Pasos sobre la escalinata

En la mañana del 26 de noviembre de 2016 los estudiantes se aglomeraron al amparo del Alma Máter. Como leyendas que les habían susurrado, contaban anécdotas de un antiguo graduado. Entre las huellas invisibles de sus pisadas se veían en él y, por vez primera, exclamaron una frase que se adueñó de Cuba: «Yo soy Fidel»

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Dariel Pradas

Subir la escalinata de la Colina Universitaria ha sido siempre trabajoso. En la práctica, no muchos se molestan en brincar tantos escalones cuando existen otras maneras más fáciles de ascender; suelen hacerlos algunos turistas y estudiantes recién ingresados en su primer día de clases, un acto simbólico que inaugura cada curso universitario.

En la cima, después de esquivar la mirada esculpida del Alma Máter, sorprende la tranquilidad habitual del entorno: jóvenes que conversan sentados en bancos, libros que caen de los brazos de un profesor…

Tal vez fue esta la misma impresión que tuvo un egresado de hace 70 años, pero en tiempos en que la prestigiosa Universidad de La Habana (UH), al igual que Cuba entera, era un hervidero de corrupción, mafiosos y garroteros.

Para septiembre de 1945, Ramón Grau San Martín ya había asumido suficiente tiempo de su presidencia como para desilusionar a sus electores. La inconformidad de la gente se traducía en manifestaciones de protesta contra los negocios sucios y las malversaciones gubernamentales.

En medio de aquella situación, se integró a la Universidad un joven proveniente del acomodado y conservador Colegio de Belén, de los jesuitas de La Habana. De él impresionaban sus seis pies de altura y el aval que traía en su expediente de bachillerato, escrito por su profesor anterior, el Padre Llorente:

«Fidel Castro Ruz (1942-1945). Se distinguió siempre en todas las asignaturas relacionadas con las letras. Excelencia y congregante, fue un verdadero atleta, defendiendo siempre con valor y orgullo la bandera del Colegio. Ha sabido ganarse la admiración y cariño de todos. Cursará la carrera de Derecho y no dudamos que llenará con páginas brillantes el libro de su vida. Fidel tiene madera y no faltará el artista».

Comenzaba la Guerra Fría en las esferas internacionales, y en la Isla, la represión del Gobierno hacia los partidarios del marxismo-leninismo. Para colmo, todos los comunistas que durante esa época estudiaban en la UH cabían en una habitación. No pocos miraban con recelo al muchacho de Birán. El mismo Fidel confesó en una ocasión lo que opinaban sobre su persona: «hijo de un terrateniente y graduado del Colegio de Belén, debe ser la cosa más reaccionaria del mundo».

Fidel pasó sus primeros meses vinculado con el deporte y, paulatinamente, fue integrándose a la política interna de la nueva escuela, sin trascender los muros de la Colina.

A principios de 1946, en las elecciones de la Asociación de Estudiantes de Derecho, Fidel se autopostuló como candidato a delegado por la asignatura de Antropología jurídica, cuyo itinerario, en cierta ocasión, lo hizo visitar el Presidio Modelo de Isla de Pinos, sin imaginar que un día acabaría entre sus muros. Tampoco pensó que su campaña sería el principio de una intensa vida política.

El modelo de autonomía universitaria heredado de Mella se veía plasmado solo en la estructura de las votaciones: los delegados de las distintas asignaturas de un curso elegían a sus similares, y cada uno de estos a su vez al presidente de la escuela (facultad); de esta forma, cada uno de los representantes de las distintas escuelas tenía un voto a la hora de decidir al presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU).

Al contarse las boletas, Fidel había aplastado a su contrincante con el 80 por ciento de los votos. A partir de ese momento, el elogiado por el Padre Llorente se involucraría en el arrollador engranaje de la política. No le quedaba más tiempo para los deportes.

Conciencia, rebeldía y balas

Un fuerte sentido de la ética y la justicia fue, durante los primeros instantes en la Universidad, lo más significativo del ideario del adolescente Fidel. Este nació de los conocimientos, durante el bachillerato, de la obra martiana y de la historia de los héroes mambises, de la admiración del joven por la Revolución Francesa, aprendida a través de los ojos del historiador y político francés Adolph Thiers y, además, de la moral cristiana adquirida en el Colegio de Belén.

