El carné invisible que entregó Irma - Cuba

El carné invisible que entregó Irma

Da igual que sean estudiantes, maestros o científicos. En días de Irma, todos los jóvenes se levantan por Cuba

Autores:

Nelson García Santos
Susana Gómes Bugallo
Lisandra Gómez Guerra

Tal vez será porque lo cuentan con esa intensidad casi inocente que define el sentir de quienes no han vivido tanto. Quizás ocurre porque ser joven en Cuba lleva una carga extra de pasión. Quién sabe por qué dicen y dicen con la soltura aplastante de quien comparte su vida al mismo ritmo que la vibra. La razón exacta es inexacta. Pero Irma contada por los jóvenes no se escucha igual. La fuerza aplastante de la juventud arrasa más que cualquier huracán.

No es que vayamos a decir que los estudiantes de las universidades y escuelas, los jóvenes trabajadores de los municipios y hasta los casi estrenados en la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media han laborado más que los miles de linieros, obreros de Comunales, los heroicos bomberos o quienes desde los Consejos de Defensa del país llevan en sus hombros el desvelo de toda Cuba.

Pero es que precisamente en esas estructuras va también el aliento joven que ayuda a levantar este archipiélago, momentáneamente herido, con una vitalidad implacable que no permite mañanas o esperas de ningún tipo.

Sin embargo, esta es la historia de quienes hacen sin responsabilidad laboral, sin una función que los defina como encargados de despertar a este caimán ralentizado por un poderoso huracán. Este es un capítulo de la novela infinita de los estudiantes que guardaron sus libros por estos días para cargar escombros y ramas deambulantes, de los científicos que no esperaron por alguien para dejar listo su centro de investigación, de los profesores que cambiaron tizas por escobas para poner su escuela «a punto de caramelo», de los muchachos del barrio que apartaron el dominó al que obliga la espera y se unieron a cualquiera que llegaba a ayudar.

Es el relato de quienes asumieron a Irma solo con el compromiso de portar ese carné invisible que nos presenta al mundo como jóvenes cubanos.

Del anonimato a la celebridad

Es una de las caras famosas por estos días. Para quienes se han tropezado con las redes sociales, el rostro de Yaimet Mayedo Rodríguez no pasó desapercibido. Suyas son las manos que acogieron a una bebé de diez meses en medio de las evacuaciones urgentes ante las turbulencias de Irma.

Ella sonríe entre tímida y calmada. Es funcionaria del Comité Provincial de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) en La Habana y no está adaptada a que se le entreviste por estos motivos. Solo sabe que se sumó a lo que hiciera falta en medio de la contingencia y por sus brazos pasó todo el que necesitó apoyo mientras las aguas hacían lo suyo.

«Era una madre con dos niñas: una lactante aún y la otra con alrededor de cinco años. Los muchachos de rescate y salvamento las sacaban de sus casas y yo estaba esperándolas para subirlas en los ómnibus que las llevarían a los centros de protección. La cámara captó el momento en el que tomaba a la pequeña en mis brazos y el video se hizo casi viral en las redes», cuenta a JR.

Esta muchacha que aún no tiene hijos, ama a los niños y hasta pretende especializar su profesión de sicóloga en el área infantil. Todavía no se encumbra en el cumplimiento de esos dos deseos, pero su ternura con la bebé que quizás nunca la conozca, nos dice que Yaimet va por buen camino.

«Para nosotros Irma no tuvo un comienzo ni un fin. Ha sido todo el tiempo en función de La Habana: desde que comenzó la fase informativa hasta la recuperación en la que estamos todavía. Muy pocos hemos ido a la casa y, si lo hacemos, es solo para bañarnos, comer algo y retornar a los lugares en los que nos necesitan», relata la muchacha.

Y se lanza entonces a describir cómo el entusiasmo joven puede llegar a todo un barrio, tal y como ocurrió a los pies de la estatua de nuestro Julio Antonio Mella, cerca de la escalinata de la Universidad de La Habana, cuando los vecinos se asomaron y vieron a los estudiantes trabajando. Un momento después, ya estaban a su lado con escobas. Porque la juventud contagia; eso se sabe.

La ciudad en sus espaldas

Todavía había luz eléctrica y agua cuando los jóvenes andaban por las calles intentando explicar el peligro que se avecinaba. Aún estaba el sol afuera y los vientos calmados cuando tuvieron que convencer a las personas de evacuarse. Algunos se resistieron. Y por ellos hubo que volver en medio de los azotes de Irma.

