Historias de la patria chica

Cuéntame de tu barrio, propuso Juventud Rebelde en su sección La tecla del Duende a sus lectores y muchos enviaron crónicas formidables del entorno más cercano a sus sentimientos. Hoy compartimos una primera entrega de los trabajos premiados en aquella fraterna lid

Autor:

Juventud Rebelde

El alma de mi barrio

Alguien dijo una vez, en tono humorístico, que en mi barrio entraba un taxi y salía una ambulancia (o viceversa); un compañero de trabajo lo repetía en mi presencia, no sé si como halago u ofensa. Lo cierto es que mi barrio es luminoso, pese a los baches y la basura sin recoger por varios días.

Cuando «los pobres de la tierra» invadieron (invadimos) mi barrio, aún era un reparto parcelable para construir casas de buen ver y mejor costar, pero…

De repente comenzaron a crecerle edificios cuadrados, chatos y feos (para nosotros preciosos), dispuestos de forma arbitraria, incluso algunos atravesados en el lugar donde debía haber una calle; su numeración resultó tan disparatada como su emplazamiento, de manera que al recibir por primera vez a un visitante hay que salir a alcanzarlo en un punto fácil de encontrar para el forastero, por temor a que se extravíe.

Con la invasión mi barrio adquirió un alma solidaria, bullanguera y bienhablada, pero su alma envejeció y ahora, entre malas palabras y gritos destemplados hasta en la hora del sueño, parece que ya no existe.

Sin embargo ayer, andando por mi barrio con la jaba de los mandados y los achaques a cuestas, vi pasar corriendo a un muchacho enajenado que me pareció conocido; caminé tras él con mi lento paso y, aunque lo perdí de vista, lo encontré tumbado en la acera, hundido en su mundo de fantasía y murmurando incoherencias. Parada junto a él, con una niña de la mano, vestidas evidentemente para pasear, había una muchacha de las que nacieron en mi barrio, descendiente de «invasores».

Me dijo: «Mandé a buscar a su madre».

Y se quedó junto a mí hasta que la madre del muchacho llegó a buscarlo.

Pensé que posiblemente esa chica conocía solo de vista a las personas que había ayudado; entonces percibí, casi oculta por la desidia, el alma de mi barrio que creía perdida definitivamente. (1er. Premio, Miriam R. Cruz Méndez, La Lisa, La Habana)

Homenaje

Vivo en Camagüey, pero no en «la comarca de pastores y sombreros», sino en un barrio, que a decir de mi papá, es de los más «malos», y lo decía porque desde su profesión de instructor policial resolver un caso no era muy fácil allí. Soy hija adoptiva desde hace casi dos años de Juruquey o Altura de la Vigía, como le han querido llamar algunos para cambiar la fachada.

Aunque su fama lo precede y en cierto modo lo injuria, mi barrio me ha parecido pasivo, servicial y hasta agradable. Es cierto que hay momentos de música estridente, o de juegos de dominó interminables (…), pero no podemos dejar de hablar de esos viejecitos que viven a la entrada de mi casa y que siempre están dispuestos a servir a los demás y te tratan de usted, y esa vecina de enfrente que se ha ganado el nombre de «Mi madre»…

Pero no es de estos detalles de los que les quiero hablar. Me decidí a escribir porque quiero mostrar cómo la cubanía y el patriotismo no conocen de barrios marginales.

Llegó la fatídica noche del 25 de noviembre de 2016 y dieron por la televisión la noticia de la muerte del Comandante en Jefe. Un silencio primero, un murmullo después… y un incesante comentario recorrió la zona. Enseguida llamé a mi mamá para saber cómo estaba, porque aseguraba que se iba a afectar mucho con la noticia. Así fue: ella y mi abuelo pasaron la noche en el policlínico con la presión alta.

Cuando salí buscando cobertura para el móvil pude percatarme de que el juego de dominó se había suspendido, de que la música había cesado y de que un silencio sacramental recorría Juruquey. Así transcurrieron los nueve días que duró el luto nacional y hasta un poco más. Se detuvo el ajetreo cotidiano; ni siquiera los vendedores legales o furtivos se atrevieron a romper aquel homenaje que le hacía un barrio a un hombre excepcional.

Me llenó de orgullo ver a algunas personas de pocos estudios, y a otras de diversos conceptos y filosofías, que se unían al llorar de un pueblo por su líder histórico. Hoy digo a toda voz que vivo en Juruquey, en la calle donde desde la mañana del 26 de noviembre de 2016 hay un cartel en una fachada, pintado por las manos de unos adolescentes, donde se lee: «YO SOY FIDEL». (Leidys Medina Velis, Camagüey).

Película inolvidable

Para Y.

—Nada, niño, que tú me gustas y quiero estar contigo—. El impacto que me produjo aquella declaración me dejó estupefacto y casi sin palabras. Solo atiné a decir un: —¿Ah sí?, bueno…— y responder con un beso apasionado, porque la bella chica que acaba de declararme su ¿amor? me ofrecía unos labios tentadores capaces de hacerle temblar las piernas a cualquiera.