Sin embargo, el pensamiento de Fidel se radicalizó como consecuencia de otras lecturas en su etapa universitaria: por las clases de la Facultad sobre Economía Política Capitalista comprendió lo absurdo del sistema; también influyó en él un texto de corte marxista, Historia de las legislaciones obreras, de Aureliano Sánchez Arango (de quien Fidel años después valoraba que «no fue consecuente con su historia»); un libro de Raúl Roa, La historia de las doctrinas sociales, catapultó al ávido aprendiz hacia la biblioteca del Partido Socialista Popular, donde consiguió El Manifiesto Comunista, de Karl Marx. Todas estas horas frente a las páginas contribuyeron a convertir al joven en un socialista utópico, según sus palabras.

Y mientras crecía su fiebre por las lecturas comunistas, Martí fue elevándose aún más ante él. «En el pensamiento martiano hay cosas tan fabulosas y tan bellas, que uno puede convertirse en marxista» partiendo de este, explicó en 1985 a Frei Betto, en el libro Fidel y la religión.

Al finalizar sus vacaciones, Fidel comenzó su segundo curso con su oratoria más punzante que nunca. Ya era reconocido por sus discursos contestatarios, como el del acto por el aniversario 75 del fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina, que citó entre sus columnas el periódico Avance Criollo: «Este gobierno ha sido peor que los anteriores, que ha matado la fe de todo el pueblo».

Estaba frontalmente opuesto al Gobierno. Se declaraba abiertamente contra la posibilidad de reelección de Grau. Era el presidente del Comité Pro Democracia Dominicana en la UH y activista Pro Independencia de Puerto Rico. Todo el tiempo de los cedros, de la escritora Katiuska Blanco, revela que Fidel compartía las opiniones y se identificaba con el grupo estudiantil de Humberto Ruiz Leiro, que lo apoyaba en su candidatura como delegado de curso.

Esta agrupación se oponía a la que dirigía Manolo Castro, entonces presidente de la FEU, que junto a Rolando Masferrer Rojas, un enemigo eterno de Fidel, había creado el Movimiento Social Revolucionario (MSR). El MSR estaba aliado con el jefe del Servicio de Investigaciones Internacionales y Extraordinarias de la Policía Nacional, Mario Salabarría Aguiar, y tenía bajo sus tentáculos la Rectoría y la seguridad privada de la Universidad. Cualquier candidato que se destacara en las elecciones era blanco del chantaje o del gatillo del MSR.

En entrevista que le hiciera en Miami Antonio Rafael de la Cova, el 7 de diciembre de 1983, Salabarría contó que desde que Fidel llegó a la Colina, «los elementos más afines a él eran los que iban a la Universidad no para estudiar, sino para perturbar. Sus amigos allí eran del mismo temperamento y de la misma proyección. Yo me dedicaba exclusivamente a la represión política, la persecución del delito político».

A pesar de que no todos los partidos de la Facultad eran progubernamentales —comentó más tarde el líder de la Revolución en un discurso pronunciado en 1995, en el Aula Magna de la UH—, existía una gran división de fuerzas. Esto provocó que se le diera en 1947 la presidencia de Derecho al oponente Federico Marín, con la condición de que votara en la FEU contra el candidato favorito del Gobierno de Grau. Fidel fue elegido vicepresidente de Derecho.

Marín no cumplió su promesa y los electores unieron fuerzas para derrocarlo: «Sencillamente reunimos una mayoría de cuatro y lo destituimos, porque los cuatro delegados de curso, primero, segundo, tercero y quinto, logramos coincidir en la cuestión de la candidatura de la FEU», refirió Fidel. La escuela de Derecho se convertía así en la manzana de la discordia, pues su voto decidiría si la Universidad seguía estando en manos de gente que apoyaba o estaba contra el Gobierno, agregó.

