Malecones frente a los vientos de Irma

Cuando solo unas horas separaban a Cuba de Irma, JR se asomó desde tres balcones marinos de la Isla, el malecón baracoense, el de Caibarién y el habanero, para ver cómo en esos sitios, propensos a inundaciones, se preparó la gente ante la amenaza del huracán

Autores:

Nelson García Santos
Ricardo López Castellanos
Arelis Alba
Yunet López Ricardo

El ajetreo de las familias fue evidente en el malecón de Baracoa en los últimos días. En zonas próximas al litoral de la ciudad la gente buscaba resguardar sus pertenencias trasladándolas hacia lugares seguros, lo mismo en coches tirados por caballos, que en carretones, o por ellas mismas.

Otros preferían asegurar productos alimenticios en tiendas recaudadoras de divisas y locales del comercio y la gastronomía, que tuvieron una repentina demanda en poco tiempo; mientras aumentaba también la venta de ofertas agrícolas en placitas estatales y en puestos por cuenta propia.

Algo estaba claro: si antes de Matthew muchas personas parecieron desprevenidas sobre todo por falta de percepción de riesgo e irresponsabilidad, esta vez la respuesta ha sido más dinámica.

José Luis Ferrán, ocupado en labores de la Defensa Civil, dice que «siempre hay un indisciplinado y siempre el indisciplinado es la víctima», pero asegura que la sacudida de Matthew fue tan fuerte que ahora se sabe con certeza que «todo el área del malecón, desde El Caracol hasta la Punta, es, prácticamente, del mar ante una inclemencia ciclónica». Es una preocupación que le toca de cerca. «Aunque estoy cumpliendo con mi trabajo, no dejo de estar intranquilo. Vivo en la zona y ya este miércoles tengo que salir de mi casa. No puedo esperar».

En un apartamento del segundo piso de un edificio frente a las aguas del Atlántico, Carmelina Muguercia, junto a su hijo de ocho meses y su suegra, parecía tranquila en su rutina habitual; pero aseguró que «hay que tratar de proteger todo lo que podamos».

En áreas del parque de la niñez y la juventud se retiraban los equipos desmontables y muy cerca alguien se valía de una diminuta turbina para aprovechar el tiempo de distribución de agua potable planificado para todos los puntos del territorio.

Gonzalo Rojas García, delegado de la circunscripción 11 que abarca las calles Malecón, Máximo Gómez y Flor Crombet, las más cercanas al litoral baracoense, instaba a los vecinos a asegurar las pertenencias en casas de familias y amistades, recordaba cómo antes algunas personas desobedecieron lo orientado y pusieron su vida en riesgo, y pedía prestar atención a los medios de difusión locales y al mensaje del altoparlante que desde las 11 de la mañana recorría las calles de la ciudad para orientar a la población.

Pero Matthew sí parece haber sacudido la conciencia de la gente. Esta vez no habrá indisciplinados como los que la vez anterior tuvieron que ser rescatados por los bomberos en pleno azote del meteoro.

De momento los habitantes de la Primera Villa de Cuba están a prueba para enfrentar los efectos de un segundo huracán en menos de un año. El ajetreo en las arterias de la urbe muestra la preocupación de sus habitantes ante un fenómeno que no los tomará por sorpresa.

Ante el muro de La Habana

«Dos veces he visto que el mar ha subido más alto que ese muro»; y el hombre de 82 años con más de 40 viviendo en 3ra. y C, en el Vedado, a solo unos metros del malecón habanero, señala una pared de casi dos metros de altura.

«Con algunos hierros preparé en mi casa una especie de barbacoa, y ahí arriba subo todas mis pertenencias; pues el agua ha entrado y llegado hasta por encima de mi pecho», cuenta el jubilado Rolando Tablada.

