El clóset «salvador»

Una mamá esmeraldeña y su hijo pasaron la noche en un singular refugio. Los violentos azotes de Irma les hicieron desconfiar de un milagroso invento criollo que, ahora dicen, les salvó el techo de la casa

Autor:

Yahily Hernández Porto

ESMERALDA, Camagüey.— «Aprendí, antes que a jugar con muñecas, que a los ciclones hay que respetarlos», dice Manana, una abuela esmeraldeña cuya calma en medio del paso de Irma sorprende todavía a sus allegados.

—¿Cómo logró estar calmada, a pesar de sus años? 

—La vida, las cosas que pasó una. Imagina que cuando el ciclón del 32 yo tenía cuatro años y papá nos salvó de milagro. Aquello no se me ha olvidado. Recuerdo que papá, bajo los vientos y los aguaceros torrenciales, sacó a los puercos del corral y nos metió allí. Nos salvamos en tablitas, porque ¡cómo hubo muertos en La Veguita!».

Felicidad Bello repasa los recuerdos sentada en su morada de la calle Francisco Carrillo, de la cabecera municipal, con la sabiduría de sus 89 años dibujada en el rostro.

Un traguito de café deleitó el encuentro con la casi nonagenaria, y con una buena parte de su familión, quienes asombrados por la aptitud de su abuela también la escucharon muy atentos.

«Hay que hablar mi’ja, y contar lo que una tiene en el pecho. Hay que tener plomo en los nervios para no perder la tranquilidad, aunque sientas cómo se derrumban las paredes de concreto a tu lado.

«Aquí en mi casa, con Irma temblaron los armarios y hasta los muebles donde estábamos sentados. Hubo momentos en los que pensé que había que meterse en el baño. Sentí cómo caían, una detrás de otra, las matas de aguacate y la tapia. La que resistió el Key y el Ike se cayó de cuajo.

«Yo me decía que si no morí con el ciclón del 32, mucho menos pasaría ahora, cuando hay tanta gente preocupada por una. Mis hijos, mis nietos, mi familia, mis vecinos…. Todos al otro día estaban recogiendo escombros. Así que mientras haya fuerza en la gente no hay ciclón que nos borre del mapa. Siempre se dijo que era grande Irma, que había que prepararse y esa es la calma que tuve y que tengo: ver a mi familia trabajando, vivita y coleando».

Cuando nuestro diario llegó a esta localidad, fuertemente azotada por el ciclón y a pocas horas de su paso, miles de brazos se batían para rescatar al menos en lo posible la imagen, no la de siempre, ni tan linda como la de antes, pero sí una de empuje y hasta de añoranza por lo que ya no está, por lo que se llevaron los vientos.

En medio de tanto trabajo estaban estas madres, esposas, abuelas, hermanas… laborando o dando aliento a sus hijos, familiares o vecinos en medio del desastre.

Como tantas cubanas se les vio en un abrazo con los suyos levantar sus casas… con lo que les quedó en el piso: pocas tablas, un pedazo también de sus almas.

Allí donde el ojo fatídico de Irma miró bien de cerca, las esmeraldeñas contuvieron el llanto para no solo ayudar a reconstruir, sino para confesar lo que sintieron mientras el huracán las rodeaba.

Gravilla frente a los vientos

Una «artimaña criolla» fue la que emplearon Ada Ibes Rodríguez Bello y su hijo, Erigel Pestana, durante el paso del ciclón por Esmeralda, para evitar que el huracán les volara el techo de la vivienda.

Cuenta Ibes, de 50 años, que su muchacho no dejó gravilla en el patio. «Buscamos unos 20 sacos, los llenamos y los pusimos sobre las tejas de zinc.

«Para cuando Irma llegó todo iba bien, con mucho traqueteo por todos lados y sin percance. Pero sobre las ocho de la noche vimos cómo una de las tejas empezaba a ceder ante la furia de los vientos y la mata de mango cercana a la casa se doblaba como una penca de coco.

«Mi hijo y yo nos miramos y casi al mismo tiempo nos resguardamos en el clóset del cuarto. Allí estuvimos hasta el amanecer, tranquilos y abrazados. De verdad que pensamos que la casa no aguantaba y mucho menos el techo.

«Para cuando pudimos salir, en la mañana del domingo, vimos con asombro cómo las tejas no volaron, aunque sí se zafaron algunos clavos; y la mata, que era más vieja que yo, fue arrancada de raíz.

«Bien nos dijo el abuelo en vida, que este invento criollo de las gravillas es muy bueno, porque al mojarse pesan más y aguantan las tejas ante la fuerza de los vientos.

«Lo cierto es que todo cuanto se haga para esperar un ciclón nunca está de más, porque lo mejor para enfrentarlos es no confiarse».

 

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