Así lo cuenta Mai-Lin Alberty Arrozarena, secretaria del Comité Provincial de la UJC en La Habana, quien casi no ha dormido en todos estos días, después de ponerse al servicio del Consejo de Defensa de ese territorio, y comandar a sus muchachos en lo que sea que ha hecho falta.

«Entre los jóvenes y cuadros profesionales de la UJC nos distribuimos por los municipios de Centro Habana, La Habana Vieja, Plaza de la Revolución y Playa, fundamentalmente, aunque el resto estuvo apoyando desde sus consejos de defensa municipales», ilustra y agrega que fue gratificante ayudar a las personas a sacar sus pertenencias y cargar ancianos, niños y a todo aquel que lo necesitara, además de asumir la atención en los centros de evacuados.

Después de inundarnos de anécdotas que valdría la pena contar si el espacio alcanzara, nos explica que ahora la juventud capitalina apoya en las labores de saneamiento de las calles, dejando listos los centros docentes y donando sangre para reforzar la reserva de la provincia.

«Vamos a hacer todo lo que podamos con tal de recuperar lo perdido. La Habana va a ser ahora más linda que antes», confirma Mai-Lin rebozando optimismo.

Las primeras veces de Karla

Cuando Karla Santana Rodríguez se despertó el lunes después de Irma, tuvo que decirle a su mamá que se iba para la universidad. «¿Para dónde vas si las calles deben estar atascadas todavía?», le espetó su progenitora, preocupada.

Ella sonrió y salió para el centro de altos estudios que la había acogido por primera vez jornadas atrás. Algo le decía que no estaría sola en esa «locura». Y fue maravilloso que la realidad se lo confirmara, al llegar a su UH bien temprano y encontrarse a cientos de jóvenes que ya sudaban la gota gorda por su Alma Mater amada.

«Fue impactante porque se reunió un grupo importante de muchachos sin convocatoria alguna. Nadie nos llamó ni nos buscó, pero todos amanecimos allí porque sabíamos que se necesitaba nuestro apoyo. Desde ese día hemos estado trabajando en la universidad y sus áreas cercanas», resume.

Pero aquí no pararon las primeras veces de Karla. Esta muchacha que ha cursado solo tres días de su recién iniciada carrera de Historia estrenó sus 18 años con una donación de sangre. «Después del trabajo voluntario del lunes, estuvimos seis horas sin comer para poder donar sangre, porque se afectó la reserva de La Habana. Estaba muy nerviosa, pero entusiasmada porque sabía que estaba haciendo algo útil, y en mi familia es casi una tradición. En la universidad me habían dicho que era muy bajita y delgada para donar, pero dije que sí podía y pude», dice.

«La calidad humana de las personas se mide por su capacidad de solidarizarse con el dolor ajeno. Y los jóvenes universitarios no solo dejamos lista nuestra universidad, sino que saldremos a las calles para ayudar en todo lo que haga falta», recalca y termina su historia contando que, cuando regresó a casa, su mamá se puso muy feliz al enterarse de que Karla había donado. Empezó a llamar a todo el mundo con ese orgullo sin malicia que las madres nunca disimulan.

El CIM tomado por sus jóvenes

Para resguardar su segunda casa, los muchachos del Centro de Ingeniería Molecular (CIM) prepararon la edificación para soportar las consecuencias de la próxima Irma. Días después, volvieron para solucionar cualquier dificultad que el fenómeno meteorológico hubiese dejado. Y se lanzaron también a ayudar a los trabajadores que habían sido dañados. Ya lo consiguieron, cuenta a JR Ridell Álvarez Arzola, investigador de esa institución.

Pero esos jóvenes no se están quietos. Ahora andan donando sangre para aquellos que la puedan necesitar en estas convulsas jornadas. Cada quien tiene sus motivos para acometer tan importante labor. Los de Ridell son recordar que el huracán Charley provocó consecuencias a los suyos allá, por el 2004, y él agradece todo lo que desde cualquier sitio se hizo por los afectados. «No estamos haciendo otra cosa que no sea salvarle la vida a alguien. Yo viví en aquel entonces que muchos de mis amigos tuvieron esta actitud y fueron mi ejemplo. Este es un acto de fe para quien lo necesite», ahonda satisfecho.