El habanero Rolando Tablada señala hasta donde subió el agua en 2005 por las inundaciones que ocasinó el huracán Wilma. Foto: Roberto Ruiz

Aunque posiblemente los vientos huracanados de Irma no llegarán hasta la capital, Rolando se prepara y recuerda aquellas dos grandes inundaciones, la de marzo de 1993 provocada por la llamada «Tormenta del Siglo», cuando las olas alcanzaron hasta seis metros de altura, y la de octubre de 2005, durante el paso del huracán Wilma.

«Mi hija menor tiene 12 años, —dice— y con ella, que tenía un añito, sobre mis hombros, nos sacaron en una lancha del círculo infantil cercano a la casa, donde fuimos evacuados.

«Para este ciclón ya tengo un tanque de agua potable listo, pues la cisterna se puede contaminar con la salada; y ya estoy subiendo todo para mi barbacoa, pues lo que uno tiene debe protegerlo, y lo principal, es la vida».

Irma se acerca, y aunque el litoral norte capitalino aparenta tranquilidad, quedan en la memoria los días en que el mar avanzó tierra adentro, como aquellos de septiembre de 2008, por la fuerza del huracán Ike, que aún en primera categoría, trajo olas gigantes por sus severas rachas.

Tampoco nadie olvida la más reciente inundación el pasado enero a causa de una fuerte y extensa baja extratropical sobre Carolina del Sur, Estados Unidos, la cual llegó a cubrir aproximadamente 400 metros desde el muro del Malecón hacia la ciudad, dejando sótanos anegados y unas 40 familias evacuadas. Por eso, quienes habitan cercanos a la costa, toman medidas para proteger sus bienes.

«Esta es la séptima compuerta de madera que fabrico. Me las han encargado los vecinos que, sobre todo, viven en la planta baja de los edificios. Tienen miedo de que el ciclón se les meta en la casa», dice José Reivero en la calle B, entre 3ra. y 5ta.

Asimismo, la veinteañera Carolina Sánchez asegura que «quienes viven por aquí buscan poner sus pertenencias en alto. Mi casa está en un segundo piso, y aunque no voy a pasar el huracán aquí, estoy sacando algunas cosas y reforzando puertas y ventanas; ya compré comida y herví suficiente agua».

No obstante a las precauciones, a algunos moradores les extraña que «aún no han venido las personas que deben podar los árboles y limpiar los desagües. Es la preocupación de todos los vecinos.

«Frente al pasillo interior donde vivo, en 5ta., entre A y B, pondremos una compuerta para que no pase el agua, pero por la intensidad del huracán puede ser que entre mucha», comenta el lugareño Rolando Sánchez.

Caibarién y su «chica muralla»

Con la calma de su pequeño malecón, los caibarienses vivieron un jueves con un clima como muchos otros días. La mañana se abrió a las rutinas cotidianas en la ciudad bajo la brisa fresca de ese mar con el que siempre ha mantenido una complicidad íntima, pero los preparativos por el avance de Irma no se hacen esperar.

La gente está consciente de que hay que hilar fino, pues hay una franja costera de 8 000 metros, y en un tramo de 1 800 de estos se asientan populosos barrios, lo que convierte a la urbe en la de mayor población ubicada a la vera marina.

La víspera reinaba la tranquilidad en la ciudad, que no había paralizado sus quehaceres diarios de servicios y producción, mientras había también un incesante ajetreo y trabajo para tenerla a punto antes de la hora de la verdad.

A pesar de la magnitud destructiva que puede tener el impacto de Irma, la desesperanza no asomaba por ninguna parte aquí, donde estaba en marcha la evacuación de 3 860 personas hacia instalaciones del sector de Educación, y otras 6 000 se protegerán en casas de sus familiares o vecinos debido a que las de ellos carecen de buenas condiciones.

Aquí hay experiencia de lo que significa un huracán, la gente recuerda todavía al Kate que desbordó el mar hasta 300 metros dentro de la ciudad que, además, es atravesada por tres ríos que desembocan en el mar.

En Caibarién, por donde Irma tocará primero a Villa Clara, estaban prácticamente terminados los trabajos de aseguramiento para afrontar la contingencia.

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