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En viaje con la leyenda

Fidel gestó el apoyo internacional para nuestra lucha; esa solidaridad fue un importante factor de victoria, porque los yanquis quedaron aislados, tuvieron que irse, comenta Nguyen Xuan Phong sobre el recorrido del Comandante en Jefe por Vietnam, en 1973

Autor:

José Llamos Camejo

—Imagino cómo sería el abrazo, señor, cuénteme esa historia.

Un suspiro profundo antecedió al prolongado silencio. Nguyen Xuan Phong enmudeció, y con él La Voz de Vietnam, emisora donde tenía lugar la entrevista. En ese instante, Xuan Phong, sumergido tal vez en algún recuerdo de antaño, parecía reeditar el abrazo; aquel abrazo que puso fin a una larga espera, recompensada sobre el puente del río Ben Hai. 

Y en esa evocación silenciosa desapareció el vietnamita risueño y locuaz, que acababa de impresionar con sus anécdotas, repletas de sencillez, y orladas con cubanía y buen humor.

Quizá porque no le gusta hablar en primera persona, omitió las horas de descanso sacrificadas para cuidar el sueño de Cuba desde la cima del edificio donde tenía la beca, cerca del Malecón habanero. Eran noches y madrugadas con los sentidos que escudriñaban la oscuridad, en el oleaje, en los vientos del norte.

Fue así como empezó a tejer el cordón que aún lo ata al ombligo de la isla. Llegó en septiembre de 1963, con el primer grupo de jóvenes vietnamitas enviados a cursar estudios de nivel superior, pero muy pronto vio interrumpida su carrera de letras para debutar como «diplomático a la carrera», porque su patria lo convocaba.

Del Alma Mater pasó a laborar como traductor y funcionario de la Representación Permanente del Gobierno Provisional de Vietnam del Sur en La Habana. A partir de la reunificación continuó en el servicio exterior.                                                                                              

Nguyen Xuan habla el español como si la de Cervantes fuera su lengua materna. A 17 años, «entre ida y vuelta», se extendió la presencia de este hombre en la mayor isla de las Antillas, donde fue intérprete de Fidel en varias conversaciones, «y en una de ellas pifié», confiesa, todavía con cierto rubor.

—¿En qué consistió la pifia?

—Fue una traducción imprecisa sobre un tópico delicado. Aquello me inquietó hasta la primera visita del Comandante a Vietnam. A propósito, para esa visita él me dio una botella…

Algo extrañado, y con un Havana Club en mi mente, le tercio una media pregunta.

—¿Una botella…?

—Sí, y la disfruté... (sonríe pícaramente). Yo le hice la petición en Argel, donde nos encontrábamos en ocasión de la 4ta. Cumbre del Movimiento de Países No Alineados. 

—¿Y qué respondió Fidel?

—Sonrió y dijo que sí, que no había problemas.

Nguyen Xuan formó parte de la delegación vietnamita a la cumbre del Mnoal celebrada en la capital argelina. Al final del cónclave la delegación cubana partiría hacia Vietnam, y la de ese país hacia otra nación africana. Xuan y un compatriota suyo debían regresar de inmediato al sur anamita, para ocuparse de la visita de Fidel; pero, ¿cómo retornaban, en qué, si desde Argel su comitiva tomaría otro rumbo? Entonces se les ocurrió la solicitud: «Comandante, necesitamos que usted nos dé botella en su avión».

Y así accedieron a una «botella» que tenía la marca de Cuba: solidaridad. «Nos pusimos muy contentos cuando él respondió en positivo». Grata e inesperada oportunidad para Xuan: regresar a Vietnam, en viaje con la leyenda. «Fue un gran honor viajar con Fidel», dice.

«Jamás olvidaré aquel gesto del Comandante», subraya. «Recuerdo que hicimos escalas en Irak y en la India. Cuando estábamos próximos a este último país llegó la noticia del golpe de Estado en Chile; Fidel se notaba muy preocupado por la suerte de Allende, de su pueblo y de América Latina».

De Nueva Delhi volaron hasta Hanói, el arribo se produjo cerca del mediodía del 12 de septiembre de 1973; la caravana del líder cubano se dirigió al centro de la capital vietnamita, y Nguyen Xuan Phong continuó viaje por tierra, a Quang Tri, donde esperaría al visitante.

—Aún no me ha dicho en qué consistió su error como traductor de Fidel

—Mira, cuando Fidel se encontraba con combatientes vietnamitas, se interesaba mucho por los detalles del combate: la técnica, la táctica, las armas. Nuestras fuerzas especiales eran numéricamente pequeñas, pero atacaban con gran efectividad; irrumpían a media noche en los campamentos enemigos, con golpes aniquiladores, sin dar tiempo a que reaccionaran.

Interesado por esas tácticas, Fidel, en uno de esos encuentros, pregunta, «¿y cómo es que logran propinar golpes tan severos frente a un enemigo tan experimentado?». 

Al escuchar la respuesta del militar vietnamita, el Comandante dejó de preguntar, cuenta el entrevistado.