La noche de Irma

Allí, en la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, mientras Irma caminaba por el borde de Cuba, estaban 158 estudiantes extranjeros bien protegidos, acompañados todo el tiempo por directivos, resguardados en un edificio que tenía las condiciones técnicas para resistir la furia del huracán.

Casi la totalidad jamás había vivido la experiencia de sentir en pleno apogeo un fenómeno de esa naturaleza, aunque sí conocían sobre lo peligrosos que resultan, tal y como lo confirmaron cuando estaban bajo su asedio.

Para el joven angolano Flávio Tiopi Miguel, estudiante de quinto año de la carrera de Biología, simplemente fue algo increíble. «Si tengo la oportunidad se lo voy a contar hasta a mis bisnietos», comparte con JR.

Para el congolés Holssen Likibi Suetalden resulta comprensible que, bajo el azote de un fenómeno natural inédito, uno se cuestione si saldrá vivo por muy seguro que esté. «Con solo ver la calma de los cubanos que estaban allí, sabíamos que todo estaba bien. Pero ¡qué va! Lo que uno sentía lo hacía dudar», confiesa.

El estudiante Arnold Félix, de Granada, estaba como pez en el agua. Él, acostumbrado a los embates cicloneros, les daba ánimo, les decía que no pasaría nada. Entonces se le ocurrió decir «vamos a cantar» con el fin de ahuyentar la tensión. Y funcionó.

Cuando se pudo, un grupo de estudiantes de Periodismo les asignó mantener la intranet, actualizar la página web e intercambiar en las redes sociales sobre lo ocurrido. Así fueron útiles hasta en esos momentos de pánico.

Cuenta Juan Ariel Toledo que muchas personas de otros países que estudiaron aquí se conectaron para conocer al detalle lo sucedido y expresar su solidaridad. Fue también una buena experiencia para nosotros, apunta.

La transformación

Los estudiantes extranjeros quedaron asombrados cuando el vendaval pasó y el día puso ante sus ojos el impacto desgarrador. Ni aquella caoba de más de 40 años resistió, pero no pudo menguar las edificaciones de su centro.

En la Universidad Central, que semeja un gran campo verde, las mayores afectaciones fueron en sus árboles y jardines, en el tendido eléctrico, telefónico y en el abasto de agua.

La doctora Osana Molerio Pérez, vicerrectora primera de la institución, reveló que también dañó el cable de fibra óptica en las facultades de Ciencias Agropecuarias y Construcciones, así como las ventanas y sus cristales.

Igualmente, quebrantó la manta de impermeabilización de la facultad Eléctrica y un ala de un edificio de la residencia estudiantil, además de la caída de tejas de fibrocemento o zinc.

Molerio Pérez subraya que en la universidad se resguardaron en las áreas más seguras los recursos materiales, por lo que no hubo perjuicios en los equipos de la docencia y otros de sus medios, tampoco en laboratorios especializados y en los recursos de las investigaciones.

Si rápido golpeó Irma, más veloz aún salieron a borrar su imagen de estos predios. Y, en primera fila, los estudiantes extranjeros. Flávio Tiopi sintetiza el por qué con esta frase: «la amistad hay que expresarla más en los momentos difíciles que en los buenos».

Para ellos entraña una gran satisfacción poder hacer esta pequeña contribución, pues tienen mucho que agradecer a Cuba y, en especial, a esta universidad que tanto quieren.

Por ello se unieron a estudiantes universitarios de Santa Clara, a los profesores, dirigentes de la institución y trabajadores de servicios para acometer la limpieza y recogida de desechos.

Lo primero que se logró fue revitalizar el acceso y las vías internas, despejar en buena medida los árboles caídos o ramas en las áreas de los transformadores, se limpiaron todas las facultades, reorganizaron las aulas y comenzó la instalación de los equipos que habían sido resguardados.

Para reiniciar el proceso docente en la universidad, donde estudian becados más de 4 000 jóvenes, hay que reactivar el sistema eléctrico y el abasto de agua, para lo cual se está trabajando. Pero la primera piedra de ese inmenso esfuerzo ya estuvo en manos jóvenes.

Ni con 20 huracanes más

Roxany Enríquez Lago, estudiante de cuarto año de Medicina, no olvidará jamás el jueves 7 de septiembre. Sin saber con qué propósito, asistió a la convocatoria que realizó el Secretario del Partido en Sancti Spíritus a los miembros de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) para reunirse en el Gobierno Provincial.