La declaración de Y me marcó para toda la vida. Era la primera vez que una muchacha me manifestaba sus intenciones de ser mi novia y, además, era bien bonita, debo admitirlo. No recuerdo realmente el tiempo que duró aquella relación, ni porqué terminó. Solamente recuerdo mis recorridos por su casa y mis invitaciones al cine Lídice: el pequeño cine de mi barrio San Francisco de Paula.

Mi localidad ha sido privilegiada en algunos aspectos, a pesar de ser una zona bastante alejada del bullicio citadino y que algunos la consideren un «campo» (…). Entre esos privilegios (…) están el haber sido el lugar de residencia durante muchos años del escritor norteamericano Ernest Hemingway (…). También tenemos el lugar donde vivió en cierto momento de su infancia Camilo Cienfuegos, quien se dice visitaba a menudo la zona después del triunfo del 59.

Construcciones antiguas como la iglesia frente a la cual vivo y las caras de algunos de sus habitantes hacen que parezca que no pasa el tiempo y que San Francisco ha quedado en el olvido... Lo que sí sé que no han olvidado muchos son las tandas del cine Lídice, al que íbamos tantas veces al mes aprovechando su cercanía o porque queríamos volver a ver las películas que ya habíamos visto en el Cinecito de San Rafael o en el Payret…

Allí llevé a varios amores de mi adolescencia, pero nunca olvido cuando llevé a Y, la chica que se me declaró frente al aula de Educación Laboral de la secundaria Fernando Chenard Piña. (…). Dos veces la invité a acompañarme a aquella sala oscura que se me hacía mágica cuando iba a ver algún filme y maravillosa cuando iba acompañado de alguna noviecita ocasional. Las dos veces que fui con Y también fueron maravillosas, aunque no precise ahora la película que se exhibía, aunque ella insistiera en imposibilitarme tocar su intimidad con mi afán de adolescente enardecido que descubría formas y figuras al tacto (…). La magia de los besos increíbles de Y me hacía dejar en segundo plano mi incipiente cinefilia, alimentada en gran parte por las tandas y las matinés de aquel cine que se me hacía el lugar más acogedor del mundo…

Aquel lugar fue dejando de ser acogedor con el paso del tiempo. (…) El aire acondicionado dejó de funcionar para siempre. El interés cinematográfico de sus usuarios se transformó en un vandalismo que acabó con buena parte de la sala de proyección; las ganas de pasar un buen rato con una pareja se trastocaron en miedo ante el asedio de onanistas camuflados en el público cazando escenas calientes o muchachas solas. De cine ampliamente visitado pasó a ser cada vez menos popular; luego dejó de funcionar como sala cinematográfica y sirvió de sede de un proyecto local de videotecas.

Hoy camino frente a él y me da lástima (…) vetusto y triste parece mirar a los que pasan lamentándose... Yo también lo lamento y, sobre todo, me duele que no se haga nada al respecto para que nuevas generaciones lo invadan con la intención de usarlo como lugar para aprender, para divertirse o simplemente para tratar de aventurarse con adolescentes apetitosas como Y, que aunque no me dejó tocarla a profundidad me hizo soñar con una película en la que hacíamos el amor por primera vez y para siempre. (Yoylán Cabrales Gómez, La Habana)

Barbería con ron atomizado

Cuando alguien habla de los barberos de Falla, pequeño pueblecito azucarero de la provincia avileña, que debe su nombre a los antiguos dueños del central que dio origen al poblado, el primero que se recuerda es a Justino Arozarena, en gran medida por su longevidad, y la cantidad de años que trabajó como barbero, siempre en Falla. Le faltaban dos días para cumplir 90 años cuando murió y estuvo pelando casi hasta el día de su muerte; pero no solo por eso se le evoca, sino por su afabilidad, nobleza, educación, ecuanimidad y, en primer plano, su profesionalidad.

Otros barberos de entonces fueron Felo, Los Lavín, los japoneses Mikuoka, todos en el entorno del centro del pueblo, y Carmelo en el central.

Y de modo particular se recuerda también a Arnoldo Salt, ágil, delgado, preferido por muchos clientes por su trabajo minucioso y rápido, pero relegado por otros por su marcada inclinación a la bebida.

Después del triunfo de la Revolución, cuentan que para burlar la vigilancia que le montaba Justino, que en la barbería era el responsable del grupo, para evitar que tomara en el horario de trabajo, Arnoldo se las ingenió vertiendo ron, que compraba al frente en el Bar de Rosa, en el depósito del atomizador, que se accionaba con una pera de goma para echar agua pulverizada en el cabello de los clientes; y dando momentáneamente la espalda apretaba la perita frente a la boca abierta y se daba par de inoculaciones de ron pulverizado…

Ya a media mañana Justino notaba que Arnoldo estaba embriagado y se preguntaba sorprendido: ¡Pero, cómo es posible, si él no ha salido de aquí para ir al bar en ningún momento! (Jorge E. Paredes Esponda, Ciego de Ávila)

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