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Ficcionando a Bayamo

Ha llegado a decirse que un grupo de patriotas está concentrado en La Caridad de Macaca, finca de Pedro de Céspedes, hermano menor de Carlos Manuel, esperando órdenes. Y con tantos rumores, y con tantos decires, y con tantas noticias, y con tanto calor, hasta las piedras que adoquinan las calles de la cubanísima villa se preguntan qué pasaría aquel 10 de octubre de 1868

Autor:

Oscar Loyola Vega

Ha sido un año de mucho calor, este de 1868. Desde los inicios se sabía que iba a serlo, de hacer caso a los viejos, para los que un invierno con poco fresco presagia un verano de altas temperaturas. Ni siquiera se siente algo de brisa, una vez concluida la siesta habitual que hace languidecer a la población en las primeras horas del mediodía. La frescura de los patios interiores no logra vencer el ardor del sol oriental, a pesar de que los esclavos domésticos riegan las flores y echan agua sobre las lajas centenarias. El bochorno se extiende de la tarde a la noche, oscura, densa, agobiante, empeñada en no refrescar a los citadinos. El calor y la monotonía de la cotidianidad se imponen en la prestigiosa villa de San Salvador de Bayamo.

Los pobladores continúan sus vidas casi de idéntica manera a como lo hicieron sus padres y sus abuelos. Segundo núcleo urbano del Departamento Oriental, sus escasos 6 500 habitantes se conocen ampliamente, que no en balde coinciden en los pocos espacios públicos existentes. No es raro ver en las viejas calles a negros esclavos con grandes canastas pregonando mercaderías, puestos a «vender» por sus amos, no demasiado exigentes ni en exceso crueles. Algún que otro día de la semana los campesinos de los contornos, abrumadoramente mestizos y en su gigantesca mayoría libres, se pasean por la villa trayendo sus mercancías, al compás de graciosos pregones afincados en tres culturas. El olor a sudor de los humanos, mezclado con las emanaciones de los caballos, puercos y vacunos que en gran número se observan, contrasta con los olores sutiles derivados de las flores que sirven de base principal a los productos cosméticos con que las bayamesas tratan de realzar su proverbial hermosura. La violeta, la rosa, el jazmín, el vetiver, el heliotropo, rudimentariamente procesados, destacan la frescura de jóvenes como Adriana Figueredo, o la distinción innata de damas como Luz Vázquez.

Para los hombres blancos y con algunos estudios que pueden blasonar de patricios, se hace cotidiano —una costumbre, en lenguaje de campo— recorrer las haciendas, los potreros, los sitios, las vegas, las «puntas». En ellos, a la par de que se conversa con mayorales y capataces sobre el estado de la producción, se disfruta de un refresco de frutas «del país», principalmente de melón, guayaba o papaya, o se degusta una champola, una naranjada o una limonada. Tanto en la villa como en los campos, el tema del nuevo impuesto establecido por España surge y resurge, clara expresión de las profundas diferencias entre los «hombres de la tierra» y el lejano Gobierno de Madrid. A pagarlo «con hierro», que no con oro, comienza a escucharse en el monte. A sacárselo de encima de una vez por todas, se susurra en la intimidad de las casas de la añeja población. Ideas tales han venido extendiéndose desde el año del Señor de 1867 entre diferentes sectores urbanos, golpeados con fuerza por la «facultad de imponerle tributos y contribuciones a su antojo», que la monarquía española se ha abrogado con Cuba.

Y las reuniones de las familias principales, en las cálidas noches, ya no son solo para hacer música, como ha sido habitual. Las niñas siguen mostrando sus dotes de pianistas y cantando bellas composiciones nacionales y europeas, mientras los jóvenes las contemplan arrobados y les voltean las hojas de las partituras, cruzando con ellas ardientes miradas que no logran escapar de la férrea vigilancia de las atentas mamás. Los caballeros, puros en mano, aparentan conversar de temas intrascendentes, como es común desde siglos pasados. Pero la atmósfera es densa: ni en las casas ni en las sociedades se deja de respirar un aire enrarecido, precursor de fuertes vientos. Y no pocos de los hombres asistentes a los bailes y saraos nocturnos, ante un singular apretón de manos, permanecen reunidos sosteniendo conversaciones muy serias, que alterarán la historia de la siempre «fiel» isla de Cuba. Se toman acuerdos, se debate y diseña el futuro. Los mejores hijos de la orgullosa villa de San Salvador harán que el calor aumente como jamás se ha visto desde 1513.