Conociendo a los vietnamitas como los conocía, sabiéndolos tan leales y consecuentes con los amigos, y especialmente con Cuba, el Comandante no entendía el porqué de aquella respuesta. Pero la había escuchado en los labios de Nguyen Xuan, quien tampoco advirtió el contrasentido de su mensaje.

«Caramba, somos hermanos y ellos ahora me andan con secretos», le comentó Fidel al entonces embajador de Cuba ante el Gobierno Provisional de Vietnam del Sur, Raúl Valdés Vivó, quien le trasladó esa preocupación al funcionario anamita. Y entre ambos encontraron la explicación del problema.

Ocurrió que, a la pregunta de Fidel sobre las tácticas de las tropas especiales, el militar respondió en vietnamita: «ese es un secreto de nuestra victoria». Respuesta que Nguyen Xuan Phong llevó al español como: «ese es uno de nuestros secretos».

Y a pesar de haberle aclarado el asunto al Embajador cubano, el desliz aún torturaba al traductor vietnamita. Su naturaleza había sido mordaz con él mismo: su español —casi impecable— pifió al traducirle aquella frase a Fidel.

—¿Después de la aclaración, Fidel hizo alguna pregunta?

—Siguió escuchando atentamente. Nosotros le explicamos que el «arte» de las tropas especiales lo habíamos tomado de expertos ladrones en la época colonial; que lo transformamos y lo empleamos por primera vez, con unidades pequeñas, durante la resistencia contra Francia. Y él estaba impresionado de todo eso. 

—¿Qué momentos de la presencia de Fidel en Vietnam recurren más a su mente?

—Sus diálogos con el pueblo y los combatientes. Le hablaba como un líder vietnamita, diciendo, «en esta etapa tenemos que hacer esto, consolidar la zona liberada, para que sirva de ejemplo».

«Fidel gestó el apoyo internacional para nuestra lucha; esa solidaridad fue un importante factor de victoria, porque los yanquis quedaron aislados, tuvieron que irse. Jamás olvidaremos lo que Cuba y el Comandante hicieron por Vietnam. En Fidel, Raúl, el Che y los líderes vietnamitas, nosotros como jóvenes, veíamos ídolos, símbolos, ejemplos de cómo vivir, luchar y ser fieles».

—Usted ha mencionado al Che entre sus ídolos; ¿lo conoció?

—Sí, en octubre de 1963, en el primer aniversario del Comité Cubano de  Solidaridad con nuestro país, allí estaba también Melba Hernández. Lamentablemente el Che no llegó a visitarnos, pero siguió muy de cerca los acontecimientos aquí, y pidió que se hicieran «dos tres, muchos Vietnam»; yo tuve la suerte de verlo e intercambiar con él.

«Recuerdo que un día fui con un grupo de estudiantes vietnamitas a visitar al Che en el edifico del Ministerio de Industrias. Previamente habíamos organizado un coro para él. Empezamos a cantarle la Marcha del 26 de Julio: Marchando, vamos hacia un ideal… y… (sonríe)… Ahí se nos olvidaron las letras, entonces yo, que era el director del coro, le digo nervioso: “Comandante, disculpe, nos equivocamos, fallamos…”.

«El Che lo interrumpió sonriente y le dijo “no importa, no importa, repitan”.

«Los vietnamitas, junto a los cubanos, sufrimos mucho la pérdida, pero más grande que la tristeza es la admiración que sentíamos; decidimos seguir su ejemplo, como el de Fidel, cuya muerte lloré y a quién le rendí homenaje en La Habana, como parte de la delegación oficial de nuestro país a las honras fúnebres del Comandante.

«Me conmovieron aquellos días de tristeza y firmeza, cuando miles y miles de voces repetían: “Yo soy Fidel, Yo soy Fidel”. Quedé muy impresionado con esa frase, la tengo en mi casa en un cuadro muy bonito, es el juramento de Cuba.

«Sé que los cubanos vencerán las dificultades y harán realidad los sueños de Fidel; que preservarán la soberanía, la integridad y la independencia; que lucharán hasta el fin de los días. Por mi parte trabajaré hasta el fin de mis días por enriquecer y consolidar esa hermandad entre nuestros dos pueblos».

Esas fueron las vivencias de Xuan. Las relató con generoso entusiasmo. Tal vez hubiera hecho otras revelaciones, de no haber sido por aquella frase estremecedora que le brotó desde el alma, y a la que yo le interpuse una petición que al parecer aumentó su nostalgia. 

Ahora estaba de vuelta, sonriente y locuaz. Nguyen Xuan Phong se despidió con un gesto de cortesía, pero sin acceder a mi último reclamo: la anécdota del abrazo prefirió no contarla. O no repetirla. A fin de  cuentas, la historia del estrechón que aún le quema el pecho, el que la reunificación de Vietnam le propició sobre el río Ben Hai, esa historia está revelada en aquella frase: «¡veinte años esperé para ver a mi madre!, ¡veinte años para abrazarla!».

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