Tomar el cielo por sorpresa

El 26 de Julio se prolonga en el Granma, en la Sierra, en el llano; se materializa en enero de 1959, escribió el General de Ejército Raúl Castro en 1961, un texto del que por su extraordinario valor JR publica fragmentos, en ocasión del aniversario 64 de la gesta del Moncada

Autor:

Juventud Rebelde

Hace ocho años, Cuba entera fue conmovida por una noticia que la prensa censurada y vendida publicó tan solo a medias y tergiversada: la noticia del asalto al cuartel Moncada, la fortaleza militar de la provincia oriental.

Lo que la mayoría de la gente supo entonces, aquel 26 de julio de 1953, fue que un grupo numeroso de jóvenes, capitaneados por Fidel Castro, se había lanzado a una audaz operación militar para adueñarse del cuartel Moncada, que había habido fuerte lucha, que más de 80 jóvenes, una vez prisioneros, habían sido asesinados y que otros, en los días siguientes, habían sido apresados y encarcelados.

El 26 de julio de 1953 abrió una nueva fase en la historia de Cuba: la fase de la acción armada como método principal de lucha contra la tiranía batistiana y contra el dominio semicolonial extranjero sobre nuestro país.

Fidel, que en el juicio fue su propio defensor y acusador implacable de la tiranía y del régimen económico-social existente en Cuba, expuso, en el discurso ante el tribunal, conocido con el nombre La historia me absolverá, las razones que movieron aquel asalto heroico que se convirtió en sangrienta inmolación y los fines políticos que se proponían alcanzar y desarrollar.

Aquel no era el asalto a una fortaleza para alcanzar el poder con la acción de un centenar de hombres: era el primer paso de un grupo decidido para armar al pueblo de Cuba e iniciar la Revolución.

No era un putsch que tuviera el propósito de buscar un triunfo fácil sin masas; era una acción de sorpresa para desarmar al enemigo y armar al pueblo, a fin de emprender con este la acción revolucionaria armada.

No era una acción para quitar simplemente a Batista y sus cómplices del poder; era el inicio de una acción para transformar todo el régimen político y económico-social de Cuba y acabar con la opresión extranjera, con la miseria, con el desempleo, con la insalubridad y la incultura que pesaban sobre la patria y el pueblo.

Es verdad que entonces no tenía Fidel una organización que respondiera a esos planes y estuviera comprometida con ellos; es verdad que Fidel confiaba en que dado el estado político del país y el descontento existente, los combatientes se presentarían espontáneamente tan pronto hubiera armas y gentes dispuestas a comenzar y dirigir la acción; pero lo que importa destacar es que no se trataba de organizar una acción a espalda de las masas, sino de conseguir los medios para armar a las masas y movilizarlas a la lucha armada; que no se trataba de apoderarse de la sede del Gobierno y asaltar el poder, sino de iniciar la acción revolucionaria para llevar el pueblo al poder.

El momento es revolucionario

Con el golpe de Estado, al producir la crisis política del país, parejamente se producía una crisis mayor aún, por ser de carácter definitivo, en la dirigencia del Partido Ortodoxo, los alejados del poder, que tan cerca tuvieron en las manos, dieron rienda suelta a todas sus debilidades, ambiciones y capacidades, con las excepciones que todos conocemos.

Habían transcurrido cinco meses desde el asalto de Batista al poder y se aproximaba el primer aniversario de la muerte de Chibás. A su tumba irían miles de ciudadanos, más a rendirle honor a su persona y aprovechar la oportunidad para hacer una demostración contra la tiranía, que para oír las palabras vacías, como siempre, de sus oradores. En aquella oportunidad circuló entre la multitud un pequeño periódico de varias hojas mimeografiadas nombrado El Acusador, que dirigía Fidel junto con varios ortodoxos.

En él aparecía un artículo titulado Recuento crítico del PPC y que, firmado por Fidel, expresando el sentimiento de las masas ortodoxas, en algunos de sus párrafos decía: «Por encima del tumulto de los cobardes, los mediocres y los pobres de espíritu, es necesario hacer un enjuiciamiento breve, pero valiente y constructivo del movimiento ortodoxo, después de la caída de su gran líder Eduardo Chibás».

Y más adelante expresaba: «Quien crea que hasta ahora todo se ha hecho bien, que nada tenemos que reprocharnos, ese será un hombre muy poco severo con su conciencia.

«Aquellas pugnas estériles que sobrevinieron a la muerte de Chibás, aquellas escandaleras colosales, por motivos que no eran precisamente ideológicos, sino de sabor puramente egoísta y personal, aún resuenan como martillazos amargos en nuestra conciencia.

«Aquel funestísimo procedimiento de ir a la tribuna pública a dilucidar bizantinas querellas era síntoma grave de indisciplina e irresponsabilidad.