Pasada poco menos de una hora, y sin poner condiciones para hacer, partió junto a un centenar de jóvenes de las dos universidades del territorio hacia Yaguajay, el municipio espirituano que, desde ese momento, se pronosticaba sufriría los mayores estragos por el paso del huracán Irma al norte de Cuba.

En el camino de una hora y tanto de duración conocieron la misión que cumplirían: concientizar a la población de la necesidad de evacuarse.

«Nos dividieron en subgrupos. Yo fui para Nela, uno de los puntos más cercanos a la costa. Trabajamos hasta cerca de la madrugada casa por casa, donde, además de explicar qué estaba ocurriendo, alertamos sobre la necesidad de hervir el agua y conservarla en sitios seguros para evitar la proliferación de epidemias», agrega.

Cuando la fatiga fue más fuerte, el colectivo juvenil se reconcentró en la escuela primaria de Mayajigua, donde, en condiciones de campaña, cada quien escogió un rinconcito para estirar los huesos. Con el amanecer retomaron las acciones.

«Volvimos a las mismas comunidades y entonces encontramos que en algunos hogares había resistencia. Pero entre todos los convencimos de que debían trasladarse hacia las casas vecinas más seguras porque no había allí ningún centro con condiciones para la evacuación. Los muchachos cargaron desde refrigeradores hasta camas y a nosotras nos tocó lo de menos peso. También trabajamos en la biblioteca, donde resguardamos su colección porque Irma debía destruir lo menos posible», añadió.

La espirituana Roxany Enríquez Lago agradece la experiencia que compartió en esa comunidad yaguajayense, donde sus vecinos aseguran que la mirada pasiva de sus ojos azules fue también un aliciente para las horas más trágicas vividas en ese territorio.

Como esta futura galena, Luis Ernesto Camellón Curbelo, estudiante de quinto año de Licenciatura en Contabilidad y Finanzas en la Universidad de Sancti Spíritus José Martí, también se mantuvo junto al pueblo yaguajayense durante las primeras horas del entonces inminente paso de Irma por esa región norteña.

«A mí me mandaron para Seibabo. Es indescriptible contar lo que se siente cuando se ayuda a los que no pueden. Ahí hicimos de todo y la gente te agradecía mucho. Chocar con esa realidad nos hace mejores seres humanos», opina quien es el Presidente de la FEU en su casa de altos estudios.

Luego del paso de Irma, Camellón Curbelo regresó al norteño municipio, pero en su mochila llevaba otra misión: transmitir el llamamiento del Presidente cubano, Raúl Castro Ruz, a quienes por falta de fluido eléctrico desconocían lo que estaba ocurriendo en el resto de la Isla.

«Llegué a Venega, otra comunidad de Yaguajay, y fuimos por los distintos CDR en pequeños grupos compartiendo la idea de que, a pesar de los estragos, jamás se dejaría a nadie desamparado. A quienes, por problemas de salud, no pudieron salir a la calle, se les tocó la puerta de sus casas y la gente lo agradeció porque confían en este proceso revolucionario que es indestructible. ¡Ni con 20 Irmas!», concluye y sigue andando.

Honor a las manos jóvenes

Y las acciones valiosas que llegan después del azote huracanado no se quedan sin el honor que merecen. Los reconocimientos de las personas del pueblo, de las que están inmediatas a la ayuda, no se hacen esperar. En nombre de las autoridades, también llegan las alabanzas a los muchachos que han puesto en pausa su vida por unos días para ponerse el país en los hombros.

José Ramón Saborido Loidi, titular del Ministerio de Educación Superior (MES), felicitó a los profesores y educandos de la casa de altos estudios de Sancti Spíritus por involucrarse en cada una de las tareas convocadas ante, durante y luego del paso del huracán Irma por el norte de este territorio.

«Fueron el centro en acoger el mayor número de evacuados en el país y sus alumnos se insertaron en el trabajo directo con la población protegida para que comprendiera la necesidad de salir de sus casas. Ahora se involucran con ellos para que se recuperen. Eso demuestra que nuestra juventud forma parte de ese complejo proceso», añade.

El Ministro del ramo informó además que varias universidades y sedes sufrieron daños por el paso del fenómeno meteorológico, por lo que el reinicio de sus clases dependerá de las particularidades de cada territorio.

Por eso ha sido tan importante ponerse a hacer también desde la juventud. Porque juntos podemos más. Y no hay carnés que distingan mejor una condición que esos invisibles que Irma ha entregado por estos días a quienes no dudan en ponerse el país a la izquierda del pecho.

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