La prensa que llega de la capital de la colonia, para la aristocracia local no es motivo de tranquilidad en los ámbitos económico o político. Antes bien, resulta preocupante conocer que el Gobierno español se sostiene en forma precaria, como consecuencia de las luchas internas desatadas por los acontecimientos de septiembre, que expulsaron del trono a la decadente monarquía borbónica de Isabel II. La experiencia de los bayameses, al igual que la de los otros cubanos, indica que de Madrid, gobierne quien gobierne, nada bueno puede esperarse, aunque los «septembrinos» hagan tímidas declaraciones sobre futuras e insustanciales reformas que con mesura se implantarán en la lejana isla. «¡Viva Cuba española!» es la divisa sostenida por todos los componentes del espectro político de la Península, inclusive los republicanos, que pudorosamente disfrazan su aquiescencia con especiosos argumentos. «¡Fuera los godos!» es la expresión que sintetiza los anhelos del patriciado citadino. Sus miembros de mayor prominencia ya han dado pasos concretos para hacerla realidad.

Continúa la vida en la centenaria villa sin alteraciones sustanciales en apariencia de la cotidianidad, a no ser la sorpresa producida por una pieza vibrante, hermosísima en su sonar, compuesta por Pedro Figueredo y orquestada por el maestro Manuel Muñoz, que se escucha en la Iglesia Parroquial Mayor en junio. Por su estructura, diríase un himno de guerra que insuflase a los bayameses la convicción de que «morir por la patria es vivir». El alto mando español no se llama a engaño: tal composición no parece tener objetivos sacros. Los campos, poco a poco, se deslindan. El profundo amor por la tierra en que se ha nacido, habitual en los lugareños desde el ya lejano siglo XVII, comienza a transformar la tranquila y sosegada vida de la antigua capital del comercio de rescate antillano.

Por más esfuerzos que se hagan para evitarlo, los rumores corren por las calles de la cálida población. A no pocos llama la atención que Pedro Figueredo, Francisco Maceo, Fernando Fornaris, Lucas del Castillo, Jorge Milanés, José Joaquín Palma, Ramón Céspedes y sobre todo Francisco Vicente Aguilera, junto con varios más, salen al campo con demasiada frecuencia, en estancias que a veces duran días y días, y de las cuales regresan cubiertos de polvo, con las cabalgaduras agotadas, protagonistas de largos recorridos. Se les ha visto hablar con los campesinos, en rara familiaridad y voz muy queda. Y no falta quien diga que han estado en muchos poblados de la jurisdicción contactando con figuras locales de relieve, entre las que se destacan Donato Mármol y Calixto García en la zona de Jiguaní, y un abogado bayamés harto conocido, ahora radicado en su ingenio Demajagua, a la vuelta de Manzanillo, don Carlos Manuel de Céspedes. Se afirma que las conversaciones se han extendido hasta los antiguos miembros del ejército español oriundos de Santo Domingo y radicados ha poco en los campos del sur oriental, en particular los hermanos Francisco, Félix y Luis Marcano, y un rudo campesino arrendatario con negocios de madera, de nombre Máximo Gómez.

Entre las cosas que se comentan, con cuidado, por supuesto, está el rumor de que «Perucho» Figueredo no viajó a la villa de San Cristóbal por razones personales, sino para conversar con los jerarcas azucareros del Occidente, y lograr que estos diesen su apoyo a un levantamiento anticolonial. Se dice que José Morales Lemus, después de consultar a sus colegas, aconsejó a Figueredo tener calma y esperar a que el general Ulises Grant asumiera la presidencia de Estados Unidos, ya que a este se le atribuían criterios antiespañoles, lo que podía utilizarse en beneficio de Cuba sin llegar a una solución de carácter militar, tortuosa manera de decir que los esclavistas habaneros no aprobaban y no encabezarían un movimiento armado. Bajito, muy bajito, se habla con orgullo de que los bayameses, con su proverbial energía, han decidido no aceptar la sugerencia de los reformistas capitalinos. La agonía de la Patria no lo permitiría.

Imagen de la campana perteneciente al Ingenio La Demajagua.

Se rumora también que las logias masónicas establecidas en varias localidades de diferentes jurisdicciones centrorientales tienen entre sus propósitos una firme proyección anticolonialista sustentada en una ideología libertaria. Para nadie es un secreto que la logia Estrella Tropical, fundada en Bayamo a mediados de 1867, opera como un fuerte centro de patriotismo, y sus principales miembros a duras penas ocultan su desafección a España. De la misma manera sucede con Buena Fe, creada en Manzanillo en la primavera de 1868, y en cuya reunión inicial estuvo «Pancho» Aguilera, como si se tratase de un intento por unificar los trabajos realizados por los patriotas de ambas jurisdicciones. Las sesiones masónicas, llamadas tenidas por los iniciados, enmascaran con notable éxito la reunión posterior de los interesados en hacer la patria libre.