«Inesperadamente vino el 10 de marzo. Era de esperar que tan gravísimo acontecimiento arrancara de raíz en el partido las pequeñas rencillas y los personalismos estériles. ¿Acaso fue totalmente así...?

«Con asombro e indignación de las masas del partido, las torpes querellas volvieron a relucir. La insensatez de los culpables no reparaba en que la puerta de la prensa era estrecha para atacar al régimen; pero en cambio muy ancha para atacar a los propios ortodoxos. Los servicios prestados a Batista con semejante conducta no han sido pocos.

«Nadie se escandalizará de que tan necesario recuento se haga hoy, en que le ha tocado el turno a la gran masa, que en silencio amargo ha sufrido estos extravíos y ningún momento más oportuno que el día de rendir cuentas a Chibás junto a su tumba.

«Esa masa inmensa del PPC está puesta de pie, más decidida que nunca. Pregunta en estos momentos de sacrificio: ¿Dónde están los que aspiraban... los que querían ser los primeros en los puestos de honor de las asambleas y los ejecutivos, los que recorrían términos y hacían tendencias, los que en las grandes concentraciones reclamaban puestos en la tribuna, y ahora no recorren términos, ni movilizan la calle, ni demandan los puestos de honor de la primera línea de combate...?

«Quien tenga un concepto tradicional de la política podrá sentirse pesimista ante este cuadro de verdades. Para los que tengan, en cambio, fe ciega en las masas, para los que creen en la fuerza irreductible de las grandes ideas, no será motivo de aflojamiento y desaliento la indecisión de los líderes, porque esos vacíos son ocupados bien pronto por los hombres enteros que salen de las filas.

«El momento es revolucionario y no político. La política es la consagración del oportunismo de los que tienen medios y recursos. La revolución abre paso al mérito verdadero, a los que tienen valor e ideal sincero, a los que exponen el pecho descubierto y toman en la mano el estandarte. A un partido revolucionario debe corresponder una dirigencia revolucionaria, joven y de origen popular que salve a Cuba».

Fidel expresaba en ese artículo la misma preocupación de las masas ortodoxas, y se había decidido a publicar esas opiniones después de varios meses de tocar en todas las puertas de aquellos políticos a los que Batista y el imperialismo, con su golpe de Estado y las magníficas consecuencias que de él se han derivado en nuestros días, habían colocado una cruz con las clásicas siglas del EPD sobre sus tumbas de hombres públicos. Siete años más tarde les tocaría el turno a Batista y al imperialismo que luchó por mantenerlo; a estos en Cuba los enterró el pueblo con su Revolución de enero.

La masa ortodoxa quedó como un ejército cuyos jefes se dieron a la desbandada para siempre, su juventud seguía participando de cuantos actos se propiciaban contra la dictadura, mientras que en sus filas humildes iban surgiendo nuevos líderes.

Con la lucha se iba evolucionando políticamente, y así, mientras se combatía a la dictadura, se hacían círculos donde se estudiaba el marxismo, se imprimían folletos, hojas sueltas, pequeños periódicos mimeografiados, y se templaban para la lucha. Muchos ingresaban en la Juventud Socialista.

Pasan unos meses más y el 28 de enero de 1953, centenario del natalicio de José Martí, parte de la escalinata universitaria una imponente manifestación donde participan los obreros, estudiantes, empleados y pueblo en general, y entre esa muchedumbre se destacaba un grupo de varios miles de jóvenes que, ocupando seis cuadras, marchaban en tan perfecta formación que llamaba poderosamente la atención. Al frente de ellos iba Fidel. Eran los jóvenes, en su mayoría del Partido Ortodoxo, que ya habían encontrado un jefe e iban en busca de nuevos caminos de lucha.

La terquedad y ceguera de Batista, creyéndose omnipotente, y la función específica de perro guardián del imperialismo, habían situado al país en un callejón sin salida. Pacíficamente lo único que podía lograr sería una componenda entre las diferentes dirigencias de partidos burgueses que se disputaban el poder a espaldas del pueblo y en contra de sus intereses. De los cuatro partidos, que junto al auténtico formaban la coalición del gobierno de Carlos Prío, a los dos días del golpe se adhirió a Batista el republicano y antes del año, ya el liberal y el demócrata estaban otra vez en el poder junto a Batista. Es una muestra de que la política en Cuba era un «cachumbambé» de bandidos. En la clase obrera se intensificaba la destitución de sus líderes honestos, la imposición gansteril de falsos dirigentes, el asalto a manos armadas de los sindicatos, la pérdida paulatina de muchas de sus conquistas; la ofensiva patronal aliada a Mujal y al imperialismo profundizaba la división, teniendo como bandera el anticomunismo, cuidadosamente alimentado por la embajada yanqui a través de sus agentes en los cargos dirigentes de la CTC. Todo esto hacía que estuviera muy lejano el momento en que el movimiento obrero de masas alcanzara formas explosivas de lucha.

