¡Uno, dos y tres…qué peso más chévere!

De las experiencias de Floro en los baños públicos...

Autor:

JAPE

A pesar que mi amigo Floro está completamente atrapado por el Play off de la 59 Serie Nacional de Béisbol, ha hecho un pequeño espacio para enviarme estas líneas, que como siempre son de mi agrado:

«Estimado amigo JAPE, comienza el año y no quiero dejar que el tiempo pase sin que le comente algunas de las preocupaciones que arrastro del año anterior cual si fuera un lastre. Es lamentable que pasen los años y no se adviertan mejoras en algunos renglones de nuestra sociedad. Yo soñaba que, si al menos no podemos ser mejores cada día, como anuncia el tema Cita con ángeles, del amigo Silvio, al menos mejoremos de año en año.

«Como usted sabe, en el último trimestre del 2017 realicé algunos viajes interprovinciales por motivos de trabajo y entre otras cosas, en muchas de las paradas realizadas por los ómnibus pude constatar algo que me trajo a la mente algunos sucesos que acontecieron hace algún tiempo, cuando se abrió la posibilidad del trabajo por cuenta propia. Entre las múltiples y variopintas modalidades se incrementó (no sé si de manera oficial) el puesto laboral que podría llamarse Custodio de toilettes, para darle vuelo internacional, o simplemente Cuidador o cobrador de baño.

«Primero, y para que no haya malinterpretación, quiero apuntar que esta labor es tan importante y responsable como cualquier otra, siempre que se haga con respeto y profesionalidad. Al principio surgieron muchas variantes. En cualquier lugar usted encontraba la posibilidad de saciar la más imperiosa necesidad fisiológica, con la mayor atención, amabilidad, recursos y hasta con una sonrisa, por solo abonar un peso en moneda nacional en el acostumbrado platico o cajita que a la entrada fungía como alcancía. Digo un peso, pero había variantes como la que vi en cierto lugar donde un cartel anunciaba: Un peso por el uno, dos pesos por el dos. Cinco pesos la ducha. Parece un trabalenguas o una jerigonza, pero todos los cubanos entendían bien y pagábamos con gusto el servicio que iba desde la más pulcra limpieza, incluyendo cierta cantidad de papel sanitario (según fueras a “consumir”: uno o dos), hasta un poco de colonia y desodorante en el caso del baño reconfortante al viajero o conductor de extensos kilómetros. Cual paso de conga: 1, 2 y 3… salíamos complacidos. Y muchas veces no era necesario que el “propietario” estuviera sentado junto al plato o cajita. Abonábamos el importe conformes y convencidos del importante servicio que nos estaban brindando.

«De igual modo que pasa el tiempo de conga y carnaval, pasó el tiempo de buen servicio en muchos de estos baños, lavabos, toilettes… como usted quiera llamarlo. Lo de las duchas fue más efímero que un durofrío en la acera del sol en pleno agosto. Quizás haya sido una buena innovación popular sin respaldo oficial, que lo convierte en ilícito. Pero el servicio “uno y dos”, en cafeterías, restaurantes, terminales y otros establecimientos públicos estatales, varía de normal a muy malos.

«Ya no sueño siquiera con la porción de papel sanitario, que se ha vuelto más escaso que un papiro de antes de Cristo. En muchos de estos lugares no existe la más mínima limpieza. No obstante, hay algo que no ha variado: el supuesto “propietario”, está ahí, sentado junto a su plato o cajita recolectora y… pobre de aquel que no abone el peso.

En más de una ocasión, ante las inadecuadas condiciones higiénicas, he preferido tirar pal monte, cual venado salvaje, para realizar mi necesidad fisiológica, siempre con el temor de que en el momento menos esperado se aparezca el susodicho, con el plato en la mano, reclamando el peso.»

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