Salabarría constituyó un eslabón decisivo en la madurez de Fidel. Tras la victoria sobre Marín, el oficial de la policía secreta amenazó a Fidel para que eligiera entre abandonar su oposición política, la Universidad, o su vida.

Y ante las sombras de la muerte, el joven de 20 años se apartó a una playa a meditar. Y lloró, no por la incertidumbre de su decisión, sino porque sabía de antemano el desenlace. Consiguió una pistola Browning de 15 tiros y estaba dispuesto a disponerse a la pandilla de mafiosos él solo. «Me dolía mucho pensar que tal vez nadie reconociera el mérito de aquella muerte, de que los propios enemigos serían los que escribirían la versión de lo que ocurriera allí», relataría Fidel.

Justo antes de disponerse a entregar su vida, un amigo le brindó apoyo y convenció a otras siete personas —que Fidel ni conocía—, para enfrentar a los gánsteres. Y así, en los alrededores de la Facultad de Derecho, desafiaron a balazos a 15 o 20 pandilleros que, a pesar de estar armados, huyeron en desbandada. Desde ese día, Fidel siguió yendo a la Universidad, unas veces armado y otras no. Nunca más estuvo solo.

Frentes por todos lados

El tercer curso comenzó apacible. La UH vivía una especie de tregua motivada por un presidente de la FEU neutral.

Pero pronto las calles se convirtieron en campos de batalla. Protestas y mítines por doquier. En noviembre de 1947 Fidel trasladó de Manzanillo a La Habana la campana del ingenio La Demajagua para que el Gobierno no la profanara con politiquerías para su reelección (luego otros personajes la robaron de los aposentos de la UH y se vigorizaron las manifestaciones). Frente al Palacio Presidencial se condenaba el asesinato del estudiante Carlos Martínez Junco. La escoba moral de Eduardo Chibás, para barrer a los corruptos, y la fundación del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) seducían el interés de Fidel.

Tan fuerte era el fervor juvenil que cuando el ministro de Educación, José Manuel Alemán, preparó una expedición para combatir la dictadura de Trujillo, Fidel, como presidente del Comité Pro Democracia Dominicana, también se alistó para los entrenamientos en Cayo Confites.

Mientras el recluta hacía las primeras prácticas militares de su vida, en La Habana se estaba filmando una suerte de película de cine negro: un periodista grababa el tiroteo de la conocida matanza del reparto Orfila. Allí fue asesinado, entre otros, Emilio Tro, líder de la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR), grupo rival del MSR. La masacre duró cuatro horas hasta que el ejército intervino.

El general Genovevo Pérez arremetió contra el Gobierno civil y mantuvo cautivo durante 15 días a Grau dentro del Palacio Presidencial. Se suspendió la expedición a Santo Domingo y Fidel cruzó a nado la bahía de Nipe antes de que lo apresaran. Cuando regresó a La Habana, muchos ya lo habían dado por muerto. Entonces empezó a recibir lecciones particulares para recuperar las clases perdidas, por tanto no podía ejercer ningún cargo político.

En 1948, Fidel propuso la idea de organizar un Congreso Latinoamericano de Estudiantes en Bogotá, donde mismo se realizaría la 9na. Conferencia de la Organización de Estados Americanos (OEA). Pero antes mataron a Manolo Castro, al parecer en una vendetta de la UIR. Masferrer, que ejercía como periodista, acusó a Fidel y organizó contra él una campaña difamatoria. Antes de regalar excusas, el calumniado y algunos amigos se entregaron a las autoridades. Finalmente se probó su inocencia.

Transitó Fidel por Venezuela y Panamá, y luego acabó en Bogotá. Allí se pronunciaría con una posición antimperialista. El Congreso tuvo éxito, tanto que el joven cubano se reunió con Jorge Eliécer Gaitán, líder del Partido Liberal.

Fidel confesó posteriormente que su encuentro con el exalcalde de Bogotá le brindó una perspectiva de lo que constituía un programa político, vanguardista para el contexto latinoamericano. Incluso Gaitán le enseñó el discurso que diría el día siguiente. Fidel se emocionó con la oratoria del colombiano.