En el campo, la ahora desaparecida Guardia Rural, esa especie de policía política rural, desempeñaba el mismo papel que los actuales carabineros en otros países hermanos del continente. No permitían siquiera que nuestros campesinos se reunieran para crear una asociación campesina que les permitiera luchar por sus más inmediatas demandas, y solo subsistían algunas que, a duras penas, habían podido soportar las embestidas de los geófagos y sus defensores de la Guardia Rural, como las del Realengo 18, las Maboas y El Cobre.

Los estudiantes, cada vez que tenían oportunidad, salían a las calles en manifestaciones y encuentros con la policía. Pero, a pesar de su creciente combatividad, no dejaban de ser un pequeño sector que mantenía en alto su heroica tradición de lucha, que constituía un factor permanente de agitación, pero que por sí solos, muy poco o nada podían hacer.

¿Cómo lograrlo?

Estábamos de acuerdo, y teníamos conciencia de que era necesario para destruir la tiranía, poner en marcha un movimiento de masas; pero con los antecedentes expuestos, ¿cómo lograrlo?

Por aquellos tiempos Fidel decía: «Hace falta echar a andar un motor pequeño que ayude a arrancar el motor grande».

El motor pequeño era una acción inicial con aquellos jóvenes que, marchando casi militarmente, lo seguían aquel 28 de enero de 1953 y que, unas veces, en pequeños grupos introducidos en la universidad y, otras, en pequeñas fincas propiedad de campesinos amigos en el interior de la provincia de La Habana, habían ido recibiendo instrucción militar elemental, con manejo de armas y algunas prácticas de tiro.

Eran jóvenes humildes, en su mayoría obreros, empleados y algunos campesinos de La Habana y municipios del interior de la provincia, y también de Pinar del Río. Se destacó Artemisa por la cantidad de magníficos combatientes jóvenes que proporcionó, muchos de los cuales fueron cayendo a través de la lucha en los años posteriores. Algunos llegaron a ser heroicos combatientes del cuartel Moncada, firmes revolucionarios en la cárcel y el exilio, expedicionarios del Granma, valientes oficiales guerrilleros y fundadores del Ejército Rebelde, como Ciro Redondo y Julio Díaz, héroes de nuestra juventud que, como tantos otros, cayeron en la Sierra Maestra sin poder ver el triunfo de su causa.

Como justo homenaje a su memoria, una vez acabada la guerra, después de siete años de ausencia y de luchas incesantes, en hombros de su pueblo sus restos fueron trasladados a su ciudad natal de Artemisa.

Así eran aquellos jóvenes, hijos de nuestro pueblo humilde, que aquel 28 de enero iban detrás de Fidel, ya habían recibido alguna instrucción militar, se preparaban para el camino de la lucha armada, único que veíamos con posibilidades de éxito.

Mientras tanto, harían acto de presencia en las manifestaciones, actos, o cualquier otro tipo de lucha contra la tiranía batistiana.

(…) Ya Fidel lo tenía decidido: el motor pequeño sería la toma de la fortaleza del Moncada, la más alejada de la capital, la que, una vez en nuestras manos, echaría a andar el motor grande, que sería el pueblo combatiendo, con las armas que capturaríamos, por las leyes y medidas, o sea, el programa que proclamaríamos. Solo había una parte débil del plan: si fallábamos en la toma del cuartel, todo se vendría abajo. Una cosa dependía de la otra, el motor grande del pequeño; pero era una posibilidad, y detrás de ella nos lanzamos.

Se escogió el 26 de julio, domingo de Santa Ana, porque, como es sabido, durante esa fecha se encuentran en su mayor auge y desenvolvimiento los carnavales de Santiago de Cuba. Con tal motivo, miles de cubanos de otras partes del país, incluidos numerosos turistas de La Habana o santiagueros que, sencillamente, acuden a su ciudad natal para divertirse durante una semana en las tradicionales fiestas populares, lo que haría pasar totalmente inadvertidos a los hombres que se trasladarían desde La Habana hasta Santiago de Cuba como unos turistas más, de la misma forma que facilitaría, con el exceso de pasajeros y equipaje, el traslado de las armas.

Había transcurrido más de un año desde que Fidel inició su tarea de ir aunando en un movimiento, hasta entonces sin nombre y conocido solo por El Movimiento, a los mejores de los jóvenes ortodoxos que pudieron tener contacto con él.

El ataque al Moncada falló y el motor pequeño en ese momento no pudo echar a andar al grande. No pudimos vencer la entrada, y fueron prolongándose los años de lucha, que resultaron de vital importancia para forjar bajo el fuego a la nueva generación, de donde surgirían probados y valiosos cuadros.

