Esparadrapo

Autor:

JAPE

Como muchas otras veces, pondrán en dudas lo que les voy a decir, pero es verdad: ¡Encontré esparadrapo! Sí, en una farmacia, en moneda nacional, sin cola, sin revendedores formando «brete», sin que la vendedora armara intriga. A dos rollitos por persona, que me parece bien, así se evita el acaparamiento. ¿Para qué quieres más de dos rollos de esparadrapo en estos días?

Llegué a la casa envuelto en un entusiasmo sin precedente. Siempre me reprochan que no traigo ni aporto nada útil al desarrollo social y económico de nuestra familia, y ahora pensé dar un golpe efectivo con el esparadrapo. Mi esposa estaba sentada en la mesa rodeada de libretas y papeles; ella es profesora de un pre. De manera espectacular puse los dos rollos sobre la mesa, cerca de ella, y casi grité: ¡Mira lo que compré, esparadrapo, no «esparatrapo», como dice la gente! Traté de congraciarme.

Sin apenas inmutarse miró el esparadrapo, miró a mi cara y me dijo: «Ponlo en el botiquín del baño». No hubo el más mínimo matiz en sus palabras. Rápidamente capté la esencia. No iba a dar su brazo a torcer y asumir la franca derrota. No estaba en su carácter, ni en su modus operandi brindarme la satisfacción de anotar «un punto» a mi favor.

Me senté cerca de la mesa acariciando los dos rollos de esparadrapo igual que se acaricia una granada lista para lanzar. Ya había asestado el primer golpe y debía rematar al enemigo, hacer leña del árbol caído, echar por tierra la seudoteoría de que yo soy un cero a la izquierda en esa casa. 

¿Qué hacer o decir para demostrar la importancia de lo que traje conmigo? Todos saben que es más fácil conseguir un nanotransmisor de alta frecuencia que encontrar un rollo de esparadrapo. Pero eso había que demostrarlo. Al fin una idea, me busqué por todo el cuerpo alguna herida reciente para autobrindarme los primeros auxilios, aunque solo fuera con esparadrapo (es imposible encontrar, además, algodón, timerosal o yodo). No encontré nada, lo más parecido era una pequeña cortadita en el cuello, de la última afeitada, y realmente en aquel lugar del cuerpo, más que una herida iba a parecer un intento de suicidio. Descarté la posibilidad, aunque algunos amigos ya me habían sugerido que me quitara la vida.

Otra idea surgió. No tengo que ser yo el necesitado. ¿Qué tal si fuera alguien de la familia? Inmediatamente interrumpí a mi esposa en su labor: ¿No tienes alguna herida reciente? Ella levantó la cabeza lentamente, tratando de captar la intención. Respondió tajante y sin preámbulo: «¡La herida que yo llevo es en la vida, y no se cura con esparadrapo!». Continuó su labor. Me quedé pensando: ¿qué habrá querido decir? Seguro sacó esa frase de alguna obra literaria de las que ella imparte en la escuela. No sé si dije que mi esposa es profesora de Literatura en un pre.

Qué contrariedad, pero no voy a desistir. Pudiera provocar la herida. Otra vez interrumpí a mi esposa: ¿No hay que picar carne para la comida? Esta vez me miró fijo por varios segundos, y luego preguntó: «¿Qué carne? Lo que hay para la comida es perrito, y mañana croqueta». Volvió a su labor.

No pensé que sería tan difícil demostrar mi valía, mas no me daré por vencido. Volví a exprimir mi cerebro. Cuando éramos muchachos hacíamos pelotas con medias viejas que cubríamos con esparadrapo… Descarté la posibilidad. No creo que ella tenga ganas de jugar a la pelota a esta hora… menos conmigo.

¡Ah!, recuerdo que mi abuela tenía un espejito de maquillaje que se había rajado por una esquina. Lo pegó y reforzó por los bordes con una tira de esparadrapo. Quizá ese sería un buen pretexto. Volví a interrumpir a mi esposa: ¿Cariño, por casualidad tú no tendrás un espejito roto…? No me dejó terminar. Alzó la cabeza, clavó sus ojos en mi rostro, frunció el ceño hasta más no poder y me lanzó una pregunta con doble filo: «¿Alejandro Humberto, tú no ves que estoy trabajando y no me dejas concentrarme? ¿Por qué no coges los dos rollos de esparadrapo y te los pones en la boca?».

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