A tal grado llegan los comentarios que todos conocen que no pocas de entre las bayamesas están al tanto del laboreo independentista de los miembros masculinos de sus familias. Y no tan solo de que lo conocen, sino de que lo comparten e impulsan. Durante las reuniones en casas particulares, las mujeres desempeñan el importante rol de vigilar a los españoles que transitan por las calles; de avisar a los hombres el movimiento de las tropas ibéricas; de estar muy atentas fingiendo variadas distracciones en el salón principal, mientras los complotados se reúnen en habitación más discreta; de apoyar, en suma, el trabajo conspirativo (dícese) que se realiza en sus propios hogares. Es sabido de antaño que las hijas del Bayamo, aguerridas y enérgicas en su femineidad, si sienten «de la patria el grito», no ceden ante los hombres a la hora de los mayores sacrificios. Y en el cálido otoño de ese año esperan con ansias el momento de demostrarlo.

 Bien informados, una notable cantidad de vecinos asegura que las cosas han llegado a extremos tales que «Pancho» Aguilera, «Perucho» Figueredo y «Pancho» Maceo han dejado constituido, desde el año 67, un órgano conspirador que responde al nombre de Comité Revolucionario de Bayamo, integrado por figuras principalísimas de la localidad, y del cual ellos son los dirigentes. El fin último del Comité es organizar un levantamiento armado contra la metrópoli, cuando se crea conveniente. De ahí los andares de sus integrantes por campos y pueblos cercanos, en amplia labor proselitista y de propaganda. Se dice con alegría que entre los complotados hay patriotas provenientes de todas la profesiones, sean estas intelectuales o «mecánicas», y que los hombres de campo constituyen mayoría abrumadora, sin importar el color de la piel. Y, algo inaudito, no sin estremecimientos se rumora que algún cabecilla de renombre considera que «Cuba libre es incompatible con Cuba esclavista», en clara alusión a la necesidad de hacer efectiva la abolición de la esclavitud.

El nuevo Gobierno de Madrid desea mejorar sus relaciones con los muy ricos propietarios de la capital insular, agriadas por la monarquía borbónica desde 1837. Para esto cuenta con los excelentes vínculos familiares de sus miembros relevantes con importantes sectores de la aristocracia habanera, en particular Francisco Serrano y Domingo Dulce, amplios conocedores de la importante Antilla. Pero primero debe sustituir al capitán general Francisco Lersundi, más que monárquico, isabelino, quien blasona de que su lealtad —su intransigencia cerril— llega «hasta el mismísimo trono de Dios», actitud que impide el acercamiento de los septembrinos madrileños a los poderosos esclavistas habaneros, cercanos aún en ciertos negocios a Isabel, y sobre todo a María Cristina. Los medianos y pequeños grupos de propietarios y hacendados radicados en las villas del interior de mayor fuerza y prestigio (Trinidad, Sancti Spíritus, Puerto Príncipe, Santiago de Cuba y Bayamo) en grados diferentes no son favorables a una avenencia que juzgan innecesaria con la Península, a fines ya de la séptima década del XIX. De entre ellos, la resistencia mayor se concentra en la capital del Camagüey y en la segunda villa en antigüedad, San Salvador. El criterio de que la solución a los problemas de la tierra amada no puede venir de España, es juicio casi unánime. Para lograrlo trabaja con afán, en aquel asfixiante verano que parece no terminar, el Comité Revolucionario de Bayamo.

Contra todo lo que pudiera creerse, habida cuenta las diferencias regionales y las distintas expectativas, va siendo del dominio público que los líderes complotados de diversas jurisdicciones se han reunido en la polvorienta finca de San Miguel del Rompe, en agosto, para confrontar opiniones y aunar esfuerzos, en tenida masónica convocada bajo el pomposo nombre de Convención de Tirsán. Bayameses, manzanilleros, tuneros, holguineros y portoprincipeños, en rústico rancho apartado de caminos y veredas, han conversado ampliamente sobre la necesidad de que los cubanos asuman las riendas de sus destinos, poniéndose al frente de un Gobierno insular. Las sosegadas proyecciones —demasiada cautela, para aquellos tiempos— de los hijos del Camagüey y de los prohombres de San Salvador contrastan con la energía y la firmeza de los líderes de Manzanillo y Tunas. Sin haber logrado acuerdos de trascendencia en San Miguel, han vuelto a reunirse para continuar los trabajos patrios ahora en septiembre, en otra finca tunera llamada Muñoz. Y los complotados del Bayamo se enteran con cierta sorpresa de que los portoprincipeños exigieron una «igualdad» de representación entre ellos y los orientales, por lo que a Muñoz solo asistirían los camagüeyanos y los bayameses, cuyo Comité local se convirtió así en el Comité Revolucionario de Oriente, si bien otros rumores (que hay múltiples versiones) hablan de que el órgano se denomina Junta Revolucionaria. Inmersa parte importante de su población en los preparativos de un alzamiento anticolonial, no se entiende mucho, en la añeja villa, la preocupación «civilista» de los hermanos del Centro. Aunque hay abundante confusión en lo que se dice de los acuerdos tomados en Muñoz, tampoco se entiende demasiado la idea de una posposición del alzamiento hasta que culmine la zafra, avanzado el año entrante. ¿Quién guarda un secreto en Cuba durante meses y meses?  

Pasan los días y el calor no aminora, en los inicios de un octubre de densidad notable. Con la frente perlada de sudor, los gentiles bayameses comentan un rumor nuevo, fortísimo, increíble: cerca de la villa de Holguín, en El Mijial, Luis Figueredo, connotado antiespañol partícipe de la conspiración anticolonial, se encuentra ya alzado en armas, a raíz del ahorcamiento de un cobrador de impuestos que pretendía se pagara la onerosa contribución. Las noticias dicen que junto a él se hallan cien hombres bien equipados dispuestos a todo. Y sin haber desaparecido aún tamaño rumor, otro runrún se expande a velocidad inaudita: en el pequeño bosque de La Esperanza, por la zona de Manzanillo, Juan Fernández Ruz y Ángel Maestre, que rato ha no disimulan su impaciencia, han reunido un grupo de hombres notables de la región para intentar, ¡qué locura!, un ataque a la villa del Guacanayabo, que desate la lucha anticolonial en varias jurisdicciones. Por si fuera poco, ya hace varios días que ha llegado la confirmación, a través de personas informadas que provienen de Santiago (de Cuba, al decir popular) a pesar de que no ha sido muy divulgada por la prensa, de que en la isla de Puerto Rico se ha producido un levantamiento armado contra España en la región de Lares, a mayor precisión, el día 23 del mes anterior. Demasiadas noticias, en verdad, para una tranquila villa.

 No extraña entonces ver a Perucho ir y venir de su ingenio Las Mangas, ni saber que «Pancho» Aguilera concentra a decenas de hombres, libres y esclavos, en su enorme hacienda Cabaniguán; tampoco asombra demasiado escuchar que la impaciencia de los complotados de Manzanillo ha obligado al máximo jefe del Comité a trasladarse a su potrero Santa Gertrudis, en el que se dice ha sostenido una larga entrevista con Carlos Manuel de Céspedes, para tratar de que los seguidores de este aminoren sus arrestos. Se cuenta que Aguilera realizó un encuentro con los conspiradores manzanilleros en el Ranchón de los Caletones, propiedad de un notable independentista, «Titá» Calvar, y que les prometió convencer a los otros grupos constituidos para adelantar el alzamiento y centrarlo a fines de diciembre. Y los más informados propalan la noticia —no comprobada— de que apenas unas horas atrás, el 6 de octubre, hubo una nueva reunión de los independentistas de Manzanillo, efectuada en el ingenio El Rosario, de Jaime Santisteban, sin la presencia de don Pancho, y en la cual se aprobó adelantar el estallido armado, esta vez para mediados del mismo octubre, y que —¡sorpresa mayor!— el abogado Céspedes había sido designado jefe supremo del futuro pronunciamiento, lo que fue comunicado a Aguilera, quien se refugió en su hacienda dispuesto a ayudar «en lo que fuere menester». Ha llegado a decirse que un grupo de patriotas está concentrado en La Caridad de Macaca, finca de Pedro de Céspedes, hermano menor de Carlos Manuel, esperando órdenes. Y con tantos rumores, y con tantos decires, y con tantas noticias, y con tanto calor, hasta las piedras que adoquinan las calles de la cubanísima villa se preguntan: ¿Qué sucederá, Santísimo Señor, el 10 de octubre del año 1868?

Nota: En fecha memorable de la Patria, JR ha querido compartir con sus lectores este interesante texto nacido del genio y la creatividad del académico y eminente historiador Oscar Loyola Vega, publicado originalmente en 2013 en la revista Honda, de la Sociedad Cultural José Martí

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