Un año después del Moncada, caía abatida por el imperialismo la Guatemala progresista de Jacobo Arbenz. Entretanto, los años mencionados fueron fortaleciendo paulatinamente a los países amantes de la paz y del campo socialista, encabezados por la poderosa y fiel amiga la Unión Soviética, haciéndose aún más favorable la correlación de fuerzas internacionales para la victoria contra el imperialismo. Si no fuese así, si no pudiéramos contar con la ayuda de esas fuerzas, el imperialismo hubiera hecho pagar a nuestro pueblo un río interminable de sangre, por haber tenido la audacia de sublevarse contra la explotación.

El programa de La Patria

Para llegar a nuestros días, fueron de vital importancia los resultados históricos de aquel fracasado ataque al cuartel Moncada:

En primer lugar, inició un período de lucha armada que no terminó hasta la derrota de la tiranía.

En segundo lugar, creó una nueva dirección y una nueva organización que repudiaban el quietismo y el reformismo, que eran combatientes y decididas, y que en el propio juicio levantaban un programa con las más importantes demandas de la transformación económico-social y política exigida por la situación de Cuba y que, como consecuencia, rechazaban el plattismo de los viejos dirigentes que fueron dejados atrás, perdiendo influencia entre las masas.

Como una muestra concreta de tal pérdida, apareció en la sección Cabalgata política, de la revista Bohemia, de fecha 4 de diciembre de 1955, lo siguiente: «Fidel Castro resulta un competidor demasiado peligroso para ciertos jefes de la oposición que durante estos tres años y medio no han acertado a tomar una postura correcta ante la situación cubana (...).

En tercer lugar, destacó a Fidel Castro, como el dirigente y organizador de la lucha armada y de la acción política radical del pueblo de Cuba.

Y en cuarto lugar, sirvió de antecedente y experiencia para la organización de la expedición del Granma y la acción guerrillera de la Sierra Maestra.

Fidel no se eleva a la dirección nacional de Cuba solo porque demostrara valor y arrrojo, firmeza y decisión en la organización del asalto al cuartel Moncada, sino porque expuso, junto a eso, el programa de la patria, el programa del pueblo. Y no solo expuso ese programa, sino que demostró la voluntad de realizarlo, y enseñó el camino para conquistarlo.

Si Carlos Marx expresó que los comuneros de París estaban «...prestos a asaltar el cielo...» del ataque al Moncada por varias docenas de jóvenes armados con escopetas de matar pájaros, alguien debiera decir que «trataron de tomar el cielo por sorpresa».

Años después, en el Granma, vendría de nuevo el motor pequeño; habían madurado más las condiciones; no volvimos a confiarnos en los resultados exclusivos de una acción, haciendo depender los demás planes de los resultados de aquella, sino de forma tal que uno o varios fallos no hicieran fracasar toda la empresa. Y a pesar de los primeros y serios reveses que sufrimos los expedicionarios del Granma al inicio de la lucha guerrillera, la tenacidad y firmeza de Fidel al inculcarles a los pocos y primeros combatientes la idea de no darnos nunca por vencidos, mantuvo las guerrillas durante los primeros tiempos, logró el apoyo de los campesinos y los obreros agrícolas primero, de la clase obrera y el resto del pueblo después. Todo esto constituyó el motor grande que hizo caer a la tiranía e iniciar la Revolución. No fue en aquella mañana de julio de 1953, sino el 1ro. de enero de 1959, cuando con una base firme, iniciamos la conquista del cielo, aquel que para un verdadero revolucionario, para un marxista-leninista, se conquista aquí en la Tierra: el progreso, el bienestar y la felicidad de nuestro pueblo.

El 26 de Julio es una gran efeméride de la Revolución.

El 26 de Julio es una gran fecha en la historia de nuestra patria.

El 26 de Julio se prolonga en el Granma, en la Sierra, en el llano; se materializa en enero de 1959; el 17 de mayo en la reforma agraria, en la reforma urbana, en los cuarteles transformados en escuelas, en la nacionalización de los pulpos de la electricidad y los teléfonos, los bancos, los centrales azucareros y demás grandes industrias y empresas del país, lo que permitió a la Revolución tomar en sus manos todos los principales resortes de nuestra economía, medida elemental para fortalecernos y seguir avanzando en medio de las circunstancias que nos rodean. Se enlaza y se continúa con la Declaración de La Habana, con la victoria de Playa Girón y con la proclamación del carácter socialista de nuestra Revolución, que realiza en nuestra querida tierra cubana el más alto y querido ideal de la sociedad humana: Acabar con la explotación del hombre por el hombre.

Fuente: Relatos del asalto al Moncada. Comisión de orientación revolucionaria de la dirección nacional del Pursc, 1964.

El 26 de Julio fue el «motor pequeño» que abrió paso a la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes. Foto: Archivo de JR

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.