El 9 de abril de 1948 Gaitán fue asesinado y Fidel presenció uno de los capítulos más atroces de la historia: el Bogotazo. «Mataron a Gaitán, mataron a Gaitán», se escuchaba mientras corría por las calles atiborradas de gente. En cinco minutos la rabia ciudadana ya destruía establecimientos y embestía contra la autoridad.

Llegó Fidel a un parque y vio a un individuo que trabajosamente intentaba romper a palazos una máquina de escribir. Rápidamente se acercó y le dijo: «Espérate, no te desesperes, dame acá», y en su propio frenesí no se le ocurrió otra cosa que lanzar el aparato al aire. Según reconoció años después el escritor Gabriel García Márquez, amigo de Fidel durante décadas y hasta el fin de sus días, coincidentemente era él aquel hombre que rompía su máquina.

El estudiante sobrevivió a la masacre y regresó a Cuba. De las experiencias recientes le quedó el sabor temerario de las luchas de grupo. Sabía que Cayo Confites había sido una manipulación y el Botogazo un arrebato, una sed de venganza más que una revolución. Había aprendido que para triunfar en Cuba y lograr un verdadero cambio necesitaba del apoyo del pueblo y de una estrategia e ideología revolucionarias. Pero seguiría ascendiendo su escalinata.

Fidel y otros compañeros portan la campana del ingenio La Demajagua, en protesta contra el Gobierno de Ramón Grau San Martín.

Después del asesinato de Eliécer Gaitán, Fidel presencia la masacre del Bogotazo.

La hora de convertirse en adulto

En el otoño de ese año, Fidel Castro y Mirta Díaz-Balart, la novia de Filosofía y Letras, se casaron. Con dos o tres mil dólares, el regalo de bodas de su padre Ángel, Fidel disfrutó de una luna de miel en Nueva York.

También recibió las enseñanzas de El Capital, porque encontró en una vieja librería la edición en inglés, a pesar del anticomunismo que latía en aquella ciudad.

Cuando regresó se indignó con diversos sucesos, como la profanación de los marines yanquis al monumento de José Martí, o los asesinatos de los líderes Justo Fuentes Clavel y Jesús Menéndez. Era imposible permanecer tranquilo.

Narra la periodista Katiuska Blanco,  que el 1ro. de septiembre de 1949 nació su primer hijo, Fidel Ángel, lo que obligó al padre a desviarse de su camino a la Facultad y así se salvó de la muerte: le esperaba una emboscada de mafiosos para arrebatarle el aliento.

El activo universitario se graduó el 13 de octubre de 1950 con los títulos de Doctor en Derecho y de Licenciado en Derecho Diplomático y Derecho Administrativo. En su expediente consta que cursó 48 asignaturas: 12 con la calificación de notable y 24 con sobresaliente. Ya estaba preparado para defender cualquier causa anticonstitucional.

Así, tras el golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952, no solo denunció la ilegalidad del dictador, sino que con sus conocimientos y contactos de la Universidad preparó su embestida revolucionaria. Luego, las herramientas de la carrera le sirvieron para autodefenderse en el juicio del Moncada.

«En esa universidad, adonde llegué simplemente con espíritu rebelde y algunas ideas elementales de justicia, me hice revolucionario, me hice marxista-leninista y adquirí los valores que sostengo y por los cuales he luchado a lo largo de mi vida», dijo el 27 de enero de 2015 en mensaje a los universitarios.

En la mañana del 26 de noviembre de 2016 los estudiantes se aglomeraron en la escalinata universitaria y como leyendas que les habían susurrado, contaban anécdotas de un antiguo graduado. Y entre las huellas invisibles de sus pisadas en los escalones, se veían en él y por primera vez exclamaron: «Yo soy Fidel».

 Fuentes:

  • Discurso de Fidel Castro en el Aula Magna de la Universidad de La Habana el 4 de septiembre de 1995. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 1995.
  • Cien horas con Fidel, Ignacio Ramonet, Oficina de publicaciones del Consejo de Estado, 2006.
  • Todo el tiempo de los cedros, Katiuska Blanco, Editora Abril, 2009.

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