Un Himno en la hora más bella

Uno de los hechos que enaltece nuestro actual himno patrio es que se cantó públicamente después de la primera victoria de los libertadores sobre las huestes españolas

Autor:

Osviel Castro Medel

Varios textos escolares, por ejemplo, nos relatan que el 20 de octubre de 1868, cuando Bayamo vivía una locura suprema por el triunfo del naciente Ejército Libertador frente a las tropas colonialistas, Pedro Felipe Figueredo Cisneros, «Perucho», cruzó la pierna y, sentado en el lomo de su caballo Pajarito, compuso la letra del actual Himno Nacional.

No deja de ser una leyenda hermosa, pero en realidad el patriota en aquella hora, «la más bella y solemne de nuestra patria», al decir de José Martí, simplemente memorizó dos estrofas de una letra nacida tiempo antes para la gesta libertaria y la dio a conocer a los centenares o miles que lo vitoreaban en la entonces plaza de la Iglesia Parroquial Mayor.

Nadie discute que, a la sazón, decenas de gargantas hirvieron de emoción cuando interpretaron un himno que aún hoy nos inflama. «No habrá pluma que pueda describir el delirio, la emoción de aquel hombre y aquel pueblo que le oía e imitaba», escribiría tiempo después Candelaria Figueredo, hija de Perucho y abanderada de las tropas mambisas, al narrar los acontecimientos de esa jornada tremenda.

La segunda Bayamesa

«A ti, que eres músico, te toca componer nuestra Marsellesa», le dijo Francisco Maceo Osorio —otro con quien tenemos deudas— a Perucho Figueredo en agosto de 1867, cuando ambos formaban parte del Comité Revolucionario de Bayamo.

Ese sería, según algunos historiadores, el embrión de La Bayamesa, nombre original del himno. Resulta válido destacar que en marzo de 1851, en la hoy Ciudad Monumento, Carlos Manuel de Céspedes, Francisco Castillo Moreno y José Fornaris habían compuesto una canción romántica —dedicada a la joven Luz Vázquez— intitulada también La Bayamesa. Por azares del destino, Luz estaría ligada al creador del himno, pues era su cuñada desde mediados de la década de los 40 del siglo XIX.

Volviendo al himno, hay coincidencias en que Perucho no demoró demasiado para componer la música solicitada y que, en su propia casa, la dio a conocer a decenas de patriotas complotados en la Revolución que emergía.

Él entregó las partituras de su obra a otro músico de prestigio: Manuel Muñoz Cedeño, cercano vecino suyo, quien la instrumentó con su orquesta.

Preguntémonos con lógica: ¿No tuvo letra esa melodía hasta el 20 de octubre del próximo año? Es muy difícil afirmar que no.

Carlos Manuel de Céspedes (hijo), yerno de Perucho, contó en el extranjero que antes del estallido independentista la letra era conocida por un reducido grupo de conspiradores.

El hijo del Padre de la Patria estuvo entre quienes aseguraron que Pedro Figueredo fue ayudado en la creación por su esposa, Isabel Vázquez, poetisa excelente.

«Ya teníamos la música y sólo faltaban las palabras, que Isabel, su esposa, adaptó a los incipientes compases de Figueredo», aseguraría el primogénito del Iniciador, al referirse a un pasaje acontecido en marzo de 1868 en el ingenio Las Mangas, propiedad de Perucho.

¿Por qué el patricio hizo circular su obra entre un círculo estrecho de personas y no ante los conjurados que sí escucharon la música?

Al respecto el avezado historiador Delio Orozco González cita en el artículo Notas para interpretar el Himno Nacional, a la musicóloga cubana Flora Mora, quien en 1950 señaló: «Si se analiza la idea expresada en las primeras cuartetas puede llegarse a la lógica suposición de que Figueredo concibió la letra al mismo tiempo que la música, pero que solo la dio a conocer a sus más íntimos amigos, pues hubiera sido demasiado comprometido, especialmente para el autor, el decirlo o intentar popularizar la letra con la música. No de otro modo se explica que comience diciendo, Al combate corred, bayameses, texto que incita a lanzarse a la batalla, pues si se admite que fue realmente improvisada cuando se le pidió, en aquel momento, ya habían ido los bayameses al combate y estaban celebrando la capitulación».

Es cierto que una filtración al mando español hubiera sido letal. Un hecho anterior lo prueba: cuando, con la aprobación del cura Diego José Baptista, la música del himno fue estrenada públicamente (el 11 de junio de 1868) en medio de las celebraciones del Corpus Christi, en el púlpito de la Iglesia Parroquial, el teniente coronel Julián Udaeta, quien había asistido a la conmemoración, enseguida tildó la melodía de revoltosa.

¿Qué habría sucedido si llega a leer «Al combate corred, bayameses/ que la Patria os contempla orgullosa…»?

La Victoria

Uno de los hechos que enaltece nuestro actual himno patrio es que se cantó públicamente después de la primera victoria de los libertadores sobre las huestes españolas. Por eso, tal como subrayó Miguel Barnet, la jornada del 20 de octubre de 1868 «no fue una casualidad histórica, sino consecuencia de la toma de conciencia que los cubanos teníamos de ser libres y decidir nuestro destino».

Concretada la capitulación de los colonialistas nació el nombre de Plaza de la Revolución —fue la primera de Cuba con ese apelativo—, donde había estado la plaza Isabel II.

El cronista de la guerra Fernando Figueredo narró que, consumado el éxito de los insurgentes, hubo una especie de conga alrededor de la Plaza de la Revolución y que la fiesta duró hasta entrada la noche.

Se ha escrito que el jefe español Julián Udaeta, preso por los independentistas, se revolvió en su celda improvisada —en la Sociedad Filarmónica de Cuba— cuando escuchó los acordes de un canto que ya conocía, los mismos que lo inquietaron en la iglesia unos meses antes.

Volviendo al himno, fue publicado en Bayamo, en El Cubano Libre, primer órgano independentista de la nación, el 22 de octubre de 1868. Cinco días después Perucho mandó al periódico un texto autógrafo de su obra.

Según la escritora granmense Amarilis Terga, en su artículo Consideraciones sobre el himno patriótico cubano, ese martes 27 de octubre de 1868, «apareció una versión titulada La Bayamesa, que es la siguiente: Al combate corred, bayameses,/ Que la Patria os contempla orgullosa./ Hoy romped la cadena ominosa/ A los gritos de Honor, Libertad./ No queráis en cadenas vivir/ En afrenta y oprobio sumido;/ Del clarín escuchad el sonido… /¡A las armas, valientes, volad!».

No es extraño ese texto porque, como han suscrito numerosos investigadores, el himno tuvo más de 20 versiones en corto tiempo.

El 8 de noviembre de 1868, en un bellísimo acto en el atrio de la iglesia principal, 12 bayamesas —seis blancas y seis negras— lo cantaron, acontecimiento que lo arraigó más en la Ciudad Antorcha.

Tal como narrara Jesús Gómez Cairo, director del Museo Nacional de la Música, en el programa Orígenes, de la televisión cubana, la obra original de La Bayamesa probablemente desapareció consumida por el fuego durante la quema de Bayamo, en enero de 1869. Sin embargo, Perucho reprodujo unos meses después la melodía y la letra, partitura que la camagüeyana Adela Morel supo conservar durante muchísimos años.

José Martí tuvo a bien reproducirlo en Patria, en junio de 1892. Luego lo volvería a publicar el 21 de enero y el 14 de octubre de 1893.

Y aunque se expandió rápidamente por la manigua y se tarareaba con orgullo en los campamentos insurrectos ninguna constitución mambisa lo reconoció como emblema nacional. Fue la Asamblea Constituyente del 5 de noviembre de 1900 la que aprobó adoptarlo como símbolo patrio. 

Dos años antes, en diciembre de 1898, el canto patrio —entonces nombrado en ocasiones también Himno de Bayamo— tuvo una metamorfosis importante, porque José Antonio Rodríguez Ferrer, luego de recibir de Emiliano Agramonte —amigo de Martí— «la línea melódica del himno, le escribe una introducción marcial y lo orquesta y rearmoniza. Esta es la versión que se interpreta con motivo de la entrada en Guanabacoa de tropas cubanas al mando del general Rafael de Cárdenas», tal como describió Ciro Bianchi Ross, quien tomó como fuente a la investigadora Zoila Lapique.

Desde entonces lo hemos cantando más o menos con la misma entonación. Deberíamos hacerlo siempre con toda la energía. «¡Oigámoslo de pie, y con las cabezas descubiertas!», no solo en octubre, como nos pidió el Maestro.

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