómo muchos que han sufrido accidentes llegan buscando atención. Ellos salen rehabilitados, caminando sin problemas, incorporados a la vida».

José Ramón está en Venezuela desde hace dos meses y unos días. Se ha adaptado con rapidez al nuevo escenario. «Esto que estoy haciendo acá —explica— es un servicio muy necesario. Los pacientes lo reciben de manera gratuita cuando en otros lugares les resultaría muy caro el tratamiento. Trabajo como si estuviera en Cuba; ayudo, y muchos se van contentos».

El profesional habla de hermandad entre cubanos y venezolanos, de cómo cuando llega a su casa y es la hora de dormir, cierra los ojos y ve desfilar los logros del día. Se siente feliz por las personas a las cuales ha podido ayudar, por los niños que han podido reincorporarse a la escuela, por «las personas mayores que vienen tan deterioradas y que se van por lo menos con una sonrisa en el rostro. Eso es muy gratificante; para nosotros, los médicos cubanos, eso es más valioso que el dinero».

Como todos sus colegas, José Ramón está marcado por vivencias de humanidad: «Conozco a un niño que fue tratado en una clínica privada por una fractura en la muñeca. Quienes hemos estudiado Traumatología sabemos que ante ese tipo de fractura, hay que llevar el hueso, lo mejor posible, a su forma anatómica original, de lo contrario hay que llevar al paciente al salón y operarlo.

«El pequeño había sido atendido en una clínica privada. Lo vieron, le cobraron la consulta, le indicaron analgésico y le colocaron una férula. La madre, al ver aquello, vino a nosotros; le hicimos una radiografía y constatamos la fractura, bastante compleja. Como llevaba poco tiempo de haberse caído, le hicimos la reducción, la cual quedó lo mejor posible. Le colocamos el yeso nuevamente. Ya llevo dos consultas siguiéndolo y ha evolucionado de maravillas. Usted verá que en un ratico está tocando la puerta. Él llega y se ríe de solo verme. Al principio lloraba. Ya me busca. El niño me conmueve y me recuerda a mi hijo de ocho años».

Le comento al joven que él hace algo de infinito valor: enmienda roturas. En su rostro asoma un sí modesto. Él prefiere hablarme de la vida como «una gran escuela», y evoca a sus profesores de la amada Isla, quienes le han formado y le forman, porque el aprendizaje, dice, es un privilegio que tendremos «hasta que dejemos de ser».

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