Añoranza

Es recurrente escuchar que «la vida de estudiante es la mejor». Y es cierto, solo que en muchas ocasiones el rigor de la academia no nos permite comprenderlo hasta que pasan los años

Autor:

Margarita Barrios

Ayer mi barrio amaneció temprano. Ya extrañaba el paso de los pequeños que acuden a la escuela primaria cercana. A las ocho en punto escuché de nuevo las notas de nuestro Himno Nacional entonado por las voces infantiles que, con ritmo acelerado y énfasis marcado, lo asumen con rigor en la letra, «como lo enseñó la maestra».

Allí estaban también los padres. Eran muchos más que los acostumbrados, pues la ocasión del inicio siempre motiva a que concurran varios miembros de la familia para ver de cerca a la maestra, escuchar las primeras orientaciones de la directora, y luego entonces, seguros del sitio donde dejaron a sus niños, marchar al trabajo.

A mi mente vino el primer día de clases de mi hijo, cuando, algo temeroso y con orgullo, se puso por primera vez el uniforme, cuidadosamente preparado para la ocasión. También, el momento en que recibió la estrellita de «ya sé leer», los esfuerzos por las buenas notas para garantizar una plaza en el preuniversitario, y después la universidad, la graduación en el teatro Karl Marx y el título de licenciado en sus manos, premio de muchos esfuerzos realizados por él y la familia.

De manera especial recuerdo el día en que anudé por primera vez la pañoleta de pionero de mi niño. Trampa entonces de la mente que me lleva al momento en que mi mamá colocó la mía. Fue en el mismo escenario, el mismo día... Porque la escuela es también tradición.

Es recurrente escuchar que «la vida de estudiante es la mejor». Y es cierto, solo que en muchas ocasiones el rigor de la academia no nos permite comprenderlo hasta que pasan los años. Por eso hoy, de cierta manera, reviví con añoranza mis vínculos con la escuela, esa que cada año impone nuevos retos y es parte imprescindible de nuestras